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Fernanda García Lao: “Argentina es un país que devora a sus hijos”
Radicada en Barcelona, la escritora presenta Estación Saturno, una novela donde el absurdo, el duelo y el erotismo se cruzan en un paraje abandonado. En esta entrevista con 4Palabras, dialoga sobre los mecanismos del tiempo, la Argentina de Milei y el oficio de narrar desde el fragmento y la ruptura.
- julio 10, 2026
- Lectura: 9 minutos
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Con Estación Saturno, Fernanda García Lao regresa a la geografía de lo extraño con una farsa cósmica. O muy terrenal. Publicada por Entropía, la novela toma como punto de partida el viaje de dos hermanos –luego de la muerte de un tercero– y la pérdida de un gato que los desvía hacia un no lugar donde la realidad se deforma y el tiempo se suspende. Un hotel en un paraje abandonado en 1977. Entre el humor absurdo y la mirada hacia la realidad argentina, la escritora despliega una potencia hipercondensada.
En diálogo con 4Palabras desde Barcelona, García Lao reflexiona sobre la distancia y la memoria colectiva. “Siempre he sido fragmentada, porque mi vida es el fragmento. Entonces no me queda otra que construirme a partir de lo roto”, sostiene.
¿Conocías la existencia de la estación Saturno? ¿O tenías una idea previa y buscaste locación?
Busqué, busqué locación. Había empezado a escribir y lo había situado en otro pueblo por el que siempre pasaba, por la Ruta 2. Pero decidí mudar el escenario porque prefería no conocer el lugar. También había algunos ecos de la única vez que fui al pueblo donde nació mi padre que es Navarro, en provincia de Buenos Aires, donde hay una estación abandonada de tren. Cuando recordé eso me dije “tengo que buscar un pueblo que tuvo tren”. Era interesante, pensando en el tiempo como gran vector organizador del texto.
¿En qué sentido?
La convención temporal surge con los trenes. Entonces si no hay tren no hay tiempo y eso era muy potente. Me puse a buscar y encontré a Saturno. Y dije, ¿y esto qué es? Era un paraje y había una estación abandonada. Se terminaron de encastrar las piezas.
“Saturno” habilitaba varios juegos de significado.
Cuando encontrás el espacio hay algo que se ordena también en el campo semántico. Estoy hablando también de Cronos, del Dios que devora a sus hijos, y mi idea de la Argentina, que siempre ha sido un poco un país que devora a sus hijos. Yo me vine a vivir a Madrid cuando era chica y siempre sentí que habíamos sido expulsados políticamente. Sucede en muchos lugares del mundo, no es algo que ocurre solo en Argentina. Pero siento que esa idea de un Estado que se sostiene en base de fagocitar a su juventud, su niñez o su impulso rebelde. Y cuando vi que la Estación Saturno había sido desmantelada en 1977… Nosotros vinimos a España en 1976. Entendí que era un lugar en el que iba a aprender algunas cosas. Yo confío mucho en la inteligencia del texto, no en la mía.
La novela opera en muchos planos: la idea del tiempo, las referencias a la dictadura, a la Argentina actual, el erotismo, el esoterismo, el machismo, el endeudamiento familiar, lo cósmico. ¿Cómo fue el trabajo para condensar todo eso en un centenar y medio de páginas?
Creo que entrené el oficio literario como dramaturga, que necesita condensar un universo en una hora y media de obra teatral. Y que debe tener profundidad para no ser plano, y tener capacidad para hacer convivir el daño y la belleza, que es algo que me interesa mucho. Necesitaba una maquinaria que se narra a sí misma y es esta tercera persona híper condensada, que va abriendo cada uno de estos sectores como si fueran partes de una mandarina. Yo avanzo bastante sonámbula por mis propios textos. Soy muy racional, pero confío mucho en que el lenguaje se va a revelar a sí mismo.
En el libro, por un lado, hay una escritura fragmentada en pequeños parágrafos. A la vez, la narración tiene continuidad. Pero también habla de un tiempo múltiple.
El tiempo es el gran tema de la literatura y de la filosofía y de las ciencias. Ya la escritura significa un desfasaje. Cuando escribís, quedas convocando a algunos espíritus del pasado para construir imágenes hacia adelante. Siempre he sido fragmentada, porque mi vida es el fragmento. Entonces no me queda otra que construirme a partir de lo roto. Soy un poco esclava de mi propia biografía, he aprendido el mundo así. No es tanto un artificio estético o político, es como si realmente recogiera los restos de algo que tengo que volver a componer. Esa también fue un poco mi experiencia al regresar a la Argentina y sentir que yo no era parte y sin embargo ese lugar me sabía… En España me ven absolutamente argentina en mi escritura y mi manera de pensar. Y en Argentina era “la gallega”.
Fernanda García Lao: “Estamos ante males endemoniados y endémicos. Pienso que se van repartiendo los mismos roles para nuevos actores y por supuesto cada vez con menos presupuesto, porque es la copia de la copia del mal. Ni siquiera es un mal original, es también un mal devaluado”.
¿Qué aporta a tu literatura a la hora de escribir sobre Argentina esa distancia de estar ahora en Barcelona? Porque la novela tiene muchos detalles de la Argentina actual.
