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Invasión de Estados Unidos a Venezuela: otro capítulo de una historia antigua que se repite

El gobierno de Donald Trump invadió Venezuela, repitiendo un procedimiento que se multiplica en la historia de la región. La metodología y los argumentos de la potencia hegemónica para subordinar e imponer sus condiciones. El derecho internacional ausente, sin gobernanza global y un escenario sin ley donde predominan los poderosos.

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Puede haber sorprendido la oportunidad. Se pueden haber confundido las intenciones. Pero basta revisar la historia de las intervenciones de Estados Unidos en nuestra región latinoamericana –y en el mundo— para que emerja con nitidez el “Corolario Trump” dentro de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de los Estados Unidos. A la vista de ello no será difícil concluir que la invasión norteamericana a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores es un capítulo contemporáneo –pero solo un capítulo más—de una larga historia de las intervenciones y operaciones de la potencia del Norte y su forma de ser y estar en la región.

Más allá de los argumentos o de las excusas políticas y coyunturales que se hayan esgrimido en cada momento, invariablemente en todos los casos los motivos han sido primariamente económicos, tanto por el acceso a recursos naturales como a rutas comerciales estratégicas. La política y el control territorial se agregaron como pretexto o como excusa.

En marzo de 2003, Estados Unidos arrasó con Irak y asesinó a Saddam Hussein con el falso argumento de la existencia de “armas de destrucción masiva” que nunca se hallaron. Poco importó. Ahora, en Venezuela, un número impreciso de personas fueron asesinadas en el mar  porque –según la versión de Trump– transportaban “narcoterroristas” enviados por Maduro. Incomprobable, pero poco importa. El presidente de Venezuela fue secuestrado y llevado por la fuerza bajo otra acusación jurídicamente insustentable. ¿Será juzgado? –dicen– y seguramente condenado en Estados Unidos. Ayer, hoy, antes y ahora, no es ni más ni menos que la prepotencia de las fuerzas del imperio.  

Lo saben los colombianos que se vieron atropellados militarmente en 1903 para darle vida Panamá como país y asegurar así a Estados Unidos el territorio por el cual se construiría el estratégico canal de Panamá (1914) para conectar los dos océanos. Entre 1916 y 1924 la República Dominicana sufrió una intervención militar y un gobierno norteamericano usando como pretexto el desorden financiero y la necesidad de proteger intereses económicos. También para asegurar pagos de deuda externa. En 1954 una operación de la CIA derrocó en Guatemala al presidente Jacobo Arbenz. ¿El pretexto? Sus presuntas vinculaciones con el comunismo. El 1 de enero de 1959 las fuerzas revolucionarias de Fidel Castro derrocaron al dictador Fulgencio Batista, pero en 1961 la Bahía de Cochinos fue escenario de una frustrada invasión norteamericana montada por la CIA con el mismo pretexto de erradicar al comunismo de Cuba

En 1965, tras el derrocamiento de Juan Bosch, 42 mil marines norteamericanos volvieron a invadir la República Dominicana. En 1983 la isla caribeña de Granada estaba al mando del gobierno revolucionario socialista liderado por Maurice Bishop. El presidente fue asesinado y las fuerzas militares norteamericanas llegaron para “restablecer el orden” mediante la “Operación furia urgente”. 

En 1989, Estados Unidos activó la “Operación Causa Justa” en Panamá para derrocar y capturar al entonces presidente Manuel Noriega acusado por los norteamericanos de conexiones con el narcotráfico y el crimen organizado.

Pero más allá de estas intervenciones directas Estados Unidos siempre ha tenido injerencia directa en la vida económica y política de la región latinoamericana y caribeña. En Brasil, Chile, Argentina y Uruguay la presencia militar en logística e inteligencia fue central para el funcionamiento del “Plan Cóndor”, una estrategia de terrorismo de Estado que sirvió a las dictaduras de la región. Con la excusa de la lucha contra el narcotráfico la presencia militar norteamericana fue más que importante en el Plan Colombia (2000-2015) y en la Iniciativa Mérida, el pacto de cooperación entre EE.UU. y México (2007-2008) para combatir el narcotráfico y el crimen organizado.

En todos los casos los argumentos son similares: el narcotráfico, la violencia y el crimen organizado y el combate al comunismo. Siempre el mismo método: el uso de la capacidad y la fuerza militar para incidir en la vida de los pueblos. E idénticas consecuencias: beneficios económicos para Estados Unidos en materias primas, ventajas comerciales o recursos estratégicos.

Como se ha dicho antes… lo que ocurrió el sábado en Venezuela con el secuestro de Maduro no le agrega un episodio inédito a esta historia. Pero sí forma parte de la nueva estrategia global de Trump en el marco de su lucha económica con China y la búsqueda de imponer sus condiciones en un mundo atravesado por los conflictos y que ha perdido gobernanza debido a luchas de intereses económicos y tecnológicos cruzados en un escenario de multilateralidad caótica.

En todos los casos, los argumentos utilizados por Estados Unidos son similares: el narcotráfico, la violencia y el crimen organizado y el combate al comunismo. Siempre el mismo método: el uso de la capacidad y la fuerza militar para incidir en la vida de los pueblos. E idénticas consecuencias: beneficios económicos para EE.UU. en materias primas, ventajas comerciales o recursos estratégicos.

Las intervenciones de la era Trump

“América primero” ha sido el eslogan de Trump. Tiene una cara interna que se manifiesta en la pretensión de frenar la inmigración –legal e ilegal– hacia Estados Unidos, la expulsión de su territorio de muchos migrantes asentados allí, por una parte, y combatir el narcotráfico en América Latina, presumiendo que allí radica el problema y no en la ampliación del mercado norteamericano de drogas.

En el escenario global –particularmente en lo comercial y tecnológico– la disputa es con Rusia y China por los mercados, a través de los aranceles, pero también en la industria militar, el acceso a los llamados “minerales raros” y en la preeminencia en los territorios.

Con ese motivo, Estados Unidos programó para 2026 aproximadamente 500 actividades militares conjuntas con Filipinas, pretendiendo poner un límite a la presencia de China en el Mar de China Meridional.

Mientras los chinos hacen demostraciones de poder con ejercicios militares en torno a Taiwán Estados Unidos sigue suministrando material bélico a los taiwaneses y mantiene una dotación de armas en ese territorio. 

En Yemen las operaciones militares norteamericanas son habituales con el pretexto de combatir a los rebeldes hutíes. La presencia norteamericana en Siria e Irak está justificada por la lucha contra ISIS y en la última Navidad los misiles Tomahawk de Estados Unidos cayeron en el noroeste de Nigeria dicen que para combatir al Estado Islámico y defender a los cristianos en esa región. 

Ahora, al comenzar el año, Trump usó como pretexto la acusación de narcoterrorismo contra Maduro para