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En Argentina se multiplicó por 10 la cantidad de adultos mayores cada 100 niños
El país atraviesa una transición demográfica que reconfigura la pirámide social. Ante explicaciones reduccionistas y la crisis del sistema previsional, especialistas analizan las causas de este fenómeno multicausal y la urgencia de adaptar las políticas públicas para aprovechar el bono demográfico.
- septiembre 5, 2026
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Hace 150 años, en 1869, por cada 100 argentinos menores de 15 años había apenas 5 personas mayores de 65. En el último censo de 2022 esa relación es de 53 menores de 15 años cada 100 mayores de 65. Esto es, diez veces más. El cambio, sin embargo, no fue parejo. Se mantuvo casi igual hasta principios del siglo XX: en 1947 despegó y se aceleró fuerte. En las últimas dos décadas pasó de 35 a 53 cada 100 habitantes. “Esta transformación es el resultado de dos procesos simultáneos: por un lado, la caída sostenida de la natalidad que achicó la base de la pirámide poblacional; por el otro, el aumento de la esperanza de vida que ensanchó su cima. Estos dos fenómenos transformaron una estructura triangular típica de una sociedad joven en una más rectangular, propia de una población envejecida”, dice un informe que publicó FUNDAR.
Sin embargo, el presidente Javier Milei –que además no tiene hijos— atribuyó la caída de la natalidad en Argentina al aborto legal y al feminismo, generando una polémica sobre el impacto demográfico y económico. En sus declaraciones el mandatario afirmó que la “pasión por asesinar niños en el vientre de la madre” y la “locura de los pañuelitos verdes” cuestan caro al crecimiento económico, el sistema previsional y el capital humano. Por eso mismo, sostuvo, la baja tasa de reproducción afecta “el futuro del país”. El problema parece ser mucho más complejo: Agustina Bendersky es socióloga y magíster en Género, Sociedad y Políticas. En Fundar trabaja como investigadora en temas de población y asegura que el cambio demográfico que vemos en Argentina atraviesa a prácticamente todos los países del mundo.
“La modernización de las sociedades siempre viene acompañada por fuertes transformaciones en las principales variables demográficas. Ese cambio se conoce como transición demográfica: cada vez nacen menos chicos y vivimos más tiempo. Este fenómeno no es exclusivo de nuestro país ni es algo nuevo, sino un proceso histórico de larga data. A mediados del siglo XX, Argentina, junto a Uruguay, lideraba la transición demográfica en América Latina. Nuestro país tenía una estructura poblacional similar a la de muchos países europeos; éramos la ‘Europa de América Latina’ en términos demográficos. Pero después el proceso se ralentizó. ¿Qué nos pasó? Que el resto de los países latinoamericanos nos alcanzaron. Hoy ya no nos parecemos a España, de la que estamos a casi 13 años de distancia, sino que somos prácticamente el promedio de América Latina”.
Pero, ¿qué está pasando exactamente? La pirámide poblacional que veíamos en la escuela está cambiando de forma. Para Bendersky, desde principios del siglo pasado, la proporción de niños está descendiendo y la de personas mayores aumenta: “Esto quiere decir que esa estructura poblacional con forma de triángulo (con muchos niños en la base y pocas personas mayores en la cima) está pasando a ser un rectángulo: al nacer menos niños, la base de la pirámide se angosta, la edad mediana aumenta y la población envejece. Se espera que Argentina alcance una expectativa de vida de 77,7 años, un aumento de casi 16,5 años desde 1950. Una forma gráfica es: si en 1950 solo una de cada 100 personas de 60 años tenía posibilidades de llegar a los 90, hoy cerca de 23 de cada 100 se espera que lo logren. En 1869 (en el primer censo), los niños y jóvenes menores de 20 años representaban casi el 54% del total y los adultos mayores de 65 eran apenas el 1,9%. Para 2025, la población joven cayó por debajo del 30% y los adultos mayores saltaron al 12,4%”.
