Argentina / 13 septiembre 2026

temperature icon 6°C
Edit Template
  • Política
  • /
  • Raúl Gustavo Ferreyra: “La dictadura fue la negación del Estado”

Raúl Gustavo Ferreyra: “La dictadura fue la negación del Estado”

A 50 años del último golpe de Estado, el constitucionalista Raúl Gustavo Ferreyra desafía los consensos históricos acerca de la última dictadura. Al analizar las “piezas del mal” que desmantelaron las instituciones, el jurista sostiene que no existió un orden legal paralelo, sino la anulación total del Estado. Un debate urgente sobre la memoria, la “resurrección” democrática de 1983 y los riesgos de un presente amenazado por el abuso de poder.

Compartir:

Compartir:

El libro destacado en la imagen es Ante la ley suprema quebrada: Dictadura militar (1976-1983) y negación del Estado constitucional. Las "piezas del mal", escrito por el jurista Raúl Gustavo Ferreyra y publicado por la Editorial Ediar. [1] (https://www.mercadolibre.com.ar/ante-la-ley-suprema-quebrada--ferreyra-raul-gustavo/up/MLAU4105427008), [2] (https://www.ediar.com.ar/prod.php?col=732&sec=3)

Catedrático en derecho constitucional y ex conjuez de la Corte Suprema, Raúl Gustavo Ferreyra presentará su último libro Ante la ley suprema quebrada este jueves 17 de septiembre, a las 16.45h, en el Salón Verde de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Estará acompañado por Pablo Germán Alí y Carolina Cyrillo.

Publicado por EDIAR, pone el foco en la negación del Estado constitucional por parte de la última dictadura y analiza siete “piezas del mal”. Es decir, los instrumentos que utilizaron las Juntas militares para poner en marcha su régimen autocrático y terrorista desde el golpe de Estado de 1976. También, claro, para autoamnistiarse por los crímenes cometidos.

 

La tesis central del libro es que no hubo dualidad, ¿qué implica ese giro con respecto a la bibliografía circulante?

Por un lado, hay una tesis espantosa que habla de la continuidad del Estado y que había existido el Estado de Derecho. Por otro lado, en los últimos años de la dictadura comienzan a vislumbrarse otras ideas, una de las más importantes es la forjada por Eduardo Luis Duhalde en su obra El Estado Terrorista, donde plantea la idea de la duplicidad. Es decir, la coexistencia de un aparato terrorista y clandestino; y un aparato legal en funcionamiento. Ese texto a la vez recogía la discusión del Coloquio sobre las Desapariciones Forzadas de París de 1981, donde también se había planteado esta idea de los dos órdenes. 

Ante el 50 aniversario del golpe, me puse a repensar el asunto. Uno de mis centros de meditación en las últimas décadas fue precisamente el Estado constitucional. Al hablar de estado constitucional, señalamos que el Estado no es solo su poder, su territorio, su población, sino que también es su Constitución. 

En el análisis histórico que hice, encontré siete instrumentos paradigmáticos –que denomino “las piezas del mal”– que son las bases de la refundación que buscó imponer la dictadura. Y me dije “no, cuidado”. Acá no hubo una dualidad entre un Estado terrorista y un Estado constitucional. Cada uno de los instrumentos que analizo va como una flecha contra los pilares del Estado constitucional.

 

¿En qué sentido?

Primero, apuntan contra el ejercicio del poder constituyente, que es clave en un Estado constitucional. Es decir, quién hace la Constitución. Evidentemente no la hacía ni la ciudadanía ni sus representantes, si no la Junta Militar. Segundo, ¿quién designaba a los magistrados? La Junta Militar. Tercero, el Poder Legislativo no existía. 

Entonces, al no existir la división del poder, y al estar negados los derechos fundamentales, me digo: acá no existió el Estado constitucional. Es decir, la dictadura fue la negación del Estado constitucional. Eso me remitió a otra discusión. 

 

¿Cuál?

Otro 24 de marzo, de 1933, se produjo el golpe final a la República de Weimar: se le entregaron a Hitler los superpoderes constitucionales, entre los que estaba inclusive la potestad de cambiar la Constitución.

