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Picada cultural: Rada y los misterios del hombre al que todos querían abrazar
Nació en la extrema pobreza, sobrevivió a la tuberculosis y aprendió a cantar para poder comer. Muchos creyeron conocer su alegría desbordante, pocos intuyeron las batallas de un genio que se desmarcó siempre de todas las etiquetas.
- agosto 29, 2026
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Tocó con todos. Porque todos querían tocar con él. No solo porque era un buen músico, tal vez de los mejores que nacieron en estas tierras y en estas aguas rioplatenses. Tocaban con él porque querían estar con él. Compartir un poco de su energía. De su vitalidad.
Lonjas de tambores. Parlantes que irradiaban su música. Se fueron juntando en el barrio de Palermo. No el nuestro. El Palermo de la Banda Oriental. Muy distinto al de acá. En especial en las últimas décadas. Fueron primero cientos, después miles. Un corso entorpeciendo el tránsito desde la esquina de Isla de Flores y Minas. Una marea de candombe salpicando las calles de Montevideo. Y de todos los puntos geográficos del Uruguay. Para despedir a Rubén Rada como lo merecía. Como lo quería. Como lo decía en sus canciones.
Había nacido en Montevideo el 16 de julio de 1943. Más precisamente en ese barrio de Palermo, cuna de la cultura negra del Uruguay. Comenzó muy chico en la música, como integrante de la comparsa Morenada. Era conocido como “Zapatito”, porque a los 12 años ya calzaba 43. Ese apodo muchos años después dio nombre a su sello discográfico.
A los 17 se transformó en “Richie Silver” y fue frontman de los Hot Blowers. A partir de 1965 se sumó a El Kinto junto a Eduardo Mateo y dieron origen a lo que se llamó el candombe beat. Luego de su experiencia en Tótem, a mediados de los setenta tocó en OPA de los hermanos Fattoruso. En 1978 se radicó en la Argentina y su figura adquirió una gran popularidad en nuestro país. Aunque fue profeta en su tierra. En una encuesta realizada en 2002, Rada encabezó la lista de personajes que identifican al pueblo uruguayo, seguido por Enzo Francescoli, Mario Benedetti y José Artigas. Estaba considerado por algunos como “la mejor voz de América Latina” y por todos como uno de los padres fundadores del candombe beat.
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De niño compartía una habitación con sus otros seis hermanos. Creció tomando la teta de su tía Eudosia, melliza de su mamá Carmen. Con esa tía aprendió a cantar. Tuvo tuberculosis entre los dos y los cuatro años. Hacía mandados. Cortaba el pasto. Cantaba en una parrilla a cambio de comida. Admirador de Carlos Gardel, lo aplaudían por su interpretación de “El día que me quieras”. También imitaba a Louis Armstrong. A los diez años se metió en el mundo de las comparsas y los carnavales. No salió. O salió y volvió a entrar. Una y otra vez.
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Saltaba de géneros con fluidez. Rompía las etiquetas que facilitaban la comercialización. Se autodenominaba “El Misterio Rada”. Porque decía que nadie sabía lo que hacía. Ni lo que iba hacer. “Yo digo: no lo busquen a Rada, porque no lo van a encontrar”. Se definía como un tipo que vivía en un país colonizado, había escuchado a Joao Gilberto, Frank Sinatra, Nat King Cole, Los Plateros, Astor Piazzolla, Juan D’Arienzo, The Beatles, Carlos Gardel, Charly García, el Club del Clan. “Tengo toda esa música metida adentro”, reconocía.
Arrancó cantando canciones de todo el mundo hasta que empezó a hacer su música. “Soy un buen colonizado y soy un tipo de fusión. Si se busca en mí algo auténtico, eso es el candombe, cuando lo toco realmente. Pero después, no. No me quejo de eso, soy así. Ojalá pudiera tener un estilo, que todo el mundo supiera qué soy, como B. B. King, que es un blusero. Pero no soy un candombero tampoco. Soy un personaje raro: lo sé, y me divierto”. Y, sin embargo, su voz, su toque, su presencia eran únicas.
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Eduardo Mateo fue su hermano. El Negro hablaba muy poco de él, en especial cuando todo el mundo quería subirse arriba del éxito post-mortem. Explicaba: “Mateo tuvo en cierta forma la trayectoria de aquellos pintores que recién luego de que se mueren, su obra sube de cotización. Y lo que hacía Mateo era una pintura, nadie entendía lo que hacía. He sabido ir con Mateo a tocar a boliches y nos echaban a los dos porque decían que tocábamos una música rarísima y que estábamos locos. Cuando surgieron los Beatles nosotros éramos fanáticos y empezamos a tocar candombe con tumbadoras y guitarras eléctricas”. Así nació el candombe beat.
Fueron muy amigos, se festejaron cumpleaños comiendo mortadela y pan. Y brindando con agua. La pasaron feo. Componían dos canciones por día, el Negro iba temprano a la casa de Mateo y a la mañana hacían una canción y a la tarde otra. Muchos de esos temas se perdieron, porque nunca los grabaron. En 1987 hicieron el disco Botija de mi país (1987). “Tiene un sonido espantoso pero un alma impresionante. Mateo era un capo”, contaba Rada.
Con Jaime Roos, en cambio, tenía una relación zigzagueante. Cruzada por el amor, la tensión privada y los elogios mutuos en público. Para Jaime, Rada era la mejor voz de América Latina. Para el Negro, Roos era un gran compositor, el hacedor de canciones maravillosas.
