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Gambetas prohibidas y partidos sin alma: la liga argentina en crisis
Un análisis mordaz sobre el presente del fútbol local. Entre la pérdida del potrero, la presión económica de los clubes y la prisa por ganar, el juego pierde volumen y frescura. Las voces de Aimar y Cruyff se cruzan para recordar que, antes que correr a ciegas, lo urgente es aprender a jugar.
- agosto 2, 2026
- Lectura: 6 minutos
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—Dice Pablo Aimar, segundo de Lionel Scaloni en la selección nacional: «Yo si voy hoy a tocar la guitarra y el profesor me dice lo que tengo que tocar y cómo lo tengo que tocar, y mañana lo mismo, y pasado lo mismo, pero en mi casa no la toco, que era lo que hacíamos nosotros hace 30 años… Porque nosotros sí jugábamos tres horas después del club en la calle. ¿Por qué? Porque el mundo era otro. Hoy los chicos solo juegan ese rato que van al club» —cita desde la mesa del Café 93 grados, de la ciudad rusa oriental de Vladivostok, nuestro compañero de llamada internacional Yevgeny Vogarin.
—Es buena la reflexión pensando en el fútbol argentino —replica el coreano del norte Che-Cho desde la aldea fronteriza de Kijŏng-dong y agrega—: Cuando estaba allá en Argentina, jugaba todo el tiempo en la canchita del club Sportivo Barracas, pero no se podía jugar en la calle. Era peligroso. Además, no había dónde. Y los viejos del bar del club te decían: «Andá a jugar al potrero, pibe». ¿A dónde? No hay más potreros en la ciudad. Solo se puede jugar en algún rincón de alguna plaza, si no te putean las viejas y las madres con los bebés.
—El otro día Néstor “Pipo” Gorosito admitió con dureza la alarmante falta de volumen de juego en San Lorenzo, señalando que su equipo jugó un partido «muy confuso, sin dinámica» y que la victoria llegó más por empuje que por ideas futbolísticas claras —agrega a la reflexión Vogarin, que tiene junto a él la taza de café por la mitad y el vasito de vodka casi lleno.
—Es que ves los partidos de fútbol de la Liga de hoy y los pibes lo dan todo. Eso no se discute, pero están como desesperados por recuperar la pelota como sea y, cuando la tienen, o no dan bien del todo los pases al que tiene la misma camiseta y está cerca, o ya quieren llegar al área para hacer el gol con un pase imposible para el que está arriba, y ahí, vuelta a empezar todo, pero desde el otro lado. Se hace todo muy vertical, intenso, confuso, a mucha velocidad y a veces demasiado brusco y torpe —señala el coreano mientras masca zanahoria cruda.
—Hay excepciones, por supuesto. Por un lado, están los adultos mayores, ex selección nacional, que sacan a relucir sus encantos y lesiones; y, por otro lado, la mayoría de los pibes, que te das cuenta de que tienen técnica. Porque cuando paran la pelota te das cuenta. Y algunos se animan a tirar una gambeta, pero hasta ahí nomás, viste, enseguida se frenan, como que alguna orden o algo en su cabeza les dice que más de una gambeta está prohibido.
—Volviendo a Aimar: «Antes vos al club ibas a que te acomodaran un poco. Te decían: «Mirá, vos podés ser lateral derecho». Tenías condiciones, por algo ibas. Y cuando jugabas salvaje en la calle, nadie te decía que en tu área no tiraras un caño. Te acomodaban en el club. Ahora, el caño ya lo sabías tirar. Es más, jugábamos a que al que tiraba un caño los otros le pegaban patadas. Bueno, esa parte salvaje hoy los chicos, o la mayoría, no la tienen. Creo que en el club lo que podemos hacer nosotros es darles un poco de ese juego puro» —sube la apuesta el coreano, que ahora manipula una planta de coliflor.
—La mayoría está desesperada por ganar como sea, lo más rápido posible. Y sacarse el partido de encima. Sin disfrutar el momento. Se sufre más esperando la victoria o el empate agónico. El vivir y disfrutar del juego, olvidate. Y de chiquitos pasa. Salvo el Vélez de Guillermo Barros Schelotto, que cuando le sale intenta jugar, tocar, crear, generar y llegar. Eso a lo que llaman volumen de juego. Que un equipo tenga circuitos de juego donde el 2 sabe que se la tiene que dar al 4, al 5 o al 8 para salir jugando por abajo, o cambiar para el otro lado. También hay momentos en que lo intentan Instituto, Defensa y Justicia, Argentinos, Belgrano, Central, Boca, Gimnasia de La Plata o Independiente Rivadavia. A veces también Tigre y Racing, pero domina la idea de lo físico, de recuperar la pelota como sea o tirarla a la bosta y salir rápido creyendo que todo el equipo ya está bien posicionado para convertir. Como que todo el tiempo va a salir la jugada del segundo gol de Argentina contra Francia en la final de la Copa del Mundo 2022. Y no es así en el 99% de los casos.
—Es que, según el profesor Johan Cruyff: «Jugar al fútbol es muy sencillo, pero jugar un fútbol sencillo es la cosa más difícil que hay». «Mis delanteros solo tienen que correr 15 metros para aprovechar mejor su habilidad, su eficacia y no cansarse corriendo 50 metros», solía decir el holandés —retruca el ruso.
