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Nos han dado la tierra
A través de las voces del campesino, el gaucho y el indígena, la literatura argentina reinventa la lengua para cuestionar la estafa del poder, la propiedad de la tierra y disputar el sentido de la identidad nacional.
- agosto 27, 2026
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La respiración de la lengua, su cadencia, su ritmo son el centro medular de algunos textos. Cuando la anécdota se supera, es el territorio que teje la lengua lo que prevalece. Sin embargo, esa misma lengua con la que nos comunicamos no es la que se juega en literatura. De hecho, no sabemos ciertamente cómo hablaban los gauchos allá por el 1800. Y, sin embargo, confiamos en el artificio lingüístico de José Hernández. No sabemos cómo hablaban los pueblos originarios, en la mixtura de su propia lengua y la de los colonizadores. No sabemos con qué lengua dijeron la expropiación de la tierra ni la explotación.
“Nos dijeron:
-Del pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros preguntamos:
-¿El Llano?
-Sí, el llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las praderas y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no quería conversar con nosotros. Nos puso los papeles en las manos y nos dijo:
-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.”
Esto escribe Juan Rulfo en “Nos han dado la tierra” (El llano en llamas, 1953). Cuatro campesinos “peregrinan”, bajo un sol imposible, a buscar las tierras que el gobierno les ha entregado después de la Revolución Mexicana. El cuento denuncia la estafa sufrida por los mexicanos. Cumpliendo el lema de la reforma agraria, “la tierra es de quien la trabaja”, les entregan las tierras más pobres y estériles. El cuento narra la contracara de lo que su título anticipa. La lengua revierte.
Desde el contexto histórico actual, vale la pregunta: ¿qué es ser argentino?, ¿cuál es la lengua con la que nos decimos?, ¿qué nos han quitado?, ¿qué tierra nos han dado?.
En nuestro país encontramos infinidad de textos que exponen la misma denuncia. En el Martín Fierro (1872-1879), escrito por Hernández, podemos ver a los gauchos siendo no sólo explotados sino obligados a defender las fronteras de los “ataques” de los pueblos originarios. En la frontera, Fierro sufre el trabajo esclavo, vive en una miseria extrema, no tiene armas y no recibe la paga de su sueldo, sufre torturas. Fierro termina desertando, vuelve a su rancho pero, tras matar al Negro, huye al desierto y se va a vivir con los indios. Más tarde canta en el artificio creado por Hernández:
“El mal es árbol que crece/ y que cortado retoña;/ la gente esperta o bisoña/ sufre de infinitos modos:/ la tierra es madre de todos,/ pero también da ponzoña. […] Es el destino del pobre/ un continuo safarrancho,/ y pasa como el carancho,/ porque el mal nunca se sacia/ si el viento de la desgracia/ vuela las pajas del rancho”.
Más acá en la historia, Sara Gallardo escribe Eisejuaz (1971), una novela “extravagante”, singular, pura denuncia política y crucial dentro de su escritura. Gallardo, desde años antes, trabajaba como columnista de la revista Contorno. Cansada de escribir sobre los mismos temas, le pide al editor que le solvente un viaje al norte. Viaja entonces a Salta, donde conoce a Lisando Vega, un wichi de 38 años, líder de la misión noruega. Escribe y publica esta crónica que será la semilla desde la que germinará su novela más importante.
Eisejuaz, el protagonista, es también wichí, hijo de chamán, cacique, que migra siendo un niño desde el monte chaqueño, a orillas del Pilcomayo, hacia Tartagal y Embarcación. Cuando es bautizado, igual que el wichí a quien Gallardo entrevistara unos años antes, recibe el nombre de Lisando Vega. La novela narra la mixtura de dos religiones, dos lenguas, dos territorios, dos leyes, dos mundos posibles o imposibles. Su aliento es el de un narrador que pulsa la vacilación propia del lenguaje:
“Así digo a mis hermanos matacos y también a los tobas: ¿adónde iremos, ahora que el monte se ha enfriado? A los chaguancos, a los chiriguanos, a los chaneses y a todos digo: ¿adónde iremos? No hay lugar para nosotros ni allá ni acá. Allá el ruido de los blancos termina con nuestro alimento. Y aquí nos alimentamos de peste y de miseria”.
La odisea del personaje consiste en abandonar las tierras conocidas, donde es sometido a trabajos, e ir en busca del llamado del Señor, mixtura de su religión ancestral y del cristianismo. Inicia la peregrinación que lo lleva a mirar el mundo de los blancos, no desde el desprecio o el odio, sino desde la entrega.
“Mi pueblo me odia; el blanco no me quiere; y tengo que servir todavía a ese que me entregaron y que no sé dónde está. Te digo: Es difícil cumplir en este mundo de sombras. Pero no podemos llorar por lo que somos. Sólo decir: ‘Aquí estoy, y en mi ceguera digo: bueno’. Así como dice en su ceguera la semilla que nada sabe, y nace el árbol, que ella no conoce”.
Eisejuaz es un místico, loco, psicótico, santo, marginado desde la perspectiva de la cultura de los blancos. Pero es esta una repetición histórica que falsifica y sesga. «Los argentinos descendemos de los barcos” elimina nuestras raíces aborígenes, presentes en el 61% de los ciudadanos de este país, según el documental Awka Liwen.
Desde el contexto histórico actual, vale la pregunta: ¿qué es ser argentino?¿cuál es la lengua con la que nos decimos? ¿qué nos han quitado? ¿qué tierra nos han dado?.
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