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El calor es para los dos
Mientras las cabezas y la atención giran hacia el Mundial que ya comienza, el gobierno confía en que ese solo hecho distraiga de los errores y las internas de quienes vinieron a destruir el Estado y hoy no saben cómo gestionarlo. Hay otros que buscan silenciosamente un lugar en lo que vendrá, pero la oposición que grita lo que no quiere, tiene que animarse a proponer algo, aunque suene a la política de la que muchos desconfían.
- junio 6, 2026
- Lectura: 8 minutos
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Faltan cinco días para que empiece el Mundial. Argentina debuta el 16 de junio en Kansas City y dos semanas después aterriza en Dallas para jugar ante Austria y Jordania. El AT&T Stadium tiene 94.000 butacas, dos de las pantallas de alta definición más grandes del mundo y un techo retráctil que no va a alcanzar para amortiguar el calor infernal del verano texano. En junio, Dallas ronda los 38 grados. Scaloni lo dijo sin drama: «El calor es para los dos».
Dallas es una ciudad que sabe de tragedias con testigos y versiones que no cierran del todo. En la Plaza Dealey, a pocos kilómetros del AT&T Stadium, hay una marca en el asfalto. Una X blanca, pintada y repintada por vecinos cada vez que el municipio la borra. Ahí cayó Kennedy. Los turistas se sacan fotos parados sobre esa X, con el Sixth Floor Museum de fondo, el edificio desde cuya ventana supuestamente disparó Lee Harvey Oswald. El museo recibe 400.000 visitantes por año. La gente sigue yendo a ver el lugar donde ocurrió algo que nadie termina de creer del todo, no porque falten pruebas sino porque sobran versiones. Dallas enseña eso: que hay heridas que no cicatrizan cuando el relato oficial no alcanza para explicar lo ocurrido.
Mientras en Estados Unidos se calientan los motores del Mundial, el jefe de Gabinete argentino lleva semanas mirando el calendario con una atención que no tiene nada de deportiva. Manuel Adorni fijó el 15 de junio como fecha límite para entregar ante la Oficina Anticorrupción la documentación que justifique -si puede- los 840.000 dólares que la justicia federal no logra ubicar en su historial patrimonial. La fecha cae cuatro días después del pitazo inicial. En Balcarce 50 confían en que el ruido del fútbol licúe el ruido judicial. Es una apuesta razonable. También es la admisión de que no tienen muchos más recursos.
La causa no es menor ni es nueva. El juez Ariel Lijo ordenó levantar el secreto bancario de Adorni y su esposa. El fiscal Gerardo Pollicita rastrea reformas pagadas con 245.000 dólares en efectivo, movimientos inmobiliarios sin respaldo y posibles dádivas vinculadas a un grupo de bienes raíces. El funcionario que durante dos años salió todos los días a la pantalla a explicar que la Argentina del despilfarro había terminado ahora debe dar cuenta de dónde salió casi un millón de dólares que no figura en ningún papel. Otra versión que no cierra. Otra X en el asfalto que alguien sigue borrando.
Lo que expuso la crisis Adorni no es solo corrupción individual -algo que el espacio libertario prometió exterminar como condición de existencia- sino la arquitectura de poder que Milei construyó con un gabinete de leales sin autonomía, donde nadie puede caer sin que el relato entero tambalee. Adorni no es reemplazable porque no hay sustitución posible que no sea leída como debilidad. Y la debilidad, en el universo simbólico mileísta, es uno de los pecados capitales.
La tensión con Patricia Bullrich dejó de ser una disputa de pasillos. La fotografía de último momento con Karina Milei tuvo algo de gesto defensivo: más que ratificar una autoridad, pareció salir en su rescate. Bullrich tomó nota. Se prestó al juego, posó, y guardó lo que vio. El resto también. El mapa empezó a moverse antes de que nadie lo anunciara.
