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¿Anarcocapitalismo o tecnofascismo? La visita de Peter Thiel a la Argentina

El encuentro entre el presidente y Peter Thiel revela una asimetría peligrosa: mientras el gobierno ofrece territorio y datos, los magnates tech despliegan un modelo de control que ve en la democracia un obstáculo. La mirada de los sociólogos Jorge Orovitz Sanmartino y Gustavo Robles.

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Image ilustrativa de Javier milei y su gabinete y una cierra electrica

La reunión del presidente Milei con el empresario e ideólogo Peter Thiel, en una Casa Rosada convertida en zona liberada de periodistas, despierta más dudas que certezas sobre los verdaderos motivos del encuentro. De ventas de servicios de análisis de datos para inteligencia a observar de cerca el gobierno libertario como un experimento social, Thiel representa el proyecto geopolítico de los magnates tecnológicos de Silicon Valley.  El poder que han ganado, sobre todo a partir de la asunción de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos., genera, en las élites subordinadas de los países subdesarrollados, “utopías digitales periféricas”.  Ese es el título de un informe realizado por los sociólogos Jorge Orovitz Sanmartino y Gustavo Robles a 4Palabras consultó sobre el tema.

Según éstos, el encuentro con Javier Milei puede entenderse como la convergencia de dos formas de ‘libertad. Por un lado, el libertarismo periférico que impulsa la apertura económica y desregulación que, “bajo el axioma de la libertad absoluta (de mercado) entrega la soberanía y beneficia a las grandes corporaciones que dominan ese mercado”, sostiene Orovitz, Doctor en Ciencias Sociales de la UBA y Director de la Diplomatura en Datos Personales en la UNTREF.  Y la otra libertad, la libertad promovida por Peter Thiel y Alexander Karp, la de expansión de empresas como Palantir Technologies, “basada en monopolios tecnológicos y fuerte vínculo con el Estado norteamericano”, explica. 

Para Robles, docente en la Universidad de Passau, Alemania, “en este encuentro no sólo convergen dos proyectos políticos, sino dos momentos de un mismo arco histórico: el que va del tecno-optimismo de los años 90 al tecnofascismo como racionalidad política del capitalismo digital contemporáneo.”  Y agrega: “Thiel no es un empresario que busca inversiones; es uno de los arquitectos de esa racionalidad, que combina aceleracionismo tecnológico, renta monopólica y sobre todo un proyecto explícitamente antidemocrático.

Para esta corriente, la democracia es una traba al desarrollo tecnológico, algo sobre lo que advertía hace más de una década el filósofo mexicano León Olivé, que veía en la tecnología un poder que debe ser controlado por la sociedad para que esté al servicio de su bienestar, y no meramente, de los poderes concentrados.  “La tecnoutopía libertaria -plantea Orovitz- promueven una sociedad gestionada técnicamente, desplazando la política.  La democracia, en esta lógica tecnolibertaria, es un estorbo, pierde peso frente a la lógica de los datos y la eficiencia.  La tecnología libera a los grandes oligarcas tech de la pesada carga de la democracia, las elecciones, la deliberación pública.”

Robles comparte esta observación: “Lo que resulta revelador del encuentro con Milei es la asimetría estructural que Jorge señala con claridad. Palantir Technologies construye monopolios tecnológicos con fuerte anclaje estatal, es, ante todo, una empresa de inteligencia estatal y militar, mientras que el libertarismo periférico de Milei ofrece exactamente lo contrario: un Estado vaciado, sin regulaciones, sin soberanía sobre sus datos ni sobre su infraestructura digital.”  Estamos frente a un nuevo imperialismo basado en el monopolio de los datos y los sistemas avanzados para su análisis.  De hecho, Orovitz concluye que “si avanza la relación, tendremos más dependencia tecnológica y menos soberanía.”

Sin políticas públicas que promuevan un desarrollo autónomo y regional en la ciencia de datos e inteligencia artificial, con infraestructura propia y transparencia en el uso de la información, Argentina queda presa de la administración de esos datos por empresas y gobiernos extranjeros. La estrategia del gobierno actual se limita a ofrecer territorio y recursos naturales a los servidores de esas empresas, sin que represente una fuente de empleos, ni una inversión que distribuya grandes ganancias a nuestra economía. Por eso, para Robles “hoy lo tecnológico y lo político son dos caras de la misma moneda, por lo tanto, también hay que estar atentos a los acuerdos ideológicos, las sinergias políticas que deja esta visita, no solo los convenios de negocios o transferencia de tecnología.”

No se trata de anarquismo cuando es tan notoria la complementación del Estado norteamericano y sus corporaciones tecnológicas; tampoco de capitalismo liberal cuando la democracia, la soberanía y la participación ciudadana se ven como obstáculos. El pueblo quiere saber de qué se trata.

4Palabras 

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