Argentina / 3 febrero 2026

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Tren fantasma: De carpinchos, cadenas y condenas

Entre estaciones escenográficas y barrios privados, el viaje a Tigre expone la doble condena de Fanon y el absurdo burgués. Un recorrido donde la mirada del excluido cuestiona el ideal de felicidad de un sistema que, hoy más que nunca, grita "vivan las cadenas".

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A Tigre no se puede llegar con el tren Mitre hasta fin de febrero. En medio de la temporada de verano, afectada ya por los viajes al exterior, los que suman algunos pesos o directamente viven del turismo eminentemente interno se ven afectados por esta medida intempestiva. Hay que viajar en el 60 o en una opción ferroviaria singular: se puede hacer el viaje en el Tren de la Costa. Esas formaciones que parecen de Disney para trasladarse de juego en juego, que surgieron durante el menemismo en vínculo con el Parque de la Costa. De hecho, un parque de diversiones inaugurado en la confluencia del río Luján y el río Tigre. Un lugar doblemente costero, geográficamente privilegiado, con Casino y tren propio. El que hoy es tomado, en sus únicos y pequeños dos vagones, a falta del habitual, que es cuatro/cinco/seis veces más grande y es usado, claro, no sólo por turistas. 

Viajamos, apretados, incluso en un día y horario fuera de los de mayor caudal. El tren cuyas estaciones también son escenográficas, de estilo de películas yanquis de sus barrios “bien”, pasa, por los barrios “bien” argentos, que suelen ser más ampulosos que los norteamericanos medios (esos, los del american way of life de exportación) Algo impensado en toda la trama ferroviaria nacional, que siendo de siglo XIX, las familias acomodadas se fueron ubicando lejos del tren, de sus ruidos y gentuza. El tren menemista, de filo entertainment turístico, se inmiscuye en barrios de zona norte conurbana (auto negada de denominarse conurba/no) y de repente se pasa por Villa Ocampo, o por un símil country de San Isidro.

“Que linda casa”, dice un pibe, que parece verla por primera vez, miembro de una numerosa familia popu-conurbanera, que vienen de una tarde en el río, heladeritas y rostros (mal) quemados: todxs rojos camarón. El mismo, y en gesto chistoso, pero hasta ahí, dirá luego que al bajarse del tren, en la caminata hasta su casa, no los afanarán porque son muchos. No nos pueden robar siendo tantos. Otro de ese mismo grupo, había dicho unos minutos antes, a una pibita con la que estaban coqueteando picanteándose en una verba rápida, astuta, al pasar por el country de San Isidro, que sería feo vivir ahí, encerrados, sin gente en la calle. Muy aburrido.

El adentro del tren, como nunca, viendo (desde afuera, con los de afuera) el adentro de un símil barrio privado. Barrios que suelen hacer de la vigilancia lo contrario en dinámica, circulación, dirección de la mirada. Este plano contra panoptical, exacerbado por un tren que repentinamente deja de ser turístico y exclusivo, permite que los generalmente mal vistos (un policía viajó a pocos metros de la expansiva familia, cerca, a tiro) sean los que observen a los bien vistos y vestidos. En un juego de miradas y palabras que, huelga decir, es poco frecuente ante la férrea construcción hegemónica que delimita quién mira, quién habla, quién legitima y es legitimado en tales acciones. Quién está adentro, quién fuera.

Unos días atrás, una señora (bien), ante la acusación de querer en el NorDelta de Tigre “reeducar el hábito de los carpinchos”, eufemismo usado para no evidenciar el deseo de la eliminación (en principio, de su vista) todo aquello que le molesta (como aquella que se alteró por ver gente tomando mate, conocida luego como la cheta de Nordelta), dijo lo siguiente: que los de afuera del country (que podrían ser los pibes mal quemados del tren o sus padres/madres), que la gente trabajadora, dijo, los de afuera, enfatizó, los matan a palazos para comerlos. Que primero los lastiman a piedrazos, sobre todo a los (carpinchos) bebés. “Estamos viviendo para atrás corazón”, remata ella, amparada por un micrófono de La Nación+ que finge asombro ante lo dicho, sin preguntarle a la “protectora animal” y vecina nordeltiana, tal titula amigable el graph, sobre carpinchos atropellados, trasladados compulsivamente, ahogados. El tiempo en la tele es tirano.