Quizás el problema central de Milei sea haber dedicado sus horas libres a leer a Murray Rothbard en lugar de ver Juego de Tronos. Rothbard es el padre del anarcocapitalismo: el tipo que dijo que el Estado es una banda de ladrones con título nobiliario. Una idea seductora si uno quiere destruir el Estado. Menos útil si uno tiene que gobernarlo. En la segunda temporada de la serie aparece Tywin Lannister, el hombre más poderoso de Westeros, el que nunca necesitó gritar que mandaba porque simplemente mandaba, y le dice a su nieto rey: «Todo hombre que deba decir ‘soy el rey’ no es un verdadero rey». Rothbard le enseñó a Milei a odiar el Estado. Tywin le hubiera enseñado otra cosa: que cuando el gabinete entero tiene que salir a tuitearte para sostenerte, el problema ya dejó de ser judicial. Es político. Y eso no se resuelve con una declaración jurada.
En ese clima, la tensión con Patricia Bullrich dejó de ser una disputa de pasillos. La fotografía de último momento con Karina Milei tuvo algo de gesto defensivo: más que ratificar una autoridad, pareció salir en su rescate. Bullrich tomó nota. Se prestó al juego, posó, y guardó lo que vio. El resto también. El mapa empezó a moverse antes de que nadie lo anunciara.
Mauricio Macri, días antes de cruzar a la Banda Oriental, retomó el contacto con la senadora para conversar sobre una eventual construcción política de cara a 2027. La charla la dejó «aceleradísima», según coinciden distintas fuentes. Lo que nadie termina de descifrar es si el expresidente buscaba fortalecer una sociedad política o simplemente recordar que sigue teniendo la llave de cualquier armado opositor por derecha. Después cruzó el río.
En Colonia del Sacramento se sentó con Marcos Galperín y Eduardo Bastitta. Jet privado desde San Fernando. Afuera, el Río de la Plata color barro. Adentro, los que construyeron el trono calculando cuándo conviene empezar a desarmarlo. No porque hayan cambiado de ideas, sino porque las ideas sin poder no valen nada, y el poder sin rentabilidad tampoco.
Nada de esto conduce linealmente a una ruptura. La derecha argentina tiene una larga tradición de amenazas de fractura que terminan en foto de unidad. Pero los movimientos tácticos tienen la costumbre de desarrollar vida propia, y las ambiciones y los narcisismos suelen terminar pesando más que los proyectos compartidos que deberían contenerlos. En un tiempo donde cada dirigente lleva su propia marca como si fuera una startup y donde la viralidad reemplazó a la conducción, la tentación de correrse del colectivo para brillar solo no distingue trincheras ni tradiciones.
El miércoles marchó el Ni Una Menos. Once años. Cerca del Congreso, sobre Avenida de Mayo, una mujer de unos cuarenta años caminaba sola, delante de la columna principal, con un cartel hecho a mano: una foto impresa en hoja A4, el nombre escrito con fibrón negro. No era una consigna. Era una persona. La calle se volvió a llenar con esa urgencia que no necesitó convocatoria organizada porque los cuerpos la fabricaron antes: Agostina Vega, 14 años, estrangulada y desmembrada en Córdoba. Dulce María Candia, 17 años, hallada muerta en Misiones. Ochenta femicidios en los primeros cuatro meses del año. Uno cada 31 horas. No es una estadística. Es un ritmo.
El Estado -ese que unos quieren destruir y otros no terminan de imaginar cómo rediseñar- late al mismo tiempo que es cómplice de distintos tipos de muertes y persecuciones políticas. La oposición que articula reclamos en las calles sabe lo que no quiere. Todavía no sabe qué quiere en su lugar. No alcanza con la nostalgia de lo que hubo ni con la indignación de lo que falta. Lo que el momento exige es una imaginación institucional que no le tema a las preguntas más incómodas: ¿qué debe garantizar el Estado que viene? ¿A quiénes? ¿En qué tiempo? ¿Con qué legitimidad?
Esas preguntas no tienen respuesta todavía. Y eso no es necesariamente una limitación de esta columna dominical. Es el diagnóstico exacto del momento. La grieta ya no es entre kirchnerismo y antikirchnerismo. Es entre los que llegaron para destruir el Estado y los que quieren reconstruirlo sin saber todavía qué forma darle. Gritar lo que no se quiere es necesario. Pero en algún momento alguien va a tener que animarse a proponer algo, aunque suene a política, aunque suene a todo lo que esta época aprendió a desconfiar.
La calle espera esa respuesta. Mientras tanto, el Mundial empieza en cinco días. Y el calor, como dijo Scaloni, es para los dos.
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