Argentina / 13 junio 2026

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Brasil: Lula frente a la pinza de Trump y la resistencia bolsonarista

A cuatro meses de las elecciones presidenciales, el gigante sudamericano enfrenta una polarización estructural. Pese al crecimiento económico, el oficialismo choca con el núcleo duro del antilulismo y la vigencia una extrema derecha que, aún salpicada por el escándalo del Banco Master, se apoya en la agresiva interferencia de Donald Trump para condicionar la soberanía.

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Brasil: Lula frente a la pinza de Trump y la resistencia bolsonarista

A menos de cuatro meses de volver a las urnas para definir su próximo presidente, la escena política brasileña está atravesada por continuidades densas y rupturas subterráneas. Quien busque un escenario de pacificación institucional tras el trauma del asalto a los tres poderes en 2023 se encontrará, en cambio, con una guerra de posiciones donde las trincheras se han cavado más hondo. Luiz Inácio Lula da Silva se enfrenta a la última prueba de fuego de su longeva carrera política: demostrar que sigue siendo el único líder capaz de gestionar la complejidad brasileña o asistir al retorno de una extrema derecha que aprendió a sobrevivir —y a organizarse— sin depender de la presencia de Jair Bolsonaro en la boleta electoral.

La fotografía demoscópica de la actualidad refleja una polarización de carácter estructural. Los últimos datos de Datafolha le otorgan a Lula da Silva una intención de voto del 47% en una segunda vuelta, cuatro puntos porcentuales por encima de Flávio Bolsonaro. La extraordinaria resiliencia del líder del PT, electo presidente por primera vez hace 24 años, está apuntalada por el voto del nordeste y de los sectores populares en general.

Sin embargo, las encuestas advierten también que la ventaja del oficialismo se da en un contexto de altísima cristalización del voto, donde el margen de crecimiento es estrecho y el rechazo al gobierno se mantiene firme en torno al 40%. La certeza de que el antilulismo dispone de un piso electoral idéntico al que ostentaba en 2022 es uno de los datos duros de la elección en ciernes. Mientras el triunfo en la primera vuelta que se celebrará el 4 de octubre parece estar al alcance de la mano de Lula, evitar una segunda vuelta se presenta como una cima demasiado alta.

 

El balance de Lula III: las costuras de un modelo

Para comprender la paridad en el escenario actual, hay que pasar revista al balance de esta tercera gestión de Lula, signada por un pragmatismo obligado a convivir con restricciones severas, tanto internas (en primer lugar, la condición muy minoritaria del PT y de toda la izquierda en el Congreso) como globales.

En materia económica, bajo la conducción del ministro Fernando Haddad, Brasil ha sorteado los vaticinios más agoreros de la ortodoxia, logrando mantener el crecimiento del PIB en márgenes estables y la inflación controlada. La prudencia fiscal ha tranquilizado el ambiente de negocios, pero ha constituido un corset presupuestario que limitó la inversión pública expansiva que caracterizó a los primeros gobiernos de Lula. Hay crecimiento, pero no un boom del consumo como el de la primera década del siglo.

El elemento verdaderamente disruptivo de esta campaña es la Casa Blanca. El regreso de Donald Trump al poder en Estados Unidos ha reconfigurado los términos del debate político en toda América Latina, y Brasil es el teatro de operaciones principal de esa estrategia.

La política social, seguramente (otra vez, siempre) el rubro más destacado del gobierno petista, se centró en suturar las heridas más graves relanzando un Bolsa Família fortalecido e impulsando programas de vivienda popular. Con estas herramientas, el PT ha seguido mejorando paulatinamente la calidad de vida del subproletariado rural y urbano tradicional, aunque sin encontrar un lenguaje para interpelar a los trabajadores informales y de la economía de plataformas, sectores donde el relato del emprendedurismo y la teología de la prosperidad operan como un sentido común crecientemente difundido.

La proyección internacional de Brasil, en la que Lula ha invertido tanto desde la primera vez que llegó a la presidencia, durante el actual mandato logró devolver el país a su rol de promotor de la autonomía del Sur Global y de mediador indispensable en la transición climática. Sin embargo, con Donald Trump al mando en Washington, la colisión ha sido frontal. El fracaso de la diplomacia brasileña en Venezuela ha tenido en la invasión estadounidense a ese país (la primera contra un país de América del Sur) un colofón trágico. Las bases sudamericanas de la proyección global de Brasil se han revelado un fangal y la Doctrina Donroe pone al país en una inédita posición defensiva.