Dos personas que abandonaron Alemania, Ernst Fraenkel y Franz Neumann, publicaron dos trabajos a principios de los años cuarenta. Fraenkel sostiene que durante el régimen hitleriano Alemania era un sistema dual. Con un aparato normativo que se desenvuelve dentro de las cuestiones habituales que tienen que ver con la vida civil y comercial; y un aparato criminal que es el que persigue y lleva a la guerra. En cambio, Neumann señala que no había ninguna duplicidad, porque no había Estado. 

Así llego a mi tesis central: la última dictadura fue la negación del Estado. A través de las piezas del mal, negaron un Estado Constitucional que estaba deteriorado y devaluado. En paralelo, también encontré un discurso del líder radical Ricardo Balbín, pocas horas antes del golpe, que en ningún momento menciona la palabra constitución. El único político que habló de Constitución fue Oscar Alende. Eso muestra que estaban dadas las condiciones para que un poder militar tomara las instituciones civiles, las monopolizara y las degradara durante más de siete años.

 

En el libro señala que, contra los discursos predominantes, “no estaban agotadas todas las instancias” y que la propia Constitución contemplaba varios mecanismos posibles para un reemplazo del gobierno de Isabel Perón. 

Si paramos a un jurista y le preguntamos cuándo eran las elecciones, lo más probable es que piense que en ese momento el mandato era de seis años y no de cuatro. Pero las elecciones estaban previstas para 1977, porque por razones que nadie me pudo explicar, Perón aceptó la enmienda Lanusse que en 1972 acortó los mandatos.

Es decir, la malísima presidencia de Isabel Perón terminaba en septiembre de 1977. Y las elecciones se podrían haber realizado en marzo de 1977 y se podría haber utilizado 1976 para la campaña electoral. Existía una solución institucionalizada. Pero la dictadura militar negó el Estado constitucional.

 

Con respecto a las “piezas del mal”, un punto clave es que esos instrumentos de la dictadura no son decretos o leyes, sino “proclamas” o “estatutos”.

La abrumadora mayoría de las constituciones del mundo tienen lo que se conoce como el principio de “supremacía constitucional”. Por principio lógico significa que la Constitución se encuentra en la cima del orden jurídico. Y el principio político es para llevar adelante la autoridad del Estado bajo la competencia que da la Constitución. Pero la dictadura desplaza a la Constitución. La reemplaza por estatutos, bandos, proclamas que dictan a partir del mismo día del golpe.

 

Hoy se discute si la dictadura fue terrorismo de Estado. Se niega o se reivindica. Pero su tesis es: fue terrorista. Lo que no hubo es Estado, en todo caso fue un régimen. 

Exactamente. Fue un régimen autocrático y autoritario. Me ayudaron los trabajos de Guillermo O’ Donnell. En 1978, 1979, habla del régimen autocrático y autoritario que llevaba dos años. 

Además, y soy el único autor que lo dijo con todas las letras, no existió la Corte Suprema de Justicia. No es que la Corte hizo lo que pudo. No existió. Como intérprete final de la Constitución y ocupándose de los intereses del Estado, no existió. Tampoco existió el Congreso, que fue reemplazado por la Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL).

 

El libro deja resonando otra cuestión muy actual. En sus instrumentos, la dictadura señaló con claridad la idea de que no debe existir el enemigo. Hoy el discurso presidencial parece ir en esa línea, incluso negando la humanidad de sus adversarios. 

Milei es un presidente con profundos rasgos autocráticos. No es lo mismo que la dictadura, pero sí son rasgos. El 17 de agosto de este año, cuando el libro ya había sido publicado, Milei distinguió en un discurso entre los enemigos interiores y los enemigos exteriores. Pero en la Constitución no hay enemigos, en todo caso hay adversarios. Es un instrumento plural, donde tiene que existir toda la ciudadanía. Existe eventualmente el adversario, que puede ganar una elección y gobernar el país. Ahora… esta idea de Milei de retomar la idea del enemigo interno, en otra dimensión, que fue la utilizada por la dictadura para combatir a la ciudadanía… 

 

¿Le preocupa? 

Muchísimo. En música clásica hay una forma que se repite constantemente, el ostinato… Y yo veo la reiteración de comportamientos hacia la suma del poder público que existieron en la dictadura militar y que desde hace rato que se advierten en el gobierno de Milei.

