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Usar la IA sin culpa, pero con conciencia
La utilización de la Inteligencia Artificial va en aumento, pero muchas personas lo hacen en secreto, como si estuvieran avergozandas por ello. La importancia de usarla con conciencia, aprovechando los aportes de la tecnología. Para ello hay que enfrentar un diálogo franco y abierto sobre el tema y los posibles usos de manera conciente.
- diciembre 1, 2025
- Lectura: 3 minutos
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- diciembre 1, 2025
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Últimamente me cruzo con cada vez más gente que recurre a la inteligencia artificial, pero lo confiesa en secreto. Lo dicen en voz baja, casi con culpa, como si hacer uso de estas herramientas requiriera pedir perdón. Estudiantes que la usan para resolver tareas anacrónicas; docentes que sospechan de sus estudiantes, pero la prueban en privado; profesionales que descargan en estos sistemas las rutinas más repetitivas; e incluso especialistas que trabajan con IA a diario y aun así evitan admitirlo en público, como si se tratara de un atajo vergonzante.
Hablar de inteligencia artificial hoy es, muchas veces, invitar a romper ese prurito. Primero, porque no todos los atajos son sinónimo de trampa: a veces simplemente nos ahorran tiempo para pensar mejor. Y segundo, porque no hay nada de qué avergonzarse frente a una tecnología potente que no solo podemos usar, sino que en muchos casos -dependiendo de la tarea o la profesión- es urgente sentido incorporar. Sería absurdo renunciar, por puro pudor, a una herramienta capaz de sintetizar información, ordenar procesos y ampliar nuestras posibilidades de creación.
El punto, entonces, no es esconder la IA, sino preguntarnos cómo la usamos. Eso obliga a formularse algunos interrogantes incómodos: por qué la empleamos, para qué, con qué costo y bajo qué límites. La IA no es magia. Consume grandes cantidades de energía y agua, hereda y amplifica sesgos sociales y de género, se equivoca, “alucina” respuestas y nació al calor del capitalismo de plataformas y de la economía de la atención: un modelo en el que los datos se transforman en mercancía, la atención se vuelve un recurso escaso y la creatividad humana se trata como materia prima. Todo lo que promete eficiencia arrastra, al mismo tiempo, un costo ambiental, cognitivo y político.
Ahora bien, de ese diagnóstico a ocultar su uso o seguir pensando que la IA es, por definición, “hacer trampa” hay un salto enorme. No somos adolescentes copiando en un examen (aunque quizás seguramente lo hayamos sido), habitamos sociedades enteras que están empezando a convivir con una de las tecnologías más transformadoras de la historia. Creer que recurrir a estas plataformas equivale a engañar al “sistema” dice más sobre la dificultad de escuelas, universidades, medios u organismos públicos para actualizar sus reglas de juego, que sobre la conducta de quienes experimentan con estas herramientas.
Ese clima de culpa se convierte rápido en tabú. Si la utilización se vive como algo vergonzante, lo que se instala no es solo el silencio, sino la imposibilidad de construir una conversación colectiva que nos permita, por un lado, producir conocimiento a partir de las experiencias comunes y, por el otro, consolidar una mirada política sobre el tema. Sin esa discusión compartida se vuelve muy difícil demandar regulaciones, nuevas garantías y derechos digitales que hoy son cada vez más urgentes: protección de datos personales, transparencia en los algoritmos que deciden qué vemos y qué no, condiciones de trabajo en las cadenas que sostienen estos sistemas, derecho a saber cómo se entrenan y quién se beneficia de ellos.
En el campo educativo esa tensión se vuelve todavía más visible. Las instituciones ensayan reglamentos y protocolos; muchos equipos docentes oscilan entre el miedo al reemplazo y la curiosidad; las y los estudiantes incorporan la IA por su cuenta. Si no hablamos de esto, si no fijamos criterios, si no formamos en alfabetización mediática, ciudadanía digital, lectura crítica de plataformas y uso responsable de estas tecnologías, el resultado no es la prudencia, sino la clandestinidad. Un uso que se vuelve opaco, difícil de acompañar, y que desperdicia una oportunidad pedagógica para aprender en conjunto qué hacer con esta novedad.
El clima de culpa se convierte rápido en tabú. Si la utilización se vive como algo vergonzante, lo que se instala no es solo el silencio, sino la imposibilidad de construir una conversación colectiva que nos permita, por un lado, producir conocimiento a partir de las experiencias comunes y, por el otro, consolidar una mirada política sobre el tema.
Quizás el desafío central para docentes, comunicadores y profesionales no sea “dominar” la herramienta, sino ponerla en discusión. Preguntar en voz alta qué hace, cómo lo hace, quién gana y quién pierde con su expansión, y qué tipo de sociedad estamos construyendo alrededor de la inteligencia artificial. Más que «salir del clóset» en clave de confesión individual, se trata de dejar de tratar la IA como un secreto incómodo y convertirla en un tema de conversación abierta: asumir que ya forma parte de nuestras prácticas y, a partir de ahí, debatir qué límites, qué criterios y qué sentidos queremos darle.
Usar la IA sin culpa, pero con conciencia, implica justamente eso: reconocerla, nombrarla y politizarla. Integrarla a las agendas de debate público, de formación y de organización social. Hacerlo en las aulas, en los sindicatos, en las redacciones, en las oficinas del Estado y en todos los espacios donde ya circula silenciosa. Porque la herramienta ya está entre nosotros; lo que todavía sigue en nuestras manos -en lo individual y en lo colectivo- es decidir si la dejamos operar en piloto automático o la sometemos a la luz de una conversación crítica que nos permita reclamar derechos, construir regulaciones y, sobre todo, sostener la tarea de pensar por cuenta propia.
* Doctor en Comunicación. Experto en Inteligencia Artificial, tecnologias y educacion. Profesor Titular de la FPyCS de la UNLP.
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