Argentina / 19 julio 2026

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Las palabras y las cosas

Frente al poder del fútbol mercantilizado, las contradicciones de la FIFA, la admiración de Milei por Thatcher, y las agraviantes palabras de Monteoliva y Ravier, hubo una foto que recorrió el mundo con los jugadores argentinos enarbolando la bandera que decía “las Malvinas son argentinas” y derribó la barrera discursiva. Un importante gesto de rebeldía que se suma a otros de rechazo a las políticas oficiales, y que quizás auguran que el “ajuste más grande de la historia” está cerca de encontrar el límite de la capacidad de “aguante” de sus víctimas.

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Los jugadores de la selección argentina celebraron tras la victoria contra Inglaterra en la semifinal del Mundial 2026 mostrando una bandera con el lema "Las Malvinas son argentinas".

La foto dio la vuelta al mundo. Se constituyó en un hecho político de trascendencia y salió al cruce de las imposiciones de la FIFA y las intenciones del gobierno de Javier Milei.
Jugadores argentinos agitando la bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” -dicen por ahí que es una sábana de hotel pintada- en los festejos tras vencer a Inglaterra, derribaron una barrera discursiva, la que planta el poder del fútbol. Y que es selectivo. Para la FIFA un mensaje sobre Malvinas o Palestina es una intrusión de la política en el “espíritu deportivo”. Curiosamente, otorgar un premio trucho de la paz al guerrero presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no lo es. Tampoco permitir que el plantel de Irán no pueda alojarse en las ciudades donde competía en el mundial, ni que deporten a un árbitro somalí por portación de nacionalidad. Y mucho menos levantar una sanción a un jugador expulsado para darle el gusto al presidente anfitrión que no sabe qué es una tarjeta roja.
Desde hace varias décadas el deporte es cada vez más negocio y cada vez menos deporte, pero todavía quedan resquicios del mano a mano en una cancha, más allá de los millones de dólares que rodean cada partido. Y el fenómeno cultural global que implica el fútbol está más allá de dichas cuestiones. Eso no es novedad.
Lo que sí sorprendió fue la pequeñez y el sometimiento del gobierno argentino. El día anterior al partido, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, habló en medios oficialistas para decir, en referencia a los hinchas que asisten el Mundial en Estados Unidos, que “está prohibido el ingreso de botellas o elementos que tengan algún tipo de mensaje provocativo, ya sea de contenido político, contenido racial o un contenido provocativo”. “No van a poder entrar carteles, banderas o mensajes de ese tipo”, dijo, actuando como si fuera funcionaria de la FIFA o del gobierno de Estados Unidos. Y agregó que entre esos contenidos prohibidos estaba “el mapita de Malvinas”. Sí. Así lo dijo. “Mapita”. El desprecio expresado en esa frase ofende. Pero la acción de los futbolistas, a quien la ministra no podrá reprimir, como sí hizo con los jubilados en el Congreso en el mediodía de la jornada del partido contra los ingleses, reivindica la causa y el sentimiento de millones de argentinas y argentinos.
Se conjugaron en la tarde de Atlanta dos de los factores que unifican a buena parte de nuestro pueblo: el fútbol y Malvinas. No hay muchos más. Quizás haya que sumar el Nunca más y su correlato de Memoria, verdad y justicia, la defensa de la democracia y la educación pública al puñado de reivindicaciones que cruzan a toda la sociedad.

Thatcherista de la primera hora
El desprecio de Monteoliva es coherente con el equipo de Gobierno que integra. Circuló nuevamente en los días previos al choque con Inglaterra la entrevista que Javier Milei concedió a la BBC en mayo de 2024. No fue la primera vez ni la última en que el presidente argentino manifestó su admiración por Margaret Thatcher, primera ministra británica durante el conflicto armado de 1982. “Hubo una guerra y a nosotros nos tocó perder. Eso no quiere decir que uno no pueda considerar que quienes estaban en frente eran personas que hacen bien su trabajo”. Así habló Milei aquella vez. “Hacer bien su trabajo” fue para Thatcher, entre otras cosas, ordenar el ataque al Crucero General Belgrano, que se hallaba fuera de la zona de exclusión y no se dirigía a Malvinas. Aquello fue un crimen de guerra ejecutado por la dirigente a la que Milei admira, que causó 323 muertes, casi la mitad de las bajas argentinas en Malvinas.

