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Vacaciones de invierno
Las vacaciones dejaron de oler a mandarinas al sol y se convirtieron en un cronograma milimétrico. Este invierno nos invita a revisar cómo estamos habitando la infancia de nuestros hijos.
- julio 9, 2026
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Las vacaciones de invierno empezaban cuando me daba cuenta de que no había madrugado y que, sobre la mesa, no estaban las tazas de café con leche y las tostadas que mamá y papá servían a los apurones para que sus hijos llegaran a horario a la escuela y ellos al trabajo. No cruzábamos, entonces, con mi hermano mayor la plaza San Martín con su manto helado y blanco, cubriéndonos las manos dentro de la tela inútil de los guardapolvos.
Esos días tenían otro aroma. Almuerzos y cenas poco habituales porque mamá estaba en casa. Y a la tardecita las partidas de los juegos de mesa o los libros destrozados que reconstruíamos con cola y tela. A la tarde, podíamos jugar en la vereda en un tiempo sin medida o comer mandarinas al sol o enchastrarnos de tierra en el patio del fondo.
Los fines de semana íbamos a la quinta del abuelo, comíamos asado o los fideos con un pesto inventado que hacía la abuela Malena, nos peleábamos entre todos los primos por la colita del chancho, ofrendábamos nuestra vida en la parte de atrás de la camioneta del abuelo que nos llevaba a dar vueltas por las quintas donde estaban los animales, armábamos chozas, inspeccionábamos la zanja para descubrir qué del bicherío apenas había sobrevivido a las heladas. Los grandes charlaban de política o de negocios mientras tomaban vino. Mamá y las tías se ponían al día. Y, a la hora de la siesta, nos dejaban a todos los primos en el cine para ver las dos películas consecutivas que pasaban. Era entonces una de las pocas veces en que nos daban plata para comprar golosinas. Una golosina. Una.
Algún día podía ser que fuéramos a visitar a la abuela que vivía en Villa Paranacito, una de las islas del Delta, ubicada en Entre Ríos. Entonces todos nos amuchábamos en el 13 V y salpicábamos los casi 250 kilómetros con el repique del auto y nuestros gritos en la parte trasera preguntando cada cinco minutos cuánto tiempo faltaba para llegar. El cambio en la tonada de papá, por la vuelta a sus orígenes, era lo único que nos anunciaba que poco, apenas pasábamos el puente Brazo Largo. Cuando frenábamos en la casa de la abuela Cata, justo frente al río, se abrían las puertas y caímos como pececitos saltarines afuera de una lata. Entonces también había asado y la tía Rosita, la abuela y el tío Chuchi lo ponían al tanto a papá sobre gente que ellos conocían y nosotros no. Con los primos jugábamos y nos asomábamos a la orilla, hasta ahí nomás, del río porque siempre estaba el temor a caer y al frío. Volvíamos ese mismo día, llenos y cansados, felices y amontonados.
En 2015 fui consciente, porque ya era madre, de que las vacaciones de invierno habían pasado a ser un cronograma de actividades para niños que sumaban en su listado: ir a la plaza con mamis del jardín, invitar a amiguitos a jugar, ir a ver la obra de títeres tal, ir al cine, comprar golosinas, ir a esquiar. Comprar. Pagar. Comprar. Correr de un lado al otro para no dejar de hacer nada porque los niños se aburren. También claro las actividades viejas y compartidas: dibujar, cocinar, cantar, bailar en la intimidad.
Las vacaciones de invierno pasaron a ser un cronograma de actividades para niños que suman en su listado: ir a la plaza con mamis del jardín, invitar a amiguitos a jugar, ir a ver la obra de títeres tal, ir al cine, comprar golosinas, ir a esquiar. Comprar. Pagar. Comprar. Correr de un lado al otro para no dejar de hacer nada porque los niños se aburren.
En pocos días comenzarán las ofertas por doquier. Todo lo que usted, madre o padre, abuela, tía, abuelo, tío y demás familiares, debe hacer con los niños para que sean felices. Probablemente intente hacer todas. Probablemente pague sumas que darán como resultado cifras escandalosas. Probablemente termine agotado, agotada. Probablemente suba fotos a sus redes sociales de cada una de las actividades que haga porque estamos en tiempo donde el marketing personal cuenta y mucho. Probablemente las últimas fotos muestren el hartazgo. No como las primeras. Probablemente, cuando los años pasen, esos niños recordarán sus vacaciones de invierno como una especie de maratón de actividades y más que probablemente pocas de ellas recuerden.
Es que el detenimiento no nos está permitido. El encuentro sin consumo tampoco. El libre albedrío sobre el tiempo imponderable de la infancia será recortado, cronometrado, agendado por los adultos que no podemos hacer otra cosa. O nos olvidamos cómo detenernos.
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