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Picada cultural: cartas de amor al periodismo (y al cine)

Frente a la tiranía del clic, la avaricia corporativa y la posverdad, el cine vuelve a ser un espejo incómodo. Un repaso por tres películas que nos recuerdan que, aun golpeado y precarizado, el periodismo ético sigue siendo una herramienta fundamental para exponer al poder y evitar que el mundo pierda su humanidad.

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Esta imagen corresponde a la película El diablo viste a la moda 2 ("The Devil Wears Prada 2"), estrenada en abril de 2026.

Desde que en 1975 conmocionó a las salas de todo el planeta con Tiburón, Steven Spielberg no ha hecho otra cosa que lanzar sistemáticas llamadas de alerta. Aquel primer gran éxito que ya cumplió medio siglo condensaba con lucidez el núcleo de su cine: el peligro central nunca residió en el escualo de siete metros, sino en la voracidad e impericia del alcalde de Amity, incapaz de suspender la temporada turística con tal de no resignar ganancias. El foco estuvo siempre en la ambición y la soberbia humana, en la avaricia desmedida. Desde aquel hito fundacional, las advertencias del cineasta son masivamente contempladas —aunque en las últimas décadas su paso por las boleterías haya menguado de forma paulatina—, pero nadie las oye. O nadie las escucha, para ser más precisos.

Esa misma matriz reaparece en El día de la revelación, su última película que aún resiste en algunas salas argentinas. Ambientada en un futuro no muy lejano, la historia se sitúa en el momento exacto en que la humanidad está a punto de descubrir la verdad sobre la existencia extraterrestre, un secreto sepultado durante décadas. Se mixturan las tramas de conspiración, las grandes corporaciones tecnológicas y los encuentros inesperados, mientras la revelación promete transformar la vida en la Tierra.

El problema con Spielberg suele aparecer cuando los monstruos finalmente irrumpen en pantalla —con la excepción de ET—. Su maestría absoluta radica en la construcción del suspenso previo. Pero no hay que prestar tanta atención a los efectos especiales y los trucos, porque siempre la ciencia ficción es un hilo metafórico y funciona como un disparador moral. Desde su mirada humanista, la fantasía es apenas un vehículo para cuestionar éticamente el rumbo que le hemos dado a este planeta.

Ya desde Encuentros cercanos del tercer tipo y en especial ET, Spielberg invierte los términos de la representación hegemónica. Si habitualmente los terrícolas temen la invasión, en su obra son los humanos quienes someten a aquellos que llegan desde el exterior. El extraño opera así como un espejo que revela la deshumanización y la incomprensión reinantes. Vivimos en una sociedad dominada por la crueldad que ya no empatiza con otros humanos. El director apuesta a que quienes somos parte de este planeta al menos intentemos empatizar con los extraterrestres y eso se transforme en un bumerán para construir una mirada más fraterna. Pero hoy parecen piedras arrojadas a un lago que se secó por completo.

La protagonista de El día de la revelación es Margaret Fairchild (Emily Blunt), la presentadora de un canal de noticias de Kansas. Su oficio no es una elección aleatoria. Está claro que Spielberg vuelve a confiar en el periodismo y en el cine como herramientas fundamentales para dar a conocer la verdad, desnudar la crueldad y exponer la avaricia y el sadismo de los poderosos. Romper la incomunicación, llegar a todos, dar la batalla por la verdad en los medios para ser en el mundo actual una tarea prioritaria para el realizador de La lista de Schindler y The Fabelmans.

 

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El comienzo es un verdadero mazazo para cualquiera que haya entrado al cine esperando una comedia romántica edulcorada. Andrea “Andy” Sachs (Anne Hathaway), convertida ya en una respetada periodista de investigación en Nueva York, gana un prestigioso premio. Sin embargo, en el punto más alto de la noche, durante la mismísima gala de premiación, todo el equipo editorial es despedido de forma abrupta e inclemente a través de un mensaje de texto.

Así es el comienzo de El diablo viste a la moda 2, que puede verse en Disney+. Con Andy despedida y premiada en el mismo minuto. Pero, de forma casi simultánea, también contratada. Porque esa es la regla no escrita de la profesión en nuestros días: el periodismo actual es un oficio mal pago, profundamente precarizado y siempre transitorio, pero sigue siendo uno de los principales instrumentos dadores de legitimidad. Ese paradojal mecanismo es el que la lleva de regreso a las oficinas de la revista Runway y a los dominios de la tiránica y aún influyente Miranda Priestly (Meryl Streep).

