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Reino Desunido: espejismo bipartidista y sismo electoral

El desplome del laborismo y el avance de fuerzas como Reform UK y los Verdes exponen el agotamiento del sistema first-past-the-post. En un Reino Unido con un mapa político cada vez más fragmentado, las urnas ya no sólo castigan al gobierno de Keir Starmer, sino que revelan un divorcio profundo entre la voluntad popular y un modelo de representación que parece condenado al anacronismo.

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Los resultados de las elecciones locales y subnacionales del 7 de mayo en el Reino Unido no han sido solo un voto de castigo a dos años de la asunción del laborista Keir Starmer como primer ministro; representan un movimiento tectónico que pone en crisis el sistema de representación británico. Lo que presenciamos en los concejos municipales de Inglaterra y en los parlamentos de Escocia y Gales es la confirmación de una patología política: la persistencia de una sistema electoral diseñado para un mundo de dos colores en una sociedad que hoy se expresa en una escala cromática variada.

El dato más apabullante de esta jornada no son las más de 1.200 bancas de concejales que pierde el Partido Laborista y el reemplazo de los tories como principal fuerza a la derecha del espectro por Reform UK de Nigel Farage, sino el descalce entre el humor social y la asignación de bancas. Bajo el sistema first-past-the-post (FPTP), la voluntad popular queda encorsetada en una representación distorsionada.

El Reino Unido fue apabullantemente bipartidista desde el siglo XIX hasta fines del siglo XX, cuando irrumpió el centrista Partido Liberal Demócrata, que se consolidó como una tercera fuerza estable durante las últimas tres décadas. En un sistema de sólo dos partidos, resulta sensato (y práctico) dividir el territorio en circunscripciones de similar tamaño poblacional y asignarle la banca correspondiente al caballo que cruza primero el disco.

El sistema cuyo nombre se inspira en la hípica, en cambio, se vuelve un corsé cuando hay más de dos partidos fuertes compitiendo. En ese caso, el sistema adjudica la banca a cualquiera que saque así sea un voto más que el más cercano de sus adversarios. Así, se vuelve común que un partido obtenga mayoría de bancas con menos de un tercio de los votos.

Con esas reglas flagrantemente inadecuadas, Reform UK pasó de no tener siquiera presencia a controlar 14 concejos municipales y los verdes (que ya tenían cerca de 600 bancas) pasaron a controlar cinco, siendo estos dos los grandes ganadores de las elecciones locales en Inglaterra. Ninguno de esos números expresados en bancas sirve para tener siquiera una noción de cómo se repartió el voto de la minoría (alrededor de 40%) de ingleses que se molestaron en ir a votar. La extrema derecha de Reform UK fue el partido más votado, con 26%, los verdes fueron segundos, con 18%, poco por encima de conservadores y laboristas (17% cada uno) y de los liberal-demócratas, con 16%. El mosaico es elocuente: el bipartidismo, incluso su versión atenuada de los últimos 30 años, ha estallado.

En un sistema donde el que llega primero se lleva todo, millones de votos han terminado en la basura. No hay en el Reino Unido “mayoría silenciosa”, sino que las preferencias políticas están siendo silenciadas por las urnas. En esa orfandad de representación, crece la desafección ciudadana. Reform UK, con su mensaje demagógico, espera agazapado a que esa matemática electoral desquiciada haga su magia en 2029, para alzarse con la mayoría en el parlamento de Westminster aún siendo clara minoría electoral (como lo es hoy el gobierno laborista de Keir Starmer). Creyendo que el sistema todavía los blinda, los laboristas se niegan a considerar la adopción de la representación proporcional, pavimentando tal vez el camino hacia un futuro gobierno de derecha radical.

La extrema derecha de Reform UK fue el partido más votado, con 26%, los verdes fueron segundos, con 18%, poco por encima de conservadores y laboristas (17% cada uno) y de los liberal-demócratas, con 16%. El mosaico es elocuente: el bipartidismo, incluso su versión atenuada de los últimos 30 años, ha estallado.

Un escueto párrafo aparte para Escocia y Gales, que volvieron a elegir sus propios gobiernos, como lo hacen desde la devolución de poderes por el gobierno de Tony Blair, en 1999. Ambas naciones, reservorios históricos de bancas laboristas en el parlamento de Westminster, se han dotado de gobiernos de partidos que pregonan independizarse de Inglaterra. Un desgastado Partido Nacionalista Escocés retuvo la primera minoría en Edimburgo, mientras que el Partido de Gales (Plaid Cymru) alcanzó el mismo sitial en la tercera nación de la isla, con el laborismo desplazado a un humillante tercer puesto después de más de un cuarto de siglo en el gobierno. En ambas naciones, la representación proporcional les da a sus ciudadanos gobiernos que se parecen más a ellos. En ambos casos, obligará a gobernar con arreglos de coalición de orientación progresista.

