La ilusión tecnológica
Frente a la falta de profesionales de la psiquiatría la Directora Nacional de Abordaje Integral de Salud Mental sugirió la posibilidad de que las evaluaciones se realicen en forma virtual o, incluso, robóticos. Clingo y Vázquez advierten que en este caso la tecnología aparece como salvación, no porque sea mejor, sino porque es más barata. No es una idea futurista sino regresiva.
Por Marcelo Clingo y Andrea Vázquez
- mayo 19, 2026
- Lectura: 3 minutos
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“Lo dejamos abierto porque, a lo mejor, en algún
otro momento se utiliza una cuestión robótica”
(Liliana Gonzalez, Directora Nacional de Abordaje
Integral de Salud Mental, exposición en
el Senado de la Nación del 29 de abril de 2026)
Hay frases que condensan una época. Que la máxima funcionaria del área de salud mental nacional deje abierta la posibilidad de que, ante la falta de psiquiatras, las evaluaciones puedan realizarse de forma virtual —o incluso “robótica”— no es un desliz. Es una forma de concebir la salud mental, el cuidado y, en última instancia, lo humano.
Porque lo que aparece allí no es la tecnología como herramienta, sino como sustituto. No es la ampliación de recursos, sino su reemplazo. No es la innovación, sino la coartada.
La pregunta no es si la virtualidad puede tener un lugar en el campo de la salud mental. Sino: ¿qué tipo de sistema imagina que puede resolver la complejidad del sufrimiento psíquico delegando decisiones clínicas en dispositivos automatizados?
El argumento parece simple: faltan psiquiatras. Y eso es cierto.
Pero frente a esa realidad existen, al menos, dos caminos posibles. Formar más profesionales, fortalecer equipos interdisciplinarios e invertir en salud pública. O adaptar el sistema a la escasez y reemplazar presencia por virtualidad.
La propuesta que se deja entrever no resuelve la falta de psiquiatras: la naturaliza. Lo que debería ser un problema a resolver —la falta de recursos— se transforma en una condición estructural sobre la cual diseñar políticas. Allí la tecnología aparece como salvación, no porque sea mejor, sino porque es más barata.
Del encuentro clínico al dispositivo
La escena clínica no es un trámite ni una decisión administrativa. Es un encuentro atravesado por la palabra, el silencio, el cuerpo y la historia de un sujeto. Reducir eso a una interfaz —o peor aún, a una eventual mediación “robótica”— no es modernizar la clínica. Es vaciarla.
Porque lo que está en juego en una evaluación de salud mental y, más aún, en una posible internación involuntaria, no es solo un diagnóstico. Se trata de interpretar sentidos, y pensar las condiciones sociales en las que vive esa persona. La idea de que eso puede ser reemplazado por una mediación tecnológica no es futurista: es regresiva.
Cada época tiene su forma de vérselas con lo incómodo. Hubo un tiempo en que se creyó que el encierro resolvía el padecimiento. Hoy quieren instalar la idea de que la tecnología puede hacerlo.
La robótica aplicada a la salud mental no aparece como un avance científico, sino como una forma de evitar la pregunta por las condiciones materiales del cuidado.
Porque es más fácil imaginar robots que discutir salarios. Es más cómodo pensar en plataformas que en equipos. Es más rentable hablar de innovación que de calidad de vida.
Una clínica sin cuerpo
Hay algo particularmente inquietante en la propuesta: la progresiva desaparición de lo humano. Una clínica sin presencia es una clínica sin afectación. Y una clínica sin afectación es, en el mejor de los casos, una simulación. No se trata de romantizar la presencialidad. Se trata de reconocer que hay dimensiones del sufrimiento que no son traducibles a algoritmos. Hay silencios que no se codifican.
Curiosamente, todo esto aparece en el marco de una reforma que insiste en ampliar las posibilidades de internación. Es decir: más capacidad de decidir sobre la libertad de las personas con menos presencia humana. La paradoja es evidente. Se amplía el poder de intervención mientras se debilita la calidad del proceso que la legitima.
Lo que está en juego en una evaluación de salud mental y, más aún, en una posible internación involuntaria, no es solo un diagnóstico. Se trata de interpretar sentidos, y pensar las condiciones sociales en las que vive esa persona. La idea de que eso puede ser reemplazado por una mediación tecnológica no es futurista: es regresiva.
Nada de esto ocurre en el vacío. Se da en un contexto de recortes presupuestarios, debilitamiento de los recursos en salud y precarización del trabajo profesional. En ese escenario, la tecnología deja de ser una herramienta y pasa a ser un sustituto funcional al ajuste.
No se invierte en equipos, pero se habla de robótica. No se fortalecen dispositivos, pero se invoca la innovación. La tecnología, así utilizada, no amplía el cuidado: lo cancela.
No se trata de oponerse a la tecnología. Se trata de preguntarse al servicio de qué se la utiliza. Cuando aparece para reemplazar profesionales, abaratar costos y justificar la falta de inversión, deja de ser una herramienta de cuidado y pasa a ser un instrumento de exclusión.
Una pregunta incómoda
Quizás la pregunta más importante es: ¿qué tipo de sociedad está dispuesta a delegar el cuidado del sufrimiento psíquico en dispositivos que no pueden escuchar, interpretar ni implicarse? Porque cuando una sociedad empieza a aceptar que el cuidado puede tercerizarse en máquinas, lo que está en juego no es solo la salud mental. Es la forma en que decide habitar lo común. Y cuando el Estado reemplaza presencia por automatización, cuidado por administración y escucha por protocolo, ya no estamos frente a una innovación sanitaria: estamos frente a una forma políticamente legitimada del abandono social.
Marcelo Clingo es Psicólogo. Presidente de la Federación de Psicólogas y Psicólogos de la República Argentina
Andrea Vázquez es Profesora Adjunta. Salud Pública y Salud Mental II. Facultad de Psicología. UBA
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