Argentina / 7 marzo 2026

temperature icon 21°C
Edit Template

Picada cultural: Marty Supreme + Milo J + Vivir en loop

Del ping pong de Chalamet en Marty Supreme al folklore renovador de Milo J: un recorrido por artistas que desafían el presente. Entre el “loop” de la industria y la búsqueda de dignidad, exploramos cómo la tradición se vuelve una herramienta para reinventar el futuro.

Compartir:

Compartir:

unnamed

Timothée Chalamet se obsesionó con el tenis de mesa. Durante seis años, arrastró una mesa de ping pong por sets de filmación de todo el mundo, puliendo un revés que no es de este siglo: se especializó en el estilo técnico de los años cincuenta. Antes, ya había domado la guitarra y la armónica para interpretar a Bob Dylan. Son proezas de atleta o de imitador, no necesariamente de un actor. Pero Chalamet lo es, y lo confirma en Marty Supreme, la película que le valió su tercera candidatura al Oscar y que hoy habita las salas argentinas.

Las producciones de A24 (Moonlight, Lady Bird, Aftersun) tienen “onda”: son cancheras y marcan el pulso estético de nuestro tiempo. Año tras año, la productora no solo conecta con más público, sino que lo moldea. Sus marcas registradas están ahí: fotografía granulada, tonos neón e iluminación expresionista. A veces mimetizan el diseño con la época retratada mientras usan una banda sonora que rompe cualquier distancia histórica. En Marty Supreme, bajo la dirección de Josh Safdie, ese estilo se traduce en un ritmo frenético que envuelve la historia de Marty, un prodigio del ping pong que transita el ascenso, la caída y la redención en un entorno tan competitivo como despiadado.

Una pregunta flota: ¿por qué los personajes contemporáneos reciben tantos maltratos y humillaciones? Parece un signo de nuestro presente someter a los protagonistas a la crueldad más absoluta. Tal vez es un retorno a los relatos griegos donde el héroe es definido por sus heridas. La próxima adaptación de La Odisea de Christopher Nolan, que llegará en julio, servirá para ratificar o descartar esta hipótesis sobre la vigencia del dolor heroico.

Volvemos del cine bajo los perfumes de la noche. La comandante Clarisa me dice que el Marty de Chalamet tiene un sueño, una ambición. Y, en ese viaje, se corrompe y se somete a la humillación. Pero cuando recobra su dignidad, recupera también su humanidad. Tiene razón.

 

***

 

Si Chalamet es el último grito de la industria audiovisual, en la música argentina el centro de gravedad está en manos de Milo J. Aunque es probable que Camilo Joaquín Villarruel —el pibe detrás del fenómeno— prefiriera devolver el trofeo antes que cargar con el peso de una etiqueta. 

Hay algo en común entre los jóvenes prodigios: se implican de lleno en los proyectos que encabezan, los personalizan, toman las riendas del proceso de producción. Son parte de un sistema que se desvive por ellos, los ensalza, los monetiza, pero que seguramente preferiría tratar con figuras más dóciles.

Hay algo en común entre los jóvenes prodigios: se implican de lleno en los proyectos que encabezan, los personalizan, toman las riendas del proceso de producción. Son parte de un sistema que se desvive por ellos, los ensalza, los monetiza, pero que seguramente preferiría tratar con figuras más dóciles. Portan una masculinidad alejada de los mandatos patriarcales. Son genuinos, elegantes, algo andróginos. Hay otro elemento compartido: conocen como los que más la historia del arte que practican. Y saben rendir tributo a aquellos que marcaron el camino que hoy ellos continúan.

Milo J funciona hoy como el pegamento de la música popular argentina. Hay algo nuevo que está vibrando en el folklore actual. Quienes nacimos en “el interior” sabemos que no es una cuestión de “masividad”: el folklore siempre llenó estadios, clubes, plazas en cada pueblo y ciudad de esta república. De vez en cuando prende en los progresismos porteños. Este es uno de esos momentos.

Estamos frente a una renovación que es, a la vez, una recuperación política y estética. Milo les enseña a las nuevas generaciones quiénes son Mercedes Sosa y Cuti Carabajal. O muchos otros. Si muchos artistas argentinos se presentan como europeos de segunda mano, él se reivindica como marrón y latinoamericano. Con su arte, enlaza las provincias y el conurbano. Es el eco de quienes llegan a Buenos Aires en busca de oportunidades y chocan contra los límites –invisibles o visibles–- de este conglomerado de ambiciones.

 

***

 

Estamos atravesados por los viajes: del centro a la periferia y de vuelta. De héroes que persiguen un sueño, como Marty Supreme; o de un Milo J que actualiza el camino de León Gieco —de Ushuaia a La Quiaca— recuperando voces y tradiciones que el ruido actual intenta borrar.

En su libro Personas en loop (Interzona), Diedrich Diederichsen desarma una vieja obsesión occidental: la de la vida como un viaje hacia el progreso. El crítico alemán recuerda que su generación creció bajo un “programa interno” que mandaba a capitalizarlo todo, incluso el tiempo libre. Las vacaciones no eran para el ocio, sino para “mejorarnos” y volver más productivos: un entrenamiento eterno para un ascenso social sin fin. La playa como la zona de lectura y aprendizaje. Descansar para volver al trabajo con más ganas.

Si desde el siglo XVII el progreso fue el motor del optimismo —con el liberalismo y el socialismo prometiendo mañanas más justos o ricos—, hoy esa flecha se dobló sobre sí misma. La lógica del consumo devoró la historia y nos encerró en un presente continuo. Donde todo es descartable, el futuro dejó de ser una promesa para volverse una amenaza de exclusión.

Diederichsen encuentra en el loop musical una metáfora de nuestra era. Pero ojo: el loop no es repetición estática. A diferencia de quien hereda un negocio familiar —el bucle más cerrado de todos—, el oyente de un loop percibe que nada es igual. En cada vuelta, el que escucha cambia.

La paradoja es cruda: mientras el sistema nos ofrece un tiempo chato y uniforme, la salida podría estar en aceptar que estamos en viaje, dando vueltas, pero observando cómo en cada giro ya somos otros. Tal vez en esa búsqueda andan Chalamet o Milo J: bebiendo de la tradición, no por nostalgia, sino para reinventarse en cada nueva estación.

 

***

 

Esta semana publicamos un análisis de Luis Bruchstein sobre grupos de poder cercanos a Donald Trump que aspiran a un régimen corporativo por encima de la democracia, amparados en discursos de impunidad y justificaciones teológicas. Seguiremos trabajando para que estos textos tan necesarios se encuentren con sus lectores. Hasta la semana próxima. Saludos cordiales, la Redacción.

 

4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Temas relacionados

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado

Publicidades

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: