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Los extraños “derechos de admisión” en las escuelas

Buscar vacante escolar para una hija con discapacidad expone la cara más cruenta del sistema educativo: excusas sutiles, rechazos solapados y un derecho de admisión que opera en la impunidad. Entre resoluciones que nadie cumple y discursos de inclusión vacíos, las familias enfrentan un laberinto donde la capacidad de empatía parece estar ausente.

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Niña con discapacidad sentada sobre una manta en un espacio verde, leyendo y escribiendo en un cuaderno al aire libre.

“Nos comunicamos de la escuela XXX ya que hemos recibido su solicitud mediante el formulario. Lamentablemente no contamos con disponibilidad para ofrecer en 1º año”.

“Estimada familia, les comunicamos que no tenemos disponible la vacante para el grado solicitado. Les agradecemos el interés en nuestra escuela y les enviamos un cálido saludo. Saludos cordiales. Comisión de inscripciones”.

Las siguientes, impersonales, de manera telefónica: “Voy a consultar y te van a ser sinceros, si pueden adaptar o no los contenidos para tu hija o mejor que busques otra escuela”, me dijeron en otra. 

La frase se repite, una y otra vez, sin mediar explicación alguna: ¿Pueden las escuelas, subvencionadas o no, de gestión privada, pública o municipal tener departamentos de admisión que regulen quién entra y quién sale de la escuela como si fuera un bar? ¿Qué injerencia tiene el Ministerio de Educación de la Nación, la Dirección de Educación de la Ciudad o la provincia de Buenos Aires o el Consejo Escolar de San Isidro o de Vicente López?  

“No me gusta decirlo muy seguido pero termino contando siempre lo mismo: este colegio es muy intelectual, pasan cosas todo el tiempo, yo no sé si es el mejor lugar para tu hija”. Eso me respondió una psicopedagoga esta semana de una escuela pública de Vicente López cuando solicité, en una segunda reunión, una vacante para mi hija. 

“En el recreo hay más de 500 chicos todos juntos, ¿te parece que este es el mejor lugar para tu hija? ¿Por qué no buscan una escuela más chica, donde no haya tantos alumnos?”, me dijo un rector. 

“Mirá que acá tenemos deportes en otra sede y a contraturno, los alumnos se van solos, ¿quién la va a llevar?”, me dijo, de nuevo, la psicopedagoga, como si a las cuatro terapias de rehabilitación por semana fuera sola y no la esperáramos una hora en cada puerta.

Para las inspectoras de los distritos, todas las vacantes –y el orden de discrecionalidad con que operan, por ejemplo, las escuelas privadas en Argentina— parecen ser un contrato entre privados. Esto es, la familia y la empresa, como el bar: “Se reserva el derecho de admisión”. 

Una más cercana al mundo de las leyes me pasa el Reglamento General de las Instituciones Educativas en la provincia de Buenos Aires en un correo formal, una letra chica que tampoco se cumple por lo que vi en estos 365 días de recorrer secundarios: 

“Aprovechamos la oportunidad para aclararle que de acuerdo al nuevo Régimen Académico de Nivel Secundario (Resolución Nº1650/24), en su Anexo 3, apartado III Asignación de las vacantes para el ingreso al nivel, item 9, se expresa que:

  1. Las vacantes y turnos serán asignadas conforme a las siguientes prioridades:

– estudiantes con discapacidad y/o trayectorias compartidas con la modalidad Educación Especial.

– estudiantes en condiciones de ser inscriptas/os que egresen de establecimientos que posean vinculación institucional y/o edilicia con la escuela….”.

 

Si en jardín hicimos cuarenta admisiones en jardines públicos, privados, laicos, religiosos, pensé que diez años después esa escena no iba a volver a ocurrir. Sin embargo, por si acaso, empecé a buscar vacante cuando Lucía estaba en quinto grado. O sea, hace un año. 

Esta semana, una mamá de segundo o tercer grado me escribió por guasap para contarme que Lucía es la rock star de su escuela: “Mis hijas la aman, todos la conocen y la quieren. No sé qué le pasó (por su marcha al caminar) pero me conmueve que siempre está sonriente y alegre”, me dijo.  

No sé si alguna vez voy a encontrar una mejor definición de mi hija y menos que menos de alguien que no conozco más que de toparme en la puerta del colegio.  

Ahora todas las escuelas que la rechazan porque tiene una (dis) capacidad, acaso: ¿No tendrán ellas que revisar cuáles son sus conceptos de “normalidad”, de “intelectualidad”, de “deportes” o, justamente, de llenarse la boca cuando hablan de “inclusión escolar”? En el medio estamos discutiendo algo tan básico, elemental y humano como la Emergencia en Discapacidad, con diputadas y diputados en el Congreso de la Nación, ¿cuándo se va a terminar tanto sadismo y tanta crueldad? ¿Quién tiene, de veras, la falta de capacidad de?  

Hay algo que es seguro, en este contexto de los mil demonios. No tienen idea de la luz que se pierden en su patio, en sus pasillos y en sus aulas: mi hija es una rock star (de la vida).

 

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