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Picada cultural: “La imaginación sindical” de la CGT de los Argentinos + “Matar al comisario”

En un presente marcado por el despojo de sentidos y la saturación digital, la literatura emerge como trinchera. A través de la reconstrucción histórica del sindicalismo combativo y la disputa por el verdadero significado de lo "libertario" desde el anarquismo, las novedades editoriales invitan a encender la memoria colectiva para resistir y repensar el futuro de la Argentina.

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Novela gráfica basada en un episodio real de la historia del anarquismo argentino, abordando temas de violencia política y represión estatal.

Existen fenómenos políticos, sociales y culturales de una intensidad tan fulminante que dejan una huella imborrable en la historia. A menudo se les llama «primaveras». Al volver sobre ellos, asombra lo breve que fue su apogeo; sin embargo, su potencia e influencia residual siguen siendo descomunales por todo lo que inauguraron y por las ideas, movimientos y figuras que proyectaron hacia las décadas siguientes.

El caso de la CGT de los Argentinos (CGTA) es, sin dudas, uno de ellos: una referencia ineludible por su capacidad de formación de cuadros y su incidencia en el destino del país. Fundada a fines de marzo de 1968 con Raimundo Ongaro como secretario general, la central entró en declive poco más de un año después —tras el asesinato de Augusto Timoteo Vandor—, aunque su disolución formal se haya firmado recién en septiembre de 1974.

El libro La imaginación sindical. Política y cultura en la CGT de los Argentinos (Futurock Ediciones), de la historiadora y docente Valeria Caruso, reconstruye minuciosamente las condiciones de aquel hito del sindicalismo nacional. Para Caruso, la CGTA funcionó como “un crisol político insurgente”: una fuerza centrípeta que unió el reclamo de los trabajadores con las luchas estudiantiles, obreras y artísticas a través de una política de puertas abiertas que convirtió a la central en un espacio de encuentro inédito. 

Aquel arco fue capaz de amalgamar al peronismo combativo, los sectores socialcristianos radicalizados y las vertientes de la izquierda nacional y popular. Contó también con el respaldo del sector del radicalismo que lideraba un joven Raúl Alfonsín. 

Esta construcción abrevaba en las ideas de dirigentes sindicales como Amado Olmos (líder de Sanidad y creador de las 62 Organizaciones, fallecido pocos meses antes de la fundación de la CGTA), quien ya planteaba que el gremialismo debía convertirse en la vanguardia del descontento de las bases obreras. La propuesta era clara: pensar a la central como eje articulador de la protesta social y política contra la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Aquel proyecto tuvo una mirada profundamente federal, marcada por el recorrido de Ongaro por los ingenios azucareros cerrados por el régimen y por el mojón histórico del Cordobazo, reivindicando siempre la movilización y la política de masas. La actividad incansable y casi omnipresente le costó caro: Ongaro sufrió 14 encarcelamientos entre 1969 y 1974. A la persecución de la dictadura se le sumó, además, el juego de pinzas de Juan Domingo Perón y Ricardo Balbín para limitar la experiencia y apagar el fuego político que la CGTA había encendido.

Con todo, el despliegue cultural de la central fue igual de revolucionario que su propuesta gremial, dejando marcas definitivas en tres frentes. Por un lado, el Semanario de la CGTA. Dirigido por Rodolfo Walsh, contó con un plantel extraordinario integrado por Rogelio García Lupo, Horacio Verbitsky, José María Pasquini Durán, Milton Roberts, Silvia Rudni y Miguel Briante, entre muchos otros. Este medio formó a varios de los mejores periodistas de las décadas siguientes. De sus páginas brotó, además, una de las tres grandes obras de investigación de Walsh: ¿Quién mató a Rosendo?

La central obrera también fue el epicentro de los artistas que montaron la muestra Tucumán Arde, un punto de referencia fundamental para el arte público y político de la posdemocracia argentina. Allí también se destacó el rol del artista plástico Ricardo Carpani con su gráfica obrera. Y fue el lugar de congregación para el grupo Cine Liberación, liderado por Pino Solanas y Octavio Getino.

Los mejores intelectuales del país se nuclearon allí para fundar el Centro de Investigación en Ciencias Sociales (CICSO), con sociólogos de la talla de Miguel Murmis, Silvia Sigal, Carlos Waisman, Eliseo Verón y Francisco Delich. De este laboratorio nació una investigación pionera sobre los trabajadores de los ingenios azucareros clausurados por Onganía, insumo que luego funcionó como el combustible teórico para la propia muestra Tucumán Arde.

La experiencia de la CGTA se completó con un cuerpo de abogados que logró combinar el derecho laboral con la defensa penal de presos políticos y estudiantiles. Participaron profesionales como Mario Landaburu e Hipólito Solari Yrigoyen, quienes luego dieron origen, junto a otros colegas, a la mítica Asociación Gremial de Abogados.

A más de medio siglo de aquella gesta, el libro de Valeria Caruso no sólo repone datos con rigurosidad. También devuelve la memoria de una central obrera que se animó a disputar el sentido del país con las herramientas de la política, el derecho, el arte y la palabra.

 

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En tiempos donde las palabras clave de la historia son sistemáticamente vaciadas de su peso político, y los discursos de época operan una suerte de usurpación tecnofascista de la denominación “libertaria”, la aparición de una obra como Matar al comisario. Un documental anarquista, publicada por el Fondo de Cultura Económica, se presenta no solo como un acontecimiento estético, sino como un urgente acto de reparación histórica.