La antropóloga Agustina Kupsch piensa que los factores son múltiples y complejos, por eso se trata de un fenómeno multicausal: “Es cierto que hay cada vez menos nacimientos y la gente vive cada vez más, pero el mundo está organizando alrededor de la productividad y todo lo relacionado con las tareas de cuidado queda automáticamente expulsado”. Por todo eso la especialista piensa que las ciudades están diseñadas bajo esa lógica y todos los espacios expulsan en lugar de acoger: “Tener hijos, en un mundo pensando en la lógica de la autosuficiencia y la productividad, en depender de un otro bajo la óptica del sistema neoliberal en la que estamos insertos, es un acto contracultural. Por eso la nueva forma de generar relaciones es con entes no humanos, son los animales de compañía. En una resignificación de categorías en una nueva configuración de formar familia”.
Bendersky sostiene que si la esperanza de vida aumenta y la mortalidad cae, eso significa que nuestro país se inscribe dentro de sociedades modernas que han logrado mejoras estructurales en las condiciones de vida, especialmente el saneamiento, el acceso a agua potable y el mejor acceso a alimentos de calidad. “Esta transformación nos obliga a cambiar la forma en que pensamos el futuro. El verdadero cambio no es que seamos menos sino que vivimos más. Por eso reducir la caída de la natalidad a un simple ‘problema’ es mirar la película a medias. La baja en la natalidad es un fenómeno complejo que combina aspectos que debemos celebrar, desafíos de gestión que hay que resolver, y dimensiones de las que sí debemos preocuparnos. Si bien el descenso de la natalidad general tocó su mínimo histórico (1,36 hijos por mujer), detrás de ese número hay un gran logro: en menos de una década, la fecundidad adolescente en Argentina disminuyó un 66%”, dice.
Agustina Kupsch: “Tener hijos, en un mundo pensando en la lógica de la autosuficiencia y la productividad, en depender de un otro bajo la óptica del sistema neoliberal en la que estamos insertos, es un acto contracultural. Por eso la nueva forma de generar relaciones es con entes no humanos, son los animales de compañía. En una resignificación de categorías en una nueva configuración de formar familia”.
Los datos confirman este proceso: entre 1950 y 2015 la tasa de fecundidad adolescente aumentó un 6%, a contramano de la trayectoria de la mayoría de los países de América Latina y el Caribe: Argentina ocupaba el segundo lugar en el ranking regional en 1950, y pasó al puesto 35 en 2015: “Hoy la situación es otra y esta caída pronunciada en la maternidad de niñas y adolescentes (de 10 a 19 años) demuestra que se hicieron las cosas bien en materia de políticas de prevención y educación sexual”. Sin embargo, la investigadora de FUNDAR reconoce que los dos desafíos para el Estado son: “Que nazcan menos niños y niñas obliga a repensar las políticas públicas para convertirlas en oportunidades. Para el sistema educativo representa la oportunidad histórica de dejar de correr detrás de la demanda de vacantes para poder enfocarse de lleno en la calidad. También exige construir un verdadero sistema integral de cuidados. Y, sobre todo, obliga a no perder el foco en la contracara ineludible de esta transición: el envejecimiento poblacional”.
Este nuevo escenario del diseño de políticas que puedan prolongar la autonomía en la vejez, impacta en la dinámica económica y pone en jaque la sostenibilidad de nuestro sistema previsional. En un documento estadístico titulado “Vivir y envejecer en contextos de desigualdad. Evolución de la subsistencia económica, el hábitat, la salud y el bienestar subjetivo en la población de 60 años y más (2017-2025)”, que trabajaron Solange Rodríguez Espínola, Enrique Amadasi y José Eduardo Moreno junto con la Sociedad Argentina de Geriatría y Gerontología (SAGG), muestra como la aceleración del envejecimiento poblacional pone en agenda pública el diseño de políticas públicas que garanticen un envejecimiento saludable, digno, equitativo y con derechos. El Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA) observó que los resultados del estudio muestran un deterioro reciente de diversos indicadores sociales y sanitarios, lo que evidencia que las condiciones materiales y psicosociales del envejecimiento se encuentran influenciadas por el contexto socioeconómico.