 

La persistencia bolsonarista y el temblor del Banco Master

Si alguien pensó que el bolsonarismo era un brote psicótico transitorio o que dependía tan sólo de la conexión umbilical con su líder, los hechos demuestran lo contrario: el fenómeno tiene raíces profundas y se apoya sólidamente en la amalgama del poder del agronegocio, el establishment de seguridad y el proselitismo de las denominaciones pentecostales lideradas por los pastores más acaudalados. Boi, bala e bíblia, comparten la B de un bloque social anudado por una ideología coherente, que interpela consistentemente a parte de las clases medias que ven con zozobra un progreso social de los sectores vulnerables que amenaza restarles distinción.

Esas sólidas bases, sin embargo, tiemblan ante el escenario electoral con el escándalo del Banco Master, a cuya quiebra escandalosa están asociadas figuras de la derecha, pero sobre todo, Flávio Bolsonaro, después de la exposición de sus intercambios con el detenido banquero Daniel Vorcaro. El Primer Hijo aparece coordinando un financiamiento de 27 millones de dólares para patrocinar Dark Horse, la biografía cinematográfica de Jair Bolsonaro.

El impacto de este escándalo está alterando la dinámica política. Por un lado, desacredita el relato de la pureza moral frente a la corrupción que se le endilga como inherente al PT. Por el otro puede, tal vez, abrir una brecha para que sectores del Centrão se tienten  de presentarse como alternativa de orden sin el lastre de la corrupción del clan carioca.

 

El factor Trump: geopolítica del terror, aranceles y soberanía

El elemento verdaderamente disruptivo de esta campaña es la Casa Blanca. El regreso de Donald Trump al poder en Estados Unidos ha reconfigurado los términos del debate político en toda América Latina, y Brasil es el teatro de operaciones principal de esa estrategia.

La reciente decisión de Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, de designar los grupos criminales Primeiro Comando da Capital (PCC) y al Comando Vermelho (CV) como organizaciones terroristas internacionales constituye una intervención directa en la política doméstica brasileña. La medida, tomada desoyendo las protestas formales y los argumentos jurídicos presentados por el gobierno de Lula, fue celebrada abiertamente por Flávio Bolsonaro como un resultado exitoso del pedido en ese sentido que él mismo hizo en su más reciente visita a Washington.

Esta decisión trumpiana tiene consecuencias en tres niveles: valida el relato de la derecha brasileña de que el gobierno del PT carece de control territorial o es cómplice de las facciones criminales; brinda apariencia legal a la injerencia en asuntos de otros estados, prohibida por el derecho internacional, y autoriza a las agencias de inteligencia estadounidenses a extender sus operaciones a territorio brasileño; y viene a complementar la punición arancelaria que Trump ha impuesto a exportaciones siderúrgicas y agrícolas brasileñas, buscando asfixiar la recaudación fiscal de Haddad e intentando forzar a Brasil a distanciarse de los BRICS.

La elección presidencial de Brasil no se limitará a optar entre la continuidad de un elenco gobernante o el regreso de la extrema derecha. Tres preguntas fundamentales que marcarán la fisonomía de América del Sur se pondrán a votación en octubre: ¿Resisten las fuerzas democráticas la presión de una extrema derecha transnacionalizada liderada desde Washington? ¿Tiene el estado brasileño la capacidad de sostener un modelo de desarrollo autónomo e integrado al Sur Global frente a la pinza de las presiones arancelarias y las lógicas punitivas de la «guerra contra el terrorismo» promovidas por EE.UU.? ¿Es posible suturar la fractura social de un país que goza de estabilidad macroeconómica pero que aún necesita tiempo para proteger establemente a las mayorías de la intemperie de la informalidad laboral y la violencia cotidiana?

Es indudable que el lulismo es eficaz administrando el gobierno y que constituye un dique de contención contra la deriva autoritaria, pero enfrenta serias dificultades para ofrecer un horizonte de transformación profunda a una sociedad recorrida por ansiedades de distinto tipo, desde la relacionada a la incertidumbre en la que viven los más vulnerables, hasta la percepción de amenaza por el lento ascenso de los de abajo entre cierta franja de la clase media. Brasil acude a las urnas con desafíos sociales a cuestas, pero sabiendo también que la opción electoral invita a decidir: o un ejercicio pleno de su soberanía nacional o la restauración de un orden conservador que lo prefiere satélite.

 

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