—Ah, bueno, profesor Yevgeny, así también es fácil. Era Cruyff. Era el Ajax, el Barcelona. Llenos de guita, con jugadores que se les caían de los bolsillos —responde Cho.
—Cierto, mi querido amigo coreano, pero siempre jugó así y plantó un sistema de juego. De jugador y de entrenador. Otros con el mismo o más presupuesto en esa época se cerraban bien atrás para jugar de contragolpe —golpea la mesa el ruso y salta el vodka.
—En el fútbol argentino no se dan tiempo ni espacio para desarrollar la técnica. Ni la más básica ni la más compleja, y eso pasa desde las inferiores. Esa idea que los técnicos de primera suelen decir: «Yo no le tengo que enseñar técnica, ya tienen que llegar con eso aprendido, por algo están en primera», derrama y llega hasta el baby. Y los técnicos de los pibes ya no les enseñan cosas básicas. Hacen un “como si”. Dan por hecho que lo tenés, por más que vean en cada partido o en cada entrenamiento que no es así —se descarga el coreano Cho.
La mayoría está desesperada por ganar como sea, lo más rápido posible. Y sacarse el partido de encima. Sin disfrutar el momento. Se sufre más esperando la victoria o el empate agónico. De vivir y disfrutar del juego, olvidate. Y de chiquitos pasa. Domina la idea de lo físico, de recuperar la pelota como sea o tirarla a la bosta y salir rápido creyendo que todo el equipo ya está bien posicionado para convertir.
—Y ahí volvemos también a Gorosito. No hay volumen de juego. ¿Por qué no hay volumen de juego? Porque están desesperados por hacer un gol y ganar. ¿Y por qué están desesperados por hacer un gol y ganar? Porque hace tres meses que no ganaban un partido. ¿Y por qué hace tres meses que no ganaban un partido? Porque juegan mal, no hay tiempo, los jugadores entran y salen, los pescan como en una pecera los otros clubes y empresarios y se los llevan por dos pesos, porque cobran el salario mínimo del futbolista y los equipos se arman y desarman cada vez, hurgando entre las piedras; y los técnicos también se van. ¿Y por qué? Porque es un club que tiene muchísimas complicaciones económicas, políticas, sociales y culturales. Donde un expresidente fue grabado cobrando 25 mil dólares en efectivo a los padres de un pibe para hacerlo jugar en una categoría de inferiores y se los guardaba en el bolsillo. Y es un club que cíclicamente sufre vaciamientos, letargos, después resurgimientos y de nuevo vaciamientos y vuelta a empezar. Es un caso, pero creo que hay muchos en el fútbol argentino.
—Uffffff, profesor, cómo descargó por ahí, no lo teníamos con tanta reflexión y sentimiento por el Ciclón —dispara pícaro el ruso, que no se pierde una.
—Estamos de acuerdo en que los jugadores, al igual que los clubes y que gran parte de la sociedad argentina, están corriendo detrás de las injusticias y de la moneda. No de los gruesos billetes. También les puedo citar a mi expediatra de cuando vivía en Barracas; les decía a mis padres constantemente: «En este país, hay gente que se hace multimillonaria y gente que duerme en la calle. Depende de vos» —explota casi en llanto el coreano.
—Ah, pero un darwinista social de novela tu pediatra. Liberado de contextos y condiciones de producción y reproducción de la vida. Un encanto de persona. Sobre todo para trabajar con chicos.
—A la distancia, desde el lejano oriente ruso, les debo decir que primero y principal son campeones del mundo. Y además en los últimos años, con este nuevo formato de torneos de primera y Copa Argentina, además de los grandes también fueron campeones Platense, Independiente Rivadavia de Mendoza, Belgrano de Córdoba, Rosario Central y Estudiantes de La Plata. Lo que quiero decir es que también se dan oportunidades. Y a veces se abre la cancha, no siempre, pero a veces se abre la cancha para aquellos a los que les cuesta en principio un poco más la cosa. Y en muchos de esos casos, con pibes formados en sus propios clubes. Sé que es circunstancial, pero Barracas Central y Argentinos van primeros. ¿No les genera cosas que pase eso?
—Obvio, Vogarin. ¿Me vas a decir a mí? Pero eso no quita lo otro con lo que empezamos esta charla. ¿Quiénes son los dos mejores de los últimos años? ¿Messi y Maradona? —sentencia el coreano Cho.
—Ajá.
—Tenemos que prestar un poco más de atención ahí. Escuchar de vez en cuando a Aimar. Desarrollar esos talentos. Acompañarlos de chicos. Estimularlos. No decirles: «Andá a hacer jueguitos a los semáforos» o «Dejá de gambetear y tocá», porque salvo los que juegan muy bien, los demás con suerte… el que jugó de 10 todas las inferiores llega a primera y de golpe, según el técnico de turno que haya, lo pone de 3. No, basta de eso. Hay que llevarlos de la mano, después del hombro y, cuando ya estén grandes, darles un gran abrazo con una sonrisa y que nunca dejen de jugar —grita casi ensordecedor Cho.
—Qué lindo, coreano amigo. Cierro con una más de Cruyff, ya que estamos: «Prefiero ganar por 5-4 que por 1-0» —finaliza Vogarin desde Vladivostok.
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