Aunque que haya otro que lo cuestione, como ideal de belleza, de sociabilidad (con un “me aburro”, versión local del “preferiría no hacerlo”), abre una fisura, una lectura, una mirada, que quizás poco le diga al que tiene interiorizado no sólo ese deseo, sino también la imposibilidad de la crítica, el no ver/pensar en qué y por qué desea lo que desea, pero allí está, siempre hay un germen liberador.

Que al pibe, le guste la casa del country (donde podría vivir esta señora) es tan esperable como un/el problema. Una casa, un barrio tan lejano de su realidad y posibilidad. Habitados por aquellos que los prejuzgan a ellos mismos, por color de piel, por forma de vestir y decir, cual salvajes. Una casa, que vista en series, redes, revistas de famosos, videoclips, se vuelve un deseo en abstracto, es la condena (doble) de la que habla Frantz Fanon: la de aquel que anhela la forma de vida de su opresor (también condenado a tenerla y mantenerla para sostener un estatus), en este caso, transfigurado en un representante del sentido común del bien y la felicidad. Aunque que haya otro que lo cuestione, como ideal de belleza, de sociabilidad (con un “me aburro”, versión local del “preferiría no hacerlo”), abre una fisura, una lectura, una mirada, que quizás poco le diga al que tiene interiorizado no sólo ese deseo, sino también la imposibilidad de la crítica, el no ver/pensar en qué y por qué desea lo que desea, pero allí está, siempre hay, un germen liberador.

En 1974 Luis Buñuel filmó El fantasma de la libertad. El afiche tiene a un culo gigante vestido de Estatua de la libertad con la antorcha doblada/derretida. Y en la película se suceden una serie de escenas aparentemente incongruentes entre sí, expresando el absurdo de la vida y las instituciones burguesas, dominantes. Dos años antes había filmado El discreto encanto de la burguesía y diez años antes El ángel exterminador, donde de una comilona también burguesa, los empleados (la “gente trabajadora” diría la vecina protectora, también o tampoco de los chanchos salvajes, que también aparecieron, como en Porcile de Pasolini, en sus calles perfumadas) van abandonando, los trabajadores, la casa de la que los comensales quedan atrapados por una fuerza (condenatoria) intangible, invisible, también y constitutivamente abstracta. 

El fantasma de la libertad comienza con un fusilamiento, que remite al de Goya, que se verá varias veces a lo largo del film, donde los condenados en vez de gritar “Viva la anarquía”, como solían hacerlo los libertarios de entonces (Severino Di Giovanni, por caso, lo gritó, según Roberto Arlt que allí estaba), gritan -como los libertarios de ahora y quienes los emulan, deseando una vida ayanquizada, sin saberlo, del todo, ambos, “amo y esclavo”, en doble condena fanoniana- “Vivan las cadenas”. Aunque de reconocerse en algo de todo esto, unxs/otrxs, dice el martinico en “¡Escucha, blanco!”, ya se habrá avanzado algún paso.

Llegamos a Tigre. El piberío y las familias se habían bajado en Canal, Carupá. Posiblemente hablaban de Garrote, la villa invisibilizada por el tren y por las narrativas filo turístico oficiales de estas y todas las zonas. Cual fantasmas se perdieron en la tarde noche de verano. En Tigre, el tren termina en la entrada al Casino, de un Parque de la Costa que también está a la venta. El disfrute veraniego va buscando su cauce. Mientras me llega por wasap el primer EP de un rapero de la zona, JPM El isleño, donde en el Desvelo, repite como mantra “Cuantas ideas son tuyas/ meditalo hasta que lo intuyas”. Y pienso que siempre algo germina, que toda larga noche, es sólo una larga noche. 

 

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