Se conjugaron en la tarde de Atlanta dos de los factores que unifican a buena parte de nuestro pueblo: el fútbol y Malvinas. No hay muchos más. Quizás haya que sumar el Nunca más y su correlato de Memoria, verdad y justicia, la defensa de la democracia y la educación p ública al puñado de reivindicaciones que cruzan a toda la sociedad.

Luego del partido y del gesto de los jugadores con la bandera, el presidente declaró que las Malvinas no se recuperarán con esos gestos. Eso es verdad. Pero el hecho deja al desnudo la falta de una estrategia diplomática consecuente con el reclamo soberano irrenunciable, tal como lo plantea la Constitución Nacional. Para Milei, hay que aplicar una “diplomacia inteligente” para recuperar las islas. ¿Cuál será esa diplomacia? ¿Seguir al pie de la letra los disparates de Donald Trump y Benjamin Nethanyahu? No se aprecia otra línea de trabajo en la actual política exterior argentina.

Abrigate pobre
En tren de palabras agraviantes para la sociedad, el presidente hizo de las suyas en las últimas semanas. Al decir que Argentina es un país que solo produce dulce de leche y biromes, dejó de lado la historia y el presente de un país industrial forjado durante décadas, un entramado pyme que se extiende por todo el país y genera millones de puestos de trabajo, y el desarrollo científico-técnico que caracteriza a la Argentina como líder en la región en esa materia.
Todo lo que el presidente ignora en sus dichos es lo que ataca con sus políticas. La apuesta a una economía de enclave, extractivista y depredadora de los recursos naturales, a la medida de las necesidades de Estados Unidos y el poder económico concentrado, se refleja en los discursos presidenciales.
Al igual que la agresión discursiva a las víctimas del ajuste.
En tal sentido, además del presidente dio la nota su nuevo vocero. Haciendo honor a la Fundación Faro de la que proviene, centro de “ideas” de la ultraderecha argenta, Adrián Ravier dijo que quienes no pueden pagar las altísimas tarifas de gas, “se tendrán que abrigar” y cuando se lo consultó por el creciente endeudamiento de las familias argentinas, respondió que la gente no sabe manejar sus finanzas. “Tenemos que volver a aprender cuál es el límite al que nuestros ingresos nos permiten acceder”, dijo sin ponerse colorado. Jubilados, trabajadores precarizados, los que sobreviven con changas, repartidores de aplicación, desocupados -se perdieron 329.667 puestos de trabajo registrados desde noviembre de 2023 según estadísticas oficiales-, en definitiva, todos aquellos que no llegan a fin de mes son, para Ravier, tontos que no saben administrar sus recursos.
Las palabras pueden causar dolor. La conmoción que causan los discursos de odio propalados por el presidente, sus funcionarios y su coro rentado en las redes sociales es equiparable al que genera una política económica que empuja a buena parte del país a sobrevivir con ingresos de miseria.
Pero el problema no son solamente las palabras. El «mapita» de Malvinas, la admiración por Margaret Thatcher, el «abríguense» para quienes no pueden pagar el gas o la idea de que los trabajadores no llegan a fin de mes porque «no saben administrar sus recursos» responden a una misma lógica discursiva: naturalizar políticas regresivas y responsabilizar a las víctimas de sus consecuencias.
La bandera enarbolada por los jugadores en el estadio de Atlanta puede ser una señal del comienzo de un nuevo tiempo, el de las cosas que quedaron para después del Mundial.
Los gestos de rebeldía y rechazo a las políticas oficiales, que se vienen acumulando y comienzan a ser cada vez más frecuentes y numerosos, auguran que quizás el “ajuste más grande de la historia” está cerca de encontrar el límite de la capacidad de “aguante” de sus víctimas.

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