El informe determinó que la situación económica de las personas mayores se deterioró durante el último bienio. La insuficiencia de ingresos alcanzó al 46,0% de los hogares con personas mayores en 2024-2025. La problemática afecta especialmente a los estratos socioeconómicos bajos (55,2%) y muy bajos (71,1%), donde más de siete de cada diez hogares declaran que sus ingresos no alcanzan para cubrir gastos básicos. La inseguridad alimentaria aumentó sostenidamente durante el período, pasando de 12,3% a 18,4%. Así, mientras la población en edad jubilatoria sigue creciendo, el gasto que sostiene al sistema previsional viene cayendo en términos reales, ampliando la brecha entre la demanda demográfica y la respuesta fiscal.
Agustina Bendersky: “Argentina tiene una particularidad que sí podría aprovechar: el bono demográfico. ¿Qué es esto? Una ventana de oportunidad histórica que, atención, tiene fecha de vencimiento. El país todavía cuenta con una mayor proporción de personas en edad productiva y relativamente menos dependientes. Esto representa el momento propicio para generar ahorro, inversión y aumento de la producción”.
Kupsch, en este sentido, opina que el sistema previsional está colapsado desde antes de esta caída abrupta de la natalidad: “Entonces hay que repensar el futuro del empleo formal (que es el menos común) porque la mayor parte de las personas hoy cuenta con trabajos precarizados o como cuentapropistas, y las políticas de cuidado, además de las licencias por maternidad y paternidad. Entonces fingir que la mayor parte de las personas tiene acceso al empleo registrado es no estar atendiendo a un problema real. Tenemos que sentarnos a diseñar el futuro que queremos, que es un punto que se está logrando en determinados países, con otros recursos epistémicos. Porque necesitamos que las personas adultas que vivan más años también puedan hacerlo de manera mejor, acompañadas, y que cada vez más personas quieran y deseen tener hijos porque es una crisis en el plano de lo material pero también en lo simbólico, porque se juega el deseo pero también las posibilidades materiales concretas”.
Bendersky indica que tenemos que preocuparnos por promover las condiciones para que las personas que deciden tener hijos puedan hacerlo: “Hoy Argentina no cuenta con licencias igualitarias, los costos de criar un hijo o hija son cada vez más altos, y a esto se le suma la enorme barrera del acceso a la vivienda. A este panorama se le agrega la crisis del tiempo: el crecimiento del pluriempleo obliga a sostener dos o tres trabajos para llegar a fin de mes, limitando los márgenes para la vida familiar y el cuidado. Se trata de corrernos de la visión fatalista de que estamos en un ‘invierno demográfico’ y sacar provecho de las oportunidades que todavía existen para adaptarnos a estos cambios de manera inteligente. Si vemos los intentos de otros países por revertir estos cambios, podemos confirmar que la salida no pasa por forzar la natalidad”.
Entre los ejemplos, la especialista explica que todas las políticas públicas “pronatalistas” que se intentaron no surtieron efecto: “Corea del Sur tiene el récord mínimo mundial (0,80 hijos por mujer) a pesar de haber gastado miles de millones de dólares en bonos en efectivo e hipotecas. China eliminó su histórica política del ‘hijo único’ y hoy reparte incentivos económicos, pero su tasa sigue desplomándose (1,0). ¿Qué particularidad tiene Argentina que sí podría aprovechar? El bono demográfico. ¿Qué es esto? Una ventana de oportunidad histórica que, atención, tiene fecha de vencimiento. El país todavía cuenta con una mayor proporción de personas en edad productiva y relativamente menos dependientes. Esto representa el momento propicio para generar ahorro, inversión y aumento de la producción, armando un ‘colchón’ económico para atender los desafíos que traerá el envejecimiento futuro”.
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