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Pubertad y adolescencia: el actual arrasamiento del tiempo subjetivo

En plena transformación física y psíquica, las adolescencias se enfrentan a mundo que idealiza la juventud, pero les niega tiempo, contención y vínculos reales. Aislados por la cultura digital y presionados por mandatos de éxito inmediato, muchos quedan solos ante el desconcierto de crecer a la intemperie.

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Sergio Zabalza. Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires

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Pubertad y adolescencia son nombres que refieren al período etario más vulnerable de la escala humana. Seres con una psique aún en formación padecen las exigencias de un cuerpo casi adulto. Esto es: un soma atravesado por la irrupción de la sexualidad cuyas perentorias imposiciones suelen sumir al sujeto en escenarios que van desde el desconcierto hasta la violencia y de la inhibición hasta la depresión. El actual mundo adulto no favorece el acompañamiento que brinde a estos sujetos una referencia confiable para orientarse y llevar a buen puerto sus acuciantes inquietudes. 

Antes bien, la idealización de la juventud, los mandatos estéticos y el vértigo que impone la cultura digital hacen que en muchos casos el tiempo requerido para el desarrollo de una incipiente singularidad sea prácticamente abolido. En este punto Freud no podría ser más claro cuando brinda su definición del sujeto adolescente: “individuos todavía inmaduros, a quienes no hay derecho a impedirles permanecer en ciertos estadios de desarrollo, aunque sean desagradables”. Lo interesante es que tal formulación la vierte en un texto pronunciado a propósito de intercambio sobre el rol de la escuela secundaria cuyo título es “Contribuciones para un debate sobre el suicidio”. Basta colegir que en nuestro país la principal causa de muerte en la adolescencia es el suicidio como para confirmar la vigencia de la perspectiva freudiana. 

Por empezar, hay razones estructurales por las cuales vida o muerte se transforman en opciones que asumen un carácter absoluto. La soledad a la que suele enfrentarse un púber al experimentar la emergencia de una singularidad a la que no reconoce como propia adquiere visos de dramatismos cuando no de franco rechazo. Aquí no podría ser más pertinente la amarga frase de Felipito, el amiguito de Mafalda: “¿Por qué justo a mí me tenía que tocar ser yo?”. 

Es en el encuentro con el Otro, sea en la escuela, en el taller de arte, en el club, donde un o una púber puede hallar las vías para -por medio del estudio, el trabajo, el esfuerzo, el juego y el deporte- amigarse con ese cuerpo hablante que se despide de la infancia y que aún no comprende el escenario en que de pronto se ve tan comprometido como implicado.

Tal trágico encuentro requiere vías de tramitación cuyo tránsito exige el lazo social como principal componente. Es en el encuentro con el Otro, sea en la escuela, en el taller de arte, en el club, donde un o una púber puede hallar las vías para -por medio del estudio, el trabajo, el esfuerzo, el juego y el deporte- amigarse con ese cuerpo hablante que se despide de la infancia y que aún no comprende el escenario en que de pronto se ve tan comprometido como implicado. Vale tomar nota que los datos de actualidad indican un rumbo opuesto al requerido para la urgencia adolescente. El reinado de las redes y la cultura digital sumergen al sujeto en el aislamiento. La dramática división subjetiva ilustrada en la frase de Felipito encuentra en el uso de los nickname o apodos una vía para escapar de la responsabilidad por los dichos y acciones con que el sujeto interviene en las redes. Cuestión que permite volcar el odio instalado por una subjetividad cuyos rasgos principales se destacan por la exacerbación del individualismo y la competencia. Luego, el bullying, la cancelación, cuando no el grooming o los juegos mortíferos como la “Ballena azul”, el cual consistía en incentivar lesiones auto- infligidas o suicidios. Pero como para dar una idea del desvarío que distingue al sentido común que habitamos, hoy el abuso está a cargo del Estado. La Comisión Nacional de Valores acaba de autorizar a los púberes de trece años a invertir en el frenético mercado financiero. Es decir, allí cuando se requiere amistades, encuentros, cuerpos, estudio, trabajo, se propone la ilusión de obtener dinero fácil por medio de sentarse delante de una pantalla. Franca demostración de la perversión con que el mundo adulto está corrompiendo a nuestra gente joven. La ilusión del Todo que vende el anarco capitalismo hace que la ansiedad sea uno de los principales motivos por los cuales hoy las personas llegan a la consulta. Una urgencia opuesta al tiempo que Freud privilegiaba en aquellas “Contribuciones para un debate sobre el suicidio”.

 

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