El medio enfrenta una feroz crisis de reputación luego de haber publicado un artículo elogioso sobre una marca que utiliza mano de obra explotada. En un intento desesperado por recuperar la credibilidad perdida, el propietario del conglomerado Elias-Clarke, decide contratar a Andy como editora de artículos sin consultar previamente a Priestly.

Ambientada dos décadas después de los acontecimientos de la primera película, la trama acompaña a Andy mientras ayuda a su antigua jefa a desenvolverse en un ecosistema de medios radicalmente transformado y a lidiar con las amenazas corporativas que ponen en riesgo la supervivencia misma de la publicación.

El diablo viste a la moda 2 es superior a la original. Quizás no resulte tan icónica (como suele decirse en los últimos años) en el sentido pop tradicional, pero es más incómoda, más compleja y abraza de lleno su contemporaneidad. Retrata el cambio de época. Con el papel en declive, la publicación ya no gira en torno a las rotativas, sino a la lógica voraz de la “generación de contenidos”. También aborda la tiranía del algoritmo, la dictadura del clickbait y la carrera desesperada por las métricas. Y la presencia creciente de millonarios y fondos de inversión que compran medios de comunicación como si fueran juguetes o trofeos de ego. En esa clave aparece también el personaje de Emily Blunt, en un rol muy distinto al que encarna en El día de la revelación.

La película conserva la pátina cool infaltable: hay desfiles deslumbrantes, glamour en las calles de Milán, cameos de Donatella Versace y apariciones de Lady Gaga. Pero por debajo del brillo flota un dolor mucho más profundo. La certeza casi física de que algo vital está en peligro. Los (verdaderos) periodistas se han convertido en una suerte de osos panda: una especie a la que hay que proteger, un colectivo en vías de extinción que intenta buscar la verdad mientras sostiene, con las manos heladas, la última tabla de madera flotante tras el naufragio del Titanic.

 

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El cine, el periodismo, Steven Spielberg y Meryl Streep ya habían tenido un punto de encuentro: The Post (2017), que expone un encubrimiento que abarca a cuatro administraciones estadounidenses y arrastra a la primera mujer editora del país junto al director del periódico a una batalla sin precedentes entre la prensa y la Casa Blanca. O de cómo la democracia intenta sobrevivir en tiempos de oscuridad.

Concebida como una precuela con cuatro décadas de demora de Todos los hombres del presidente (1976) y basada también en hechos reales, la historia arranca con Daniel Ellsberg, un investigador del gobierno defraudado por el doble discurso sobre la guerra de Vietnam que decide filtrar los archivos secretos del Pentágono al New York Times. Cuando el fiscal general acusa al diario de violar la ley de espionaje y un juez frena la publicación, The Washington Post accede a las copias. Se abre entonces un dilema feroz: publicar los documentos implica desafiar a Nixon, arriesgar el ingreso de la empresa a la bolsa e incomodar a políticos demócratas allegados. Pese al riesgo, Kay Graham (Streep) avala la investigación del equipo liderado por Ben Bradlee (Tom Hanks). El caso escala a la Suprema Corte, que terminará ratificando la prevalencia de la Primera Enmienda.

The Post glorifica el oficio periodístico. Las redacciones se muestran gigantescas, llenas de café y sin tabaco —acaso una marca de época de la producción más que un hiperrealismo histórico—. Pero el efecto vintage pisa en terreno más firme. En reuniones con accionistas, Graham advierte que “la calidad impulsa la rentabilidad” y frena recortes. De modo paralelo, Bradlee rechaza las órdenes de la Casa Blanca para limitar la cobertura del poder. 

El día de revelación, El diablo viste a la moda 2 o The Post buscan recordar la vigencia de la prensa como contrapoder. Con miles de errores, limitaciones y precarizaciones a cuestas, el oficio sigue siendo una herramienta fundamental. No se trata aquí de hacer una defensa boba de la objetividad ni de la neutralidad absoluta. Pero el periodismo continúa siendo una de las pocas vías para potenciar la voz de quienes no son escuchados, para cuestionar a los poderes establecidos y las grandes corporaciones, para comprender lo que nos rodea. Aunque hoy en muchos casos parece lejano a esas funciones.

Hasta aquí llegamos por hoy, nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales de este humilde redactor que comenzó golpeando las teclas de las máquinas de escribir.

 

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