Firmada a seis manos por los escritores Jorge Consiglio y Paula Brecciaroli, junto al ilustrador Iñaki Echeverría, esta novela gráfica propone un viaje a dos bandos. Por un lado, aborda la reconstrucción del atentado perpetrado en 1909 por el joven obrero ucraniano Simón Radowitzky contra el coronel Ramón Lorenzo Falcón, jefe de la Policía de la Capital y emblema sangriento de la represión estatal. Al mismo tiempo, el libro desanda de modo paralelo las biografías de ambos protagonistas y pone en tensión los hilos invisibles que unieron sus caminos.

La obra va mucho más allá de la crónica de época o la (doble) biografía ilustrada. Su mayor acierto radica en mapear las marcas de aquellas gestas en el tejido urbano actual de la Ciudad de Buenos Aires, transformando las esquinas que habitamos en un palimpsesto donde aún laten las resistencias del pasado. El asfalto porteño deja de ser neutral: guarda la memoria de las huelgas, de las ideas indómitas y de una larga y bella historia de ideales anarquistas que arraigaron con fuerza en nuestro país.

La novela asume un formato coral e interdisciplinario para indagar en las persistencias del anarquismo en nuestro presente. A través de entrevistas o reseñas se recuperan miradas imprescindibles. La antropóloga e investigadora del Conicet, Julieta Gaztañaga, rescata la matriz del anarquismo comunitarista, invocando la vigencia de Piotr Kropotkin y la premisa fundamental de que “sobrevivimos porque nos ayudamos”. Frente al individualismo atroz, aquí la libertad se entiende de manera colectiva: como la no esclavización del otro, la oposición tenaz a toda forma de dominación, y la práctica solidaria de aportar según la capacidad propia y recibir según las necesidades básicas.

La reconstrucción gráfica de una conversación con la periodista Lala Totounian traza los vasos comunicantes entre el pensamiento libertario y las culturas musicales, detectando su huella ineludible en el rock y, en especial, en la ética del punk. A esta polifonía se suma la lucidez del sociólogo y escritor Christian Ferrer, quien recupera el concepto de la amistad no como un mero afecto privado, sino como una verdadera potencia política capaz de tejer lazos comunitarios frente al aislamiento que impone el neoliberalismo actual.

La obra funciona también como un homenaje a Osvaldo Bayer, cuya figura recobra una centralidad providencial en los últimos meses. Este fenómeno coincide con el desembarco paulatino de su obra completa en las librerías a través de la editorial Siglo XXI, y con la oportuna reedición de un clásico fundamental como Los dueños de la tierra, de David Viñas, a cargo del FCE.

Ante este panorama, las preguntas brotan de manera inevitable para el lector actual: ¿Por qué se editan y reeditan obras fundamentales sobre el anarquismo en este preciso momento? ¿Es acaso una respuesta cultural frente a la tergiversación de la palabra “libertario” por parte de las derechas radicalizadas? ¿O es que, quizás, estamos volviendo a transitar aquellos mismos años de despojo absoluto de derechos colectivos que, a principios del siglo pasado, mostraron la filosofía anarquista como resistencia digna frente a la opresión? Matar al comisario no ofrece respuestas cerradas, sino que abre las ventanas de la memoria para iluminar las luchas del presente.

 

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En tiempos de saturación digital y respuestas automáticas, los libros insisten en rescatar los pliegues de lo humano y la potencia de la resistencia. Esta semana nos llegaron tres novedades editoriales que, desde la intimidad del oficio, la memoria ancestral o el debate político urgente, invitan a desnaturalizar el presente.

La editorial La Flor Azul publicó dos libros que merecen una lectura atenta. Por un lado, Okinum. La represa de la artista canadiense de raíces anishinaabe Émilie Monnet. A través de visiones oníricas, la obra teje un viaje escénico y ritual sobre la identidad y la sanación. Aquí, la represa es una metáfora del cuerpo que busca liberar su voz en un acto de resistencia lingüística y territorial. En sintonía, el sello presentó Escribir pájaros en la noche de Guillermo Saccomano. Este cuaderno liso, escrito sin renglones ni posibilidad de enmienda, funciona como sombra y linterna del propio oficio de escribir. Es un mapa de imperativos y contradicciones de distintas épocas donde el autor se expone al riesgo de caerse, manteniendo intacto el respeto sagrado por la página en blanco.

Por último, Paidós nos envió Saber o no saber, de Silvia Bacher y Tomás Balmaceda. Frente al imperio del algoritmo y la inteligencia artificial, los autores defienden la educación como el último territorio de soberanía. Se trata de un alegato profundamente humano y colectivo para dejar de ser meros consumidores de respuestas prefabricadas por máquinas y volver a ser, finalmente, protagonistas de nuestras propias preguntas.


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Entre el rescate de las vanguardias obreras, la vigencia solidaria del anarquismo, obras como La imaginación sindical o Matar al comisario configuran un mapa indispensable. Son artefactos políticos y estéticos que disputan el sentido de la época. Frente al murmullo autómata del algoritmo, leer se vuelve un acto de insurrección, el último refugio para volver a ser dueños de nuestras propias preguntas. Hasta aquí llegamos por hoy, nos vemos la semana próxima. Saludos fraternos de este redactor.

 

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