El fin de las reglas: Trump, Irán y el nuevo desorden global
Del liderazgo institucional a la política de remoción de líderes. Bajo la administración Trump, Estados Unidos abandona la gran estrategia por una política de intervención directa. El ataque contra Teherán marca el inicio de una era donde la Inteligencia Artificial domina el relato bélico. “Lo que no aparece, aún, es el relato humano de la tragedia”, escribe el investigador y docente Alejandro Rascovan.
- marzo 5, 2026
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En el campo de las relaciones internacionales las universidades norteamericanas marcaron el tono de los debates a nivel planetario desde la segunda mitad del siglo XX. Acompañando al liderazgo -imperio- de Estados Unidos, el entrecruzamiento entre académicos y políticos, dio como resultado una política exterior rígida, con un eje central en el anticomunismo y limitada en su manejo conceptual y por lo tanto en su mirada del mundo. Pero también, de ese entrecruzamiento surgieron miradas sobre el lugar de Estados Unidos en tanto un líder “benevolente” que ejercía su dominio con la fuerza y también con las instituciones.
Ese mundo -el de la Guerra Fría y el de la hegemonía norteamericana- 1945/2014 implicaba, entre otras cosas, alguna serie de reglas o, por lo menos, justificaciones que los actores políticos centrales de la gran potencia cumplían.
La llegada al gobierno de Donald Trump fue el condensador de un cambio de época política y cultural, no sólo en Estados Unidos, sino en muchos otros lugares del mundo. Aunque en su primer gobierno el enemigo elegido era Corea del Norte, el conflicto nunca escaló a lo armado. En esta segunda administración, tanto Trump, como sus seguidores, parecen haberse sacado un peso de encima y un “bozal” simbólico y político. La detención del dictador-presidente de Venezuela Nicolás Maduro, marca el tono de esta nueva política exterior.
En declaraciones públicas, el 3 de marzo, Trump afirmó que Irán estaba por atacar a Israel y sus vecinos y que por eso tomó la decisión de una acción preventiva. Sin embargo, fuentes de inteligencia aseguraban que Irán no estaba en condiciones de llevar adelante tal ataque. En todo caso, se abre una serie de preguntas, ¿cuándo y bajo qué excusas puede un país atacar a otro?, ¿qué lugar queda para la ONU y el Consejo de Seguridad?, ¿puede existir la diplomacia si no existe la confianza? ¿cómo se gerencian las desigualdades estructurales?
Pero además de esas preguntas, podemos, desde el Sur, preguntarnos sobre el relato bélico. Si la Guerra del Golfo de 1991 fue la primera televisada en vivo, el actual ataque de Estados Unidos e Israel a Irán parece ser la primera de la Inteligencia Artificial. Una guerra donde las audiencias consumen productos (imágenes, noticias, análisis) que muchas veces parecen haber sido programados y automatizados. Lo que no aparece, aún, es el relato humano de la tragedia, si aparecen imágenes extravagantes de influencers varados en Dubai o los búnkeres en Israel. ¿Dónde queda el pueblo iraní en este conflicto?
Si la Guerra del Golfo de 1991 fue la primera televisada en vivo, el actual ataque de Estados Unidos e Israel a Irán parece ser la primera de la Inteligencia Artificial. Una guerra donde las audiencias consumen productos (imágenes, noticias, análisis) que muchas veces parecen haber sido programados y automatizados. Lo que no aparece, aún, es el relato humano de la tragedia.
Mientras que Trump promueve un cambio de régimen, instando al levantamiento contra el régimen teocrático, la política exterior norteamericana no parece tener un plan sobre el después, quizá estemos en una nueva época de las guerras de “latinoamericanización” de la política exterior de Estados Unidos. Una gran potencia global que ya no se guía por una gran estrategia global, sino que remueve gobiernos que no le gustan y busca favorecer algunos negocios, algo similar a las acciones norteamericanas a principios del Siglo XX en América Central y el Caribe.
Sin embargo, la política de remoción del Ayatola Jameneí de Irán y de su gobierno, puede estar acompañada de un giro peligroso similar al escenario de Libia tras la caída de Gadafi. La posibilidad de una guerra civil o de diferentes facciones tomando partes del Estado y usándolo para su propio beneficio es hoy un resultado posible. Un resultado que no beneficiaría al pueblo iraní.
Pero además de la Guerra, también están los negocios. Si después de los primeros días, el ojo pasó de la violencia a la economía, es porque Medio Oriente, particularmente el estrecho de Ormuz, es un territorio relevante para los flujos comerciales globales. No sólo es por donde circula una gran parte del GNL y del petróleo mundial, es también donde el capital ha puesto sus ojos hace unos años, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Baréin, Oman y Arabia Saudita. Esos países fueron atacados por Irán y sin embargo han optado por no atacar. La guerra frena los flujos, comerciales, de capitales y de personas. Quizá los efectos sobre las economías globales, más que las tragedias humanas y los cambios de gobierno, puedan ser uno de los factores que limite el conflicto temporalmente.
Así como cuando Rusia invadió Ucrania, la invasión a Irán nos lleva, indefectiblemente a hablar de los momentos políticos en Israel y Estados Unidos. Mientras que las protestas contra el gobierno de Netanyahu han sido constantes, desde antes de la invasión a Gaza, es probable que, para ese gobierno, atacar a Irán, mencionado de forma constante como el país ideólogo y financista del terrorismo, es un corrimiento desde una narrativa que lo tiene como prófugo de la Corte Penal Internacional a deshacerse de su principal enemigo.
En Estados Unidos, Trump también atraviesa una situación de debilidad interna. Las protestas frente a los abusos cometidos por la agencia ICE contra migrantes y ciudadanos norteamericanos y la falta de respuestas económicas, llevaron a esa administración a centrarse en la “batalla cultural”. El actual secretario de Guerra, Hegseth, mencionaba en relación al cambio de nombre de Departamento de Defensa a Departamento de Guerra, que el mismo se había transformado en un “Departamento Woke” y que uno de los principales enemigos era la burocracia interna, el sistema de gobierno. En esta línea, se puede entender una mayor cercanía al complejo militar-industrial, por un lado, pero también un uso no estratégico de mediano/largo plazo, sino la remoción de líderes indeseables, Maduro primero, Khameini después.
En fin, la distancia (geográfica) nos permite seguir planteando preguntas sobre el mundo en el que estamos y hacia dónde vamos. Los Estados siguen siendo los principales animados del escenario internacional y, en todo caso, habrá que esperar para un nuevo diseño mundial que pueda ofrecer a los pueblos certezas y perspectivas de un mundo mejor frente a la desaparición de un orden que, aunque era defectuoso y violento, también dejaba un pequeño margen de maniobra para las sociedades -sobre todo de los países no centrales-, de imaginación en un futuro promisorio.
* Alejandro Rascovan es Doctor en Ciencias Sociales (UBA) / Socio-economía del Desarrollo (EHESS). Profesor de Seguridad Internacional, EPyG, UNSAM e Investigador IUGNA.
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