Un presidente a la medida de Scaloni: un tipo normal
Más allá de la gloria en la cancha, la figura de Lionel Scaloni emerge como el espejo de una Argentina que anhela la mesura. El entrenador reivindica el liderazgo del tipo común, el respeto y la construcción colectiva.
- julio 16, 2026
- Lectura: 3 minutos
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A ocho mil kilómetros de Buenos Aires, en el país que ahora mismo bombardea Irán mientras una Copa del Mundo de fútbol se disputa en su geografía, un hombre joven y resuelto, sencillo, de pantalón y camiseta azul, pulsera negra deshilachada, corre hacia el vestuario cuando el marcador muestra 2-1. Porque ahora, y así, no puede hablar. Lo que hasta hace unos minutos parecía imposible se dio en una apuesta de ingenio: la suya. Un par de decisiones correctas, ejecutadas por un grupo de hombres que tomó toda la confianza que el pujatense depositó en ellos. Toda. Vio sangre y arrinconó al rival. Pero en la noche anterior al partido, mientras “los chicos” se detenían dando respuestas apuradas, les pegó dos gritos y les marcó la cancha: “Vamos, dale, a descansar”. Ahora, más de cien mil espectadores lo ven vencer a un rival histórico.
Después de 85 minutos de estertor, el equipo de Lionel Scaloni le evitó la agonía a un país que vota con bronca lo disruptivo, pero adora al tipo común. Y es que el DT, es, a la medida de lo que esta Argentina necesita –y que tarde o temprano reclamará– un tipo normal. Pone en valor algunas cosas que dejaron de ser fáciles de encontrar. Reúne condiciones de liderazgo que, en un traslado forzado al plano político institucional, rara vez se ven.
Para empezar, un distintivo clave, condición de posibilidad para pensar en un triunfo: el grupo por encima de la gloria personal. La Scaloneta tiene un capitán y no cuenta caciques. Aparece la horizontalidad, la competencia, el disfrute, el juego limpio y el respeto por el rival.
Scaloni no es tramposo. No defrauda. Saluda al entrenador alemán y luego canta el himno a los gritos, como si fuera la última vez, pero cuando su equipo mete un gol se contiene, no cancherea en condiciones en las que cualquiera lo haría, es inmutable. Aunque con los números a su favor y el partido cerrado muestra vulnerabilidad. Llora, ¿por qué no? Y lo pone sobre la mesa. Cuenta, y se ríe de que los jugadores le dicen “la llorona”. Se permite, por ejemplo, que un jugador —en medio de un partido— le marque una dificultad, le presente otro punto de vista. Y lo respalda. Lo toma. Nada atenta contra su virilidad. ¿Cuánto hace que no vemos un presidente así?
Así como la Argentina necesitó después de la violencia de los dictadores asesinos, trasnochados, un tipo como Raúl Alfonsín, hoy necesita volver a la mesura. Es evidente. Por eso agradece y celebra al tipo normal. Que las grandes mayorías vuelvan a tirar del mismo carro en algo más que un partido de fútbol es algo que nos debe pasar. En el 2009, en uno de los reconocimientos políticos más emotivos de la historia del país Antonio Cafiero, le dijo a la leyenda de Chascomús, su rival político: “He aquí un héroe de la política nacional. He aquí la expresión más genuina de lo que es un político: por su vida, por su talento, por su capacidad militante, por su entrega a una causa que siempre lo devorará, porque siempre los argentinos esperaremos algo de usted. Siempre los argentinos los vamos a recordar como uno de los grandes constructores de la democracia argentina. Usted merece nuestro respeto, usted merece nuestro cariño, usted merece todo esto que la gente espontáneamente le pide. Por eso, compañero Alfonsín, te lo digo de corazón, sigamos todos juntos. Usted, Raúl Alfonsín, vuelvo a decir, es un héroe de la democracia argentina, es un héroe de las libertades. Usted pertenece al linaje de los políticos. Muchas gracias, don Raúl, muchas gracias”.
Scaloni habla con claridad y firmeza. Durante las conferencias de prensa dice lo que está dispuesto a decir. Nunca más, nunca menos. Porque en el fútbol, como en la democracia, todos podemos opinar. Él lo acepta y lo confronta. Usa ese permiso y dice no lo políticamente correcto, sino lo que es justo: la herida abierta de los caídos en Malvinas no puede circunscribirse a un partido. Noventa minutos no van a definir ninguna carrera. Aunque no siempre fue así. Él, un hombre correcto, supo ser pura furia. El registro fílmico lo contradice con esa agarrada monumental frente a David Beckham. El día que tuvo que masticar bronca vuelve a rodar en forma de meme por el universo virtual. Scaloni siempre supo que no era solo fútbol. Solo dijo lo que hay que decir y deja que jugadores e hinchas hagan con la historia y sus emociones lo que quieran o lo que puedan.
A los que miran a la selección buscando, de algún modo, algún rastro de la infancia —del juego por el juego—, tampoco los defrauda. Tiene una habilidad inaudita para hacerle saber al mundo que no le debe nada, pero que va a seguir jugando como si así fuera. Habla de que sus jugadores tienen que disfrutar, que para eso están. Y 47 millones disfrutan y sufren y lloran con él. Con Scaloni nadie se queda con la ñata contra el vidrio. No es soberbio, no grita: nos tiene a todos en la mano y solo la voz le alcanza. La magia se sostiene porque es mutua: él dice que son los jugadores, y los jugadores, que es él.
Mientras se vive un mundial elitista, con entradas impagables y tribunas que llena un puñado de privilegiados que no lo miran por tevé, Scaloni dice que en Pujato le hicieron un par de monolitos, que pidió que los bajen pero que no le dan bola. Ahora recuerda de dónde vienen sus chicos, sus jugadores, y lamenta —aunque no debiera— una especie de furcio que muestra de qué está hecho, de dónde viene: estos chicos son indios.
—Estos jugadores son como indios. Se han criado en las situaciones más extremas, no le temen a nada. Son indios. Lo digo como un elogio. No les pesa. Están acostumbrados a sufrir, a competir y a levantarse. Hay equipos que cuando reciben un golpe se caen. Este grupo sigue yendo para adelante. Están jugando como si tuvieran 6, 7 años. No están pensando en si fallan, están pensando en jugar al fútbol, que es lo que hicieron toda la vida. Y por suerte lo han entendido. Me mueve que entiendan que siempre hay un mañana.
Habrá un mañana en el que nadie va a poder olvidar la semifinal contra Inglaterra. En Atlanta. Nadie va a poder olvidar el escenario de la hazaña, ni la rebeldía de la bandera prohibida. Si las derrotas no tienen historia, Argentina con Inglaterra nunca se dio por vencida. Y en la capital del país y en cada rincón de una nación cada vez más pobre pero coronada de gloria, se escucha a diez mil voces lo impropio: estamos hechos. Ya está.
Pero en ese “ya está» no hay resignación: hay sosiego. Scaloni nos devuelve, al menos por un rato, el espejo de lo que podemos ser cuando dejamos la soberbia y abrazamos la sensatez. No es solo un partido ganado a la historia: es la certeza de que la “normalidad”, trabajada con respeto y sin apuro puede ser también una forma de revolución. Un país que hoy vota con furia, pero que en el fondo solo reclama el abrazo y la templanza de un tipo común.
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