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Una República, si es que los estadounidenses son capaces de conservarla
La democracia estadounidense enfrenta una erosión institucional sin precedentes. Entre la captura del Poder Judicial, el desmantelamiento de los derechos civiles por parte de la Corte Suprema y el cuestionamiento de la alternancia, el sistema se encamina hacia un autoritarismo donde el derecho ya no limita al poder, sino que se moldea a voluntad del líder.
- mayo 6, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Al salir del Independence Hall tras la Convención Constituyente de 1787, Benjamin Franklin se encontró con la pregunta de una mujer: «Doctor, ¿qué seremos, entonces, una monarquía o una república?». La respuesta de Franklin fue tan directa como admonitoria: «Una república, si son capaces de conservarla».
Hoy, 239 años después, el «si son capaces» define el desafío que enfrentan los estadounidenses que prefieren aquella forma de gobierno. La indiferencia de los (cada vez menos numerosos) partidarios de Donald Trump y la abrasiva erosión a la que éste somete todos los días a las instituciones dejan de lado cada día con más desparpajo el texto que Franklin y sus colegas adoptaran en Filadelfia.
Lo que han presenciado esta semana los Estados Unidos fueron piruetas impúdicas de una coreografía que se viene desplegando desde la primera presidencia de Trump. El sistema, más que devorarse a sí mismo, está siendo parasitado en sus entrañas. La primera institución cuya vida fue consumida de este modo fue el Partido Republicano, transformado ya en un mero vehículo de un líder al que teme y rinde culto. La muerte de la democracia, sobre la que habían advertido Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro ya clásico, avanza con la fuerza de lo que se puede volver inexorable sin no hay una reacción inmediata y proporcional.
El primer síntoma de este colapso en acto tuvo por escenario el Comité Judicial del Senado. En una audiencia de confirmación para cargos de jueces federales vitalicios, asistimos a un momento inquietantemente distópico. El senador demócrata Chris Coons preguntó simplemente si Trump está habilitado para ser candidato a la presidencia en 2028. John Marck, un fiscal interino nominado para ser promovido a juez, eludió dos veces responder. Visiblemente irritado, Coons le recordó la vigesimosegunda enmienda de la constitución, que establece que nadie puede ser electo presidente más de dos veces. Aún así, Marck no quiso decir que Trump está inhabilitado, a lo cual el senador reaccionó preguntando a los cuatro candidatos a jueces presentes si entre ellos había alguno “suficientemente valiente” para hacer respetar la limitación de mandatos: ni Marck ni ninguno de los otros tres abrió la boca.
El silencioso grito de guerra de esos nominados debe ser visto como evidencia de la captura de los árbitros del juego republicano del que hablan Levitsky y Ziblatt en Cómo mueren las democracias. Poner a los tribunales y las agencias de orden público bajo el control de leales al ejecutivo es un nuevo reaseguro de esa impunidad sin la cual Trump ni siquiera podría haber repetido candidatura en 2024. La negativa de estos probables nuevos jueces federales, cuya labor debería proteger la Constitución, a validar una enmienda que previene la presidencia perpetua, está enviando una señal clara: el derecho ya no es un límite al poder, sino una arcilla que puede moldearse según la voluntad del líder. Es un nuevo ejercicio de captura destinado a transformar todos los niveles del poder judicial en escudos para la ambición del ejecutivo.
Mientras los futuros jueces eludían la defensa de la constitución, Trump volvió a jugar con la idea de extender su mandato más allá de 2028. En un acto por la Semana Nacional de la Pequeña Empresa, este lunes en la Casa Blanca, ante una audiencia de empresarios, dijo que se marcharía del gobierno recién dentro de ocho o nueve años, lo que fue festejado con risas y aplausos. Aunque sus seguidores minimicen estas salidas, presentándolas como hipérboles idiosincráticas, la chanza busca intencionadamente la erosión de la norma, de la contención institucional que refuerza las leyes cuando el gobernante se autoimpone un freno antes de forzar el límite definido por el texto legal. “Lo hago porque puedo” es la insignia y bandera del presidente que le confesó al New York Times que sólo su propia moralidad puede ceñir sus acciones.