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“Tocar con los hermanos Fattoruso, con todo el respeto que me merecen otros grandes músicos con los que toqué, fue lo más grande que hice en mi vida. OPA fue algo increíble. Era una ropa fina, elegante, bien hecha. Fue un momento glorioso, los norteamericanos decían que OPA, Piazzolla y el Gato Barbieri eran lo más grande que se había escuchado”, señalaba. ¿Qué marca le dejó ese trabajo para el resto de su carrera?, le pregunté hace algunos años. “Todo lo que hice después es inferior. Es como tocar primero con Beethoven y después con Strauss, que toca muy bien pero hace vals”.
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Después de grabar con OPA, se vino en 1978 a la Argentina, porque no tenía forma de ganarse el pan en Uruguay. Ya había tenido un paso previo con el musical “Hair”. Armaron La Banda, un grupo fabuloso, con Benny Izaguirre, Jorge Navarro, Bernardo Baraj, Ricardo Sanz y Luis Ceravolo. Le empezó a ir bien, tan bien que se animó a tener hijos. “Hasta ese momento no quería, porque creía que no estaba en condiciones de criar una familia, andaba por todo el mundo dando vueltas y ya no sabía ni quién era. Pero cuando llegué a Buenos Aires me empezó a ir mucho mejor económicamente y sentí que tenía un lugar donde podía ir para adelante. Así nació mi hija Lucila. Además, encontré estabilidad artística, porque en ese momento en Uruguay tocaba cada muerte de obispo, no tenía trabajo”.
De esos años son recordados su participación en el festival B.A. Rock 82 y el recital en Obras Sanitarias en 1983. El famoso “Blumana” y el “tocá che Negro Rada”. Con el éxito, vinieron las críticas. Del progresismo y las izquierdas. Lo acusaban de frívolo. A él, que había escrito clásicos como “Biafra”, donde cantaba “Quiero darle un tirón de orejas al hombre / Que piensa en la política y no responde /Que están muriendo niños a borbotones”. Pero Gloria Guerrero en la revista Humor le dio con un fierro porque grabó un tema como “La mandanga”. Le costó levantarse. Se fue a trabajar con Litto Nebbia. Grabó discos como Las aventuras de Rubén Rada y Hugo Fattoruso, Pa´l los uruguayos, Nebbia-Rada y Terapia de murga. Nadie se enteró. Partió a México a componer para otros músicos. La pasó mal. Se volvió a Uruguay.
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El músico, director y actor Horacio Buscaglia le dijo que los pibes uruguayos precisaban que algún referente les cantara. “Les tengo terror a los niños”, le respondió el Negro. Se pusieron a escribir juntos. Hicieron espectáculos infantiles durante siete años en Uruguay, batieron todos los récord en venta, algunas veces cruzaron el charco. “Me alegra mucho ir por la calle y que los niños me quieran; y que en los libros de la primaria en Uruguay estén incluidas las letras de las canciones que hicimos para los niños. Es una alegría enorme, eso te alarga la vida”.
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También fue actor. Hizo la serie Gasoleros, las películas 24 horas algo está por explotar y Por un puñado de pelos. Se reía de esa faceta. Recordaba que “lo
peor de todo” había sido su papel en La vuelta de Martín Fierro (1974), protagonizada por Horacio Guarany. “Fue un papelón. Yo entraba, decía ‘va cayendo gente al baile’ y me mataban. Tenía un hambre bárbara en esa época, y quería durar un poco más en el rodaje porque me pagaban por día. Pero al primer día ya me hirieron y me sacaron de la cancha”. Dos décadas más tarde, con lo que le pagaba Adrián Suar en Gasoleros se pudo comprar su primer departamento.
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En su casa tenía un cuadro del artista plástico afro uruguayo Oroxman Echeverry. Se lo había regalado un amigo. En la pintura, todos estaban bailando. El Negro la miraba. Una y otra vez. Todos los días. Empezó a componer una canción para cada uno de los personajes retratados. Se decía: “Esta canción le viene bien a este que está bailando merengue”, “este joropo es para aquel otro”. Ese fue el origen del disco Bailongo (2007), que tiene en la tapa a la pintura de Echeverry. “Quería que todo el mundo conociera la pintura de este hombre, que es un capo, tiene 96 años, está viejito ya”. También se encargaba de promover músicos jóvenes de ambos márgenes del Río de la Plata. Los invitaba a comer a su casa. Después botoneaba a los que vaciaban varios platos.
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Era una esponja. Las injusticias lo ponían triste. Veía las noticias y lloraba. Quería que todos estuvieran felices. Por eso estaba todo el tiempo bromeando para alegrar a los demás. “Cuando subo al escenario, entrego la vida para que toda la gente se divierta. A un tipo que labura toda la semana, no tiene un mango y pone la guita para ir a ver al Negro Rada tengo que mandarlo a su casa contento con todo”.
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Generoso, inclasificable, Rubén Rada se fue como vivió. Envuelto en lonjas, risas y el cariño eterno del Río de la Plata. Si quieren saber más acerca de su importancia en la cultura uruguaya les recomiendo esta entrevista al director de orquesta Nacho Algorta. “Lo que hizo Rada fue inventar nuestra música. Rada nos inventó. Inventó la música uruguaya. En el momento en que empieza a crear, nosotros nos estábamos también inventando como nación, nuestra identidad”, explica.
Teníamos novedades de teatro y literatura para comentar, quedarán para la semana próxima. Hasta aquí llegamos por hoy. Saludos cordiales de este redactor.
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