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Picada cultural: David Viñas y la Patagonia rebelde + Un poeta
De las instituciones en crisis a la redención por el arte: un recorrido por la reedición de “Los dueños de la tierra”, la censurada novela de David Viñas sobre la Patagonia trágica; y el estreno de “Un poeta”, el premiado filme colombiano que explora la melancolía, los legados y los lazos generacionales.
- mayo 24, 2026
- Lectura: 6 minutos
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Vicente Vera es joven, abogado, acaba de regresar a Buenos Aires luego de un periplo por Europa. Se siente, a la vez, transparente y sólido. Confiado en su presente. Dueño de su futuro. Militante radical, recibe una convocatoria del presidente. Sueña con la embajada argentina en Francia. Pero “El Viejo” le dice que necesita su ayuda. Tiene una misión para él. Algo en el Sur, en la Patagonia. Es la persona indicada: por su radicalismo, su juventud, su educación. Acepta. Con dudas, pero acepta. Es una tarea alejada del lujo parisino, pero que considera sencilla. Después de todo, no se trata más que de mediar entre partes. Acercar posiciones. Creer en la fuerza del gobierno y de la institucionalidad. Creer en el equilibrio que tienen la democracia, la justicia y, claro, el Ejército.
Ese es el punto de partida de Los dueños de la tierra, la novela de David Viñas, reeditada este año por Fondo de Cultura Económica. Su desembarco en las librerías llega en el momento indicado. Para dar los debates acerca de la tenencia de la tierra –y del agua– en pocas manos. Ante la reciente sanción de la ley de glaciares y su posterior judicialización por medio de uno de los amparos colectivos más grandes de la historia argentina. Cuando está en discusión –o debería estar en discusión– el modelo de control y concesión de la hidrovía, la ruta logística más importante del país.
Publicada por primera vez en 1958 por la editorial Losada, la obra de Viñas reconstruye los sucesos de la Patagonia rebelde y trágica bajo el gobierno de Hipólito Yrigoyen, pero lo hace desde una perspectiva íntima: la mirada de ese joven, Vicente Vera, el mediador enviado por el gobierno radical para intentar una solución pacífica entre los grandes terratenientes y los trabajadores en huelga.
Las fronteras entre ficción y realidad aquí son frágiles. Ismael Pedro Viñas –padre del escritor y ensayista– fue el juez letrado enviado por el primer mandatario radical para intermediar en Santa Cruz. En la novela, su alter ego Vera observa cómo esa confianza absoluta que tiene en las instituciones se desmorona ante el avance represivo contra los trabajadores. Queda claro que lo que está en disputa no son los valores sino los intereses económicos. Que las instituciones no solo responden al juego de los poderes concentrados: fueron creadas para ese fin. Como escribe Tomás Trapé en el prólogo de la nueva edición, “cuando la propiedad se siente amenazada, el orden –que parecía civilización– revela que también, y sobre todo, es fuerza”.
Junto a la potencia de la denuncia, Los dueños de la tierra se destaca por los desplazamientos de los puntos de vista. La conciencia moral está en Yuda Singer, una joven anarquista basada en Esther Porter (la madre de Viñas), quien intenta abrir los ojos al protagonista acerca del verdadero objetivo de la intervención del Ejército y de la existencia de los fusilamientos de obreros.
La obra resonó con fuerza en su presente. La lectura de la masacre patagónica funcionó como una incómoda metáfora de los fusilamientos de José León Suárez, perpetrados poco antes por la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu. Como consecuencia, la autodenominada Revolución Libertadora censuró el libro, persiguió a la familia Viñas y clausuró la editorial Losada, confiscando sus bienes en favor del diario La Prensa (manejado por la familia Gaínza Paz). Contemporánea de Operación Masacre de Rodolfo Walsh –esa obra cumbre de la literatura de no ficción en la Argentina–, al mismo tiempo sentó las bases para la titánica investigación de Osvaldo Bayer que se consumó en los cuatro tomos de Los vengadores de la Patagonia trágica, luego más conocida como La Patagonia Rebelde, que también acaba de ser reeditada por Siglo XXI Editores.
Esta semana vimos Un poeta, la película del colombiano Simón Mesa Soto que llegó este mes a HBO. Ganadora del gran premio del jurado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, es una obra descarnada y honesta.
Oscar Restrepo ya no espera nada. Y nadie espera nada de él. “Yo me debería haber matado a los 30”, dice. O se dice. Fue una promesa literaria, reconocida con el Premio Nacional de Poesía, incluso. Pero eso: fue. Hace mucho tiempo. Vive con la madre, la hermana lo quiere desalojar, su hija lo rechaza. Aspira a pegar un batacazo financiero, mientras pide billetes y se emborracha bajo un aura decadente de poeta bohemio e incomprendido.
Y, sin embargo, algo lo revive. A regañadientes acepta un trabajo de profesor secundario y una estudiante (re) despierta su confianza en la literatura. Yurlady, una joven que vive en los barrios populares y sueña con estudiar maquillaje y manicuría para ayudar a su familia, es una poeta en ciernes. Una gema espontánea. Oscar siente que debe pulirla y potenciarla. Ayudar a que la obra de Yurlady crezca puede ser la vía para ayudarse a sí mismo.
Con una descomunal interpretación del actor no profesional y profesor de literatura Ubeimar Ríos, Un poeta reparte críticas a la colonización de los círculos artísticos latinoamericanos, que dan a los mercados europeos o estadounidenses aquello que les exigen: un exotismo bienpensante a las finas hierbas.
El director Mesa Soto esquiva con maestría la crueldad que impera en el cine actual. Es una obra incómoda y de humor sutil, atravesada por una melancolía que nunca pierde la esperanza, para ofrecer un retrato profundamente humanista sobre los legados y los vínculos generacionales.
Hasta aquí llegamos por hoy. Con libros que vuelven para incomodar al presente y películas que rescatan la belleza entre las ruinas. Dos historias que, desde la denuncia histórica o la intimidad poética, invitan a no apartar la mirada. A despertar y romper con nuestros preconceptos.
Nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales de este humilde redactor.
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