El trumpismo, con estas escenas, prepara el terreno para que, cuando llegue el momento, la ruptura de la alternancia no se vea como un golpe, sino como una “necesidad histórica” o como expresión de una “voluntad popular” ante la que la constitución y las leyes no deben interponerse. Una judicatura que se niega a velar por los límites pavimenta el camino de la autocracia y le provee un barniz de legalidad.
Estamos ante una realimentación furiosa camino hacia el autoritarismo: un Ejecutivo que desafía los límites constitucionales, una judicatura cuyo vértice debilita esos límites y un sistema electoral que está siendo saboteado para que la oposición no pueda ganar incluso si tiene los votos.
El firme propósito de Trump de acelerar los tiempos de confirmación de jueces de instancias inferiores se dirige a completar la obra que la Corte Suprema abrumadoramente controlada por los conservadores está llevando a cabo con parecida prisa y sin pausa. El más reciente de sus fallos pasó por la trituradora de papel la ley que fue la columna vertebral de la tardía universalización de los derechos civiles. En un giro indisimuladamente racista, el tribunal presidido por John Roberts, decidió desmantelar las provisiones de la ley de Derechos Electorales (Voting Rights Act) que protegían a las minorías racializadas de la discriminación electoral. La Corte definió que el gobierno federal, que bajo John Kennedy y Lyndon Johnson tuvo que imponerse a los estados segregacionistas del Sur para consagrar el derecho a voto de los afroestadounidenses, deje de tener voz en materia electoral y pone nuevamente a esa parte de la población a merced de las leyes de esos mismos estados.
El efecto fue fulminante: Luisiana (el estado que llevó el caso a la Corte), Mississippi y Tennessee se lanzaron de inmediato a redibujar sus circunscripciones electorales, con el objetivo indisimulado de terminar con los distritos de mayoría negra que se vieron obligados a respetar durante los últimos 60 años. Todo indica que Alabama, Carolina del Sur y Georgia serán los próximos. Lo que en público se exhibe como una iniciativa para recortar la representación del Partido Demócrata, se propone implícitamente asegurarse de que estados donde los negros representan hasta un cuarto de la población no envíen un solo negro a la Cámara de Representantes en Washington.
La Corte Suprema pretextó “federalismo” para debilitar la ley de Derechos Electorales, pero lo que está haciendo es retirar al árbitro del campo de juego para permitir que uno de los equipos mueva los arcos a voluntad. Sin una protección federal robusta, el rediseño racial y partidista de las circunscripciones se convierte en la herramienta definitiva para asegurar que, incluso si la mayoría del electorado desea un cambio, el sistema quede configurado para impedirlo.
El fallo del máximo tribunal viene a complementar la persistente guerra de zapa que el trumpismo viene combatiendo desde que el actual presidente se negó a reconocer su derrota ante Joe Biden en 2020. En las elecciones que se van a llevar a cabo el primer martes de noviembre próximo en 23 de los 50 estados de la Unión tienen posibilidades reales de ganar u ocupar cargos con poder directo sobre la certificación de las elecciones candidatos que sostienen, contra toda evidencia, que en 2020 hubo fraude.
Lo verdaderamente alarmante, claro, no es cada uno de estos hechos por separado, sino su convergencia. Estamos ante una realimentación furiosa camino hacia el autoritarismo: un Ejecutivo que desafía los límites constitucionales, una judicatura cuyo vértice debilita esos límites y un sistema electoral que está siendo saboteado para que la oposición no pueda ganar incluso si tiene los votos.
Asistimos a la anatomía de una democracia en proceso de vaciamiento. Se mantienen los rituales electorales, pero se los coloca bajo sospecha. Se cuestiona el derecho soberano del pueblo de despedir a sus gobernantes y la obligación de estos de someterse a la ley.
La advertencia de Franklin en 1787 nunca estuvo tan vigente. Una forma de gobierno no es una herencia que se recibe y se preserva en una vitrina; es una planta que muere si no se riega con la vigilancia constante de los ciudadanos y el respeto comedido de los gobernantes a sus normas. La democracia en Estados Unidos no está sufriendo un ataque externo; está muriendo por una falla multiorgánica interna, cuyos vectores son aquellos que juraron protegerla. El silencio de los aspirantes a jueces en el Senado es el sonido de los cimientos resquebrajándose. Si la reacción no es enérgica, de la república estadounidense solo quedará el eco de lo que alguna vez fue un gran experimento.
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