 

Keir Starmer bajo fuego: el liderazgo en el purgatorio

El descalabro electoral ha dado lugar a un juicio sumario al liderazgo del primer ministro Keir Starmer. La magnitud de la derrota en los bastiones tradicionales —la antigua “muralla roja” del norte de Inglaterra y Gales, en particular— ha terminado de desatar una tormenta interna que cuestiona no sólo la eficacia electoral de Starmer, sino la esencia misma de su proyecto político y las cualidades de su liderazgo personal.

El desafío a Starmer se manifiesta en tres frentes simultáneos dentro del laborismo. En primer lugar, desde los gobiernos locales. Líderes con peso propio, como Andy Burnham en Manchester o Sadiq Khan en Londres, marcan distancia de la “marca Starmer”, proyectando gestiones más audaces y menos temerosas de la confrontación ideológica.

En segundo lugar, la presión de los sindicatos y los parlamentarios de la izquierda interna. Tras los resultados, las voces que exigen una ruptura con el statu quo económico se han vuelto ensordecedoras. El cuestionamiento a Starmer radica en su manifiesta incapacidad para conectar emocionalmente con una clase trabajadora que, ante la falta de una épica laborista, ha optado por el repliegue nacionalista o la abstención. Acusan a Sir Keir de haber diseñado una campaña anestesiante, basada en no cometer errores, en lugar de en ofrecer una visión de futuro. El espectro de una moción de censura interna sobrevuela.

Finalmente, el problema del relato vacío. Los detractores de Starmer señalan que su estrategia de mostrarse “patriótico y competente” no ha logrado penetrar en un electorado que demanda soluciones urgentes a la crisis del costo de vida. La percepción de que es un líder de transición sin un norte claro es hoy su mayor pasivo. El argumento de la elegibilidad, sobre la base del cual Starmer se postuló como sucesor de Jeremy Corbyn a la cabeza del partido se ha desvanecido por completo.

 

El laborismo en su laberinto: informe de autopsia

La autopsia posterior al voto en la prensa progresista británica aporta elementos para pensar lo que acaba de suceder. Owen Jones habla de una “catástrofe anunciada” y pone el foco en la pérdida masiva de concejales en favor de los verdes en zonas urbanas y de Reform UK en lo que fue la muralla roja. Según el joven comentarista, el intento de pescar voto conservador moderado sobreactuando prudencia fiscal y haciendo silencio ante las injusticias sistémicas, deja un vacío que la extrema derecha y los verdes están llenando con agendas opuestas.

La veterana Polly Toynbee, desde The Guardian, advierte que el laborismo está cayendo en la trampa de la irrelevancia por su incapacidad para articular una defensa apasionada de los servicios públicos, especialmente el Servicio Nacional de Salud (NHS). Según su mirada, en ausencia de un relato fuerte y con sentido, parte del electorado prefiere “quemar la casa” votando a opciones extremas antes que confiar en un laborismo que perciben como timorato y desconectado de las urgencias materiales.

Desde las páginas del mismo diario, Jonathan Freedland alerta sobre la fragmentación de un Reino Unido no ya dividido por clases, sino por geografías de resentimiento. Ante ello, el laborismo parece haber perdido el pegamento ideológico que unía a un partido que siempre fue una coalición electoral en sí mismo. Ese bloque se está desintegrando por las costuras dentro de un sistema que ya no premia la moderación. Los verdes, bajo la impronta obrerista de Zack Polanski, se llevan a los jóvenes del precariado y Reform UK solivianta a los veteranos del viejo proletariado.

Las tres elecciones simultáneas británicas pueden estar señalando el fin de la forma institucional del consenso de la posguerra. Los votantes no están simplemente cambiando de opinión, sino que están abandonando un sistema que sienten que no les pertenece. Si el laborismo no logra ofrecer un liderazgo más audaz, el próximo ciclo electoral podría no ser solo una derrota, sino condenarlo a la irrelevancia. Agreguemos el elemento independentista y podemos estar ante una crisis de representación que sea la semilla de una crisis de la idea misma de un Reino Unido.

 

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