La distancia siempre es interesante, incluso para narrar acontecimientos personales. Necesito que haya pasado mucha agua bajo el puente y creo mucho en el arte de la espera, en el sentido de que estoy viviendo ahora para escribir después. No escribo en simultáneo, no llevo un diario. Pero entiendo que la literatura cuando está pegada a la epifanía también produce algunas revelaciones que no son personales sino que son colectivas. Cada lugar genera sus enfermedades y sus delirios particulares y los míos están de aquel lado (en Argentina) y no importa desde dónde escriba porque nací con esa distancia. Mi madre era española y mi papá argentino, entonces siempre hubo una especie de tironeo y había un progenitor fuera de lugar. Cuando yo nací, mi mamá en Argentina; y con la dictadura, con mi papá acá. Nosotras no éramos de ningún lado y de todos. Hay como una especie de permiso apátrida para discutir donde se ha construido tu mito. Y el mío está allá y es saludable aplicar un poco de distancia.
La novela juega con lo absurdo, con lo extraterrestre, con lo extratemporal, pero también todo se revela muy terrenal.
Es lindo cuando coinciden una imaginación excesiva con la escasez de recursos. En esa tensión se producen cosas interesantes. Por ahí soy más arltiana de lo que incluso imagino. Me gusta pensar en esos personajes también como desviaciones de Los siete locos. Me importa mucho igual imaginar que Estación Saturno, por muy absurda que parezca, goce de algún tipo de verosimilitud desde lo discursivo. Y de hecho la política argentina de este momento está en sincronía con el universo que describo, como una patología de los discursos. Empecé a escribir antes de que ganara Milei, pero hay algo de los propios personajes que por momentos también me sentía en La montaña mágica pero sin presupuesto. No tenemos el hotel en los Alpes, sino que tenemos este lugar muy berreta y, sin embargo, tan perverso.
En relación al carácter político de la novela, por ejemplo hay referencias al endeudamiento personal y familiar, que hoy es uno de los principales problemas sociales, pero a la vez también reenvía a los obreros de los yerbatales o de la Patagonia que terminaban esclavizados por sus deudas. Y una parte esotérica que reenvía a la Argentina de los hermanos Milei pero a la vez también a López Rega y a Isabel Perón.
Siempre en el cuarto de atrás están estos males endemoniados y endémicos. Pienso que se van repartiendo los mismos roles para nuevos actores y por supuesto cada vez con menos presupuesto, porque es la copia de la copia del mal. Ni siquiera es un mal original, es también un mal devaluado. Lo que pasa es que hay gente que muere en serio y que la pasa mal en serio, si no podríamos reírnos porque tiene mucho de comedia lo que pasa. Es una comedia trágica lamentablemente. Y en la poesía está implícita la política. Lo que digo y lo que no digo devela una determinada mirada sobre cómo se distribuye el poder y la razón.
Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) es narradora, poeta y directora escénica. Antes de Estación Saturno, publicó las novelas Muerta de hambre, La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas, Fuera de la jaula, Nación vacuna y Sulfuro; y los libros de cuentos Cómo usar un cuchillo, El tormento más puro y Teoría del tacto. Ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes y fue finalista en el Tigre Juan, el Cortázar y el Setenil. Sus textos fueron traducidos al francés, al portugués, al inglés, al sueco, al checo y al griego.
Otro elemento presente siempre en tu obra es el humor absurdo. ¿En qué punto es algo buscado y en qué punto es algo que brota?
Me tengo que contener porque tengo propensión a la comicidad, que me parece también otra forma de poesía. Me divierto mucho escribiendo. Pero a veces tengo que bajar un poco el gas porque siento que debe estar en contigüidad con el horror para que no se me cambie de signo. Tal vez hay ecos de mis primeras lecturas muy juveniles del teatro del absurdo, heredadas de mi madre y cierta predisposición a Ionesco, Beckett y a Genet. Y a Gombrowicz, que también fue bastante fundamental en mi juventud.
También están los fantasmas de Roberto Arlt y Macedonio Fernández. Hay algo de la Argentina actual que es similar a la Argentina de los años 20 o a la Argentina preperonista. Exacto, es como los otros años 20. Pero sí, no es que voy a buscar el humor sino que me brota.
Estación Saturno fue primero publicada en España. Y ahora salió la versión en Argentina por medio de la Editorial Entropía. ¿Por qué se despierta ese interés por la literatura argentina y, en especial, en la literatura argentina escrita por mujeres?
Creo que las nuevas generaciones de lectores y escritores acá en España están muy pendientes de lo que se produce en Latinoamérica porque han encontrado un permiso y un modo de interpretar lo literario muy distinto al que estaban habituados. Hay una tradición literaria española más conservadora; o en todo caso se notan mucho los años del franquismo sobre la literatura. Entonces las nuevas generaciones encontraron pares al circular los textos de otras escritoras de otros confines. Encontraron la locura que creían que no estaba en su idioma, más allá de las resonancias particulares, pero que sin estar mediada por la traducción. Y es como un permiso, un “esto se puede hacer”. Hay algo de la potencia en el decir y de cierto desorden de los sentidos que también llaman mucho la atención acá. En los talleres siempre me preguntan, ¿pero se entiende lo que quiero decir? Como una obligación por la comprensión, por ser legible. Y nosotras aportamos la dificultad en la lectura, como la maniobra inversa de permitirse disfrutar y sencillamente avanzar porque no puedes hacer otra cosa. Por atracción y por deseo. Es como el ingreso a ese otro terreno en el que lo monstruoso es el lenguaje. Y esa potencia se reconoce cuando se lee.
(crédito de fotografía: Vicente Vicens)
4Palabras
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