Argentina / 2 abril 2026

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Malvinas es hoy

Eduardo Valdés es diputado nacional. Fue presidente de la comisión de Relaciones Exteriores y Culto de la Cámara de Diputados, diputado en el Parlamento del MERCOSUR y embajador argentino ante la Santa Sede. Advierte sobre el error diplomático cometido por Argentina votando contra la calificación de la esclavitud como crimen de lesa humanidad en Naciones Unidas que pone en riesgo el histórico apoyo de África la causa Malvinas.

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Imagen ilustrativa de Eduardo Valdes

El voto de Argentina contra la calificación de la esclavitud como crimen de lesa humanidad en la ONU, impulsada por los países africanos hace cuatro días, con 123 votos a favor y solo los votos en contra de Estados Unidos, Israel y Argentina, pone en riesgo el histórico apoyo de África a la causa Malvinas en el comité de descolonización. Se suele decir que África es un bloque prácticamente unánime en favor de la Argentina. Son 54 países que, de forma abroquelada, salvo alguna excepción, acompañan cada año el reclamo argentino. Hoy eso entra en un terreno pantanoso por el reciente accionar diplomático argentino. El gobierno de Milei lesionó el histórico reclamo por hacer un seguidismo acrítico de los Estados Unidos e Israel, casualmente los dos países que siempre votaron en contra de la Argentina junto a Gran Bretaña respecto de la causa Malvinas.

El gobierno de Milei aplica una política que socava el reclamo histórico por la soberanía argentina en Malvinas: cambiar el enfoque histórico y ponderar la autodeterminación de la población implantada, el acercamiento al Reino Unido sin reclamo soberano, el aislamiento en la ONU, el alineamiento con Estados Unidos e Israel alejándose del sur global, junto a una menor activación diplomática regional y al abandono del multilateralismo, colocan a nuestro país en una posición de mayor debilidad en su planteo sobre las Islas.

Hay consensos que constituyen el piso mínimo sobre el que se sostiene la convivencia democrática y que por lo tanto deben ser innegociables. Atraviesan a todo el sistema político porque son parte del acervo cultural y social. A más de cuarenta años de la recuperación democrática, la Argentina logró consolidar algunos acuerdos básicos que atravesaron gobiernos, ideologías y coyunturas. La Cuestión Malvinas es indudablemente uno de ellos.

La guerra de 1982 tuvo un saldo trágico. Pero también fue el principio del fin de la dictadura. A partir de ese punto de inflexión, la democracia argentina se reconstruyó sobre tres pilares: memoria, derechos humanos e inserción internacional basada en el derecho y la paz. En ese marco, el reclamo por Malvinas dejó de ser una bandera de ocasión para convertirse en una política sostenida, respaldada por la comunidad internacional (menos tres países: Gran Bretaña, Estados Unidos e Israel).

La resolución 2065 de Naciones Unidas no deja lugar a interpretaciones caprichosas: reconoce la existencia de una disputa de soberanía y llama a la Argentina y al Reino Unido a negociar. Lo hace, además, sobre la base de dos principios centrales: la integridad territorial y la existencia de una población implantada. Es el corazón jurídico del reclamo argentino. Cuando se pone en discusión el carácter colonial de las islas o se sobredimensiona el rol de los habitantes implantados por una potencia ocupante, como lo hace el gobierno nacional ponderando un ilegítimo derecho de los kelpers a decidir, se debilita la posición histórica de la Argentina. Cuando se relativizan esas banderas, no solo se debilita un reclamo legítimo. También se erosiona la idea misma de comunidad política. Una democracia que no es capaz de defender sus consensos básicos es una democracia que se vuelve frágil.

El mundo respalda el reclamo argentino sobre las Islas. América Latina, África, el G77 + China y diversos foros multilaterales sostuvieron históricamente la necesidad de una solución negociada. Incluso en espacios donde el Reino Unido tiene mayor influencia, se avanzó en reconocer que se trata de un territorio en disputa. Ese capital diplomático no se construyó de un día para el otro: fue fruto de décadas de coherencia. Por eso resulta imprudente ponerlo en riesgo por alineamientos puramente ideológicos, como el caso del citado voto en la ONU contra la declaración impulsada por África. 

Los partidos políticos de la democracia logramos construir una mirada común sobre Malvinas. Vale recordar el rol de figuras como el embajador Lucio García del Solar, durante el gobierno de Arturo Illia, en la consolidación de la resolución 2065. Esa es la Argentina que supo construir acuerdos estratégicos más allá de las diferencias. Esa es la Argentina que hoy necesitamos.

Malvinas no es sólo soberanía territorial. Malvinas es soberanías, en plural: marítima, cultural, educativa, económica, de los derechos humanos, individual y colectiva. Tiene que seguir siendo una cuestión de Estado, transversal. Una política de Estado como la que llevamos adelante para recuperar YPF. Malvinas es el agua, los glaciares, los bosques y las tierras. Como nos enseña Edgardo Esteban, ex combatiente y admirable escritor, “hay que vivir volviendo: Vivir Malvinas volviendo a Malvinas”.

 

Eduardo Valdés es diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires.

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