 

En el texto hace una valoración de las decisiones que se tomaron con la asunción de Raúl Alfonsín y el retorno democrático, que van incluso más allá del Juicio de las Juntas y la CONADEP. ¿Cuál es el valor jurídico e histórico de esas medidas? 

Una de las primeras decisiones del gobierno constitucional es la declaración de la nulidad absoluta de la autoamnistía que se habían adjudicado los dictadores por medio de una de esas “piezas del mal”. Mirado de manera retrospectiva, esa nulidad es un instrumento valiosísimo porque tiene que ver con el desarrollo de la democracia y de las garantías constitucionales. El Congreso no dudó y lo sancionó a los pocos días, en diciembre de 1983. Eso no pasó en otros países.

Argentina también es el único país de América Latina donde los responsables de la dictadura militar fueron llevados al banquillo de los acusados con todas las garantías jurídicas y siguen siendo llevados adelante.

Soy agnóstico. No creo en la existencia de un Dios. Pero esto fue una resurrección. Fue una situación milagrosa esa restauración de las instituciones republicanas y democráticas. Porque los argentinos veníamos del infierno de los infiernos. De la no existencia de la ley. El país podría haber degenerado en cualquier otra cosa. El mérito más importante de la resurrección democrática es el enjuiciamiento a la negación del Estado constitucional. Es un enorme logro de la Argentina. Aunque también hay que decir que no se pudo producir la resurrección del bienestar general, me refiero a las condiciones económicas y sociales.

 

Aún con esas deudas, estamos viviendo el periodo democrático más largo de nuestra historia. ¿Se construyeron bases sólidas? ¿Hay señales de alarma? Porque en el mundo se observan hechos preocupantes, como el triunfo de la ultraderecha en Alemania. 

Somos hijos de algún modo del iluminismo, que nos dio la noción de equilibrio bajo un sistema de reglas. La pregunta es si el mundo o la civilización actualmente quiere seguir viviendo de manera equilibrada y bajo un sistema de reglas. Lo que brinda una Constitución es la posibilidad de tener un sistema de reglas que están llamadas para ser cumplidas, y la posibilidad de equilibrio entre los poderes. Hoy esta dimensión está jaqueada, por lo menos implícitamente.

Se observan situaciones de una tendencia abierta al abuso del poder. Es decir, un presidente que legisla constantemente en detrimento de las competencias del Congreso, que dicta decretos por necesidad y urgencia. Es una concentración de funciones que lleva a la suma del poder público.

Por otro lado, el Congreso ve deteriorada sus atribuciones. Y un Poder Judicial donde se ha producido una enorme judicialización de la política. Hoy todo lo que se discute es llevado al Poder Judicial, que presenta un fenómeno de cooptación enorme. Porque ese Poder Judicial termina siendo, en muchísimos casos, funcional a las decisiones del Ejecutivo.

Ante esta combinación, hay claramente una declinación de la Constitución. 

¿A favor qué puedo decir? No hay político en el mundo que diga “yo violo la Constitución”. Dicen: “Yo actúo de acuerdo a la Constitución”. Porque probablemente la idea de la Constitución es la idea más adecuada que se ha inventado hasta hoy. La Constitución entendida como límite, como control del poder. 

Ahora, en la práctica, hacen exactamente lo que tienen ganas. Si tienen que pasarle por encima a la Constitución, lo hacen. De todos los instrumentos que tiene el hombre hasta este momento para gobernar el tiempo y el espacio, la Constitución es el mejor. Si se quiere abandonar la idea de vivir bajo una Constitución y bajo la institucionalidad, es una prueba que yo no estoy dispuesto a ver. Pero hoy se observa una clarísima intención y devoción a vivir fuera de un sistema de reglas. 

 

¿Cómo se da la pelea frente a esas tendencias? 

Si se abandona todo eso, no sé lo que puede pasar. Una referencia en el derecho constitucional, el profesor mexicano Diego Valadés, planteó la noción del “post-constitucionalismo”. Lo señala con la misma intención metafórica de los conceptos de la post-democracia y la post-verdad. Advierte: “Señores, ¿dónde vamos?” Porque el post-constitucionalismo es un poder sin límites. Es la pura fuerza sin razón. Pero es imposible gobernar nuestras sociedad actuales –que son multifacéticas, plurales, diversas– sin un sistema de reglas. Aunque haya una tendencia absurda a romper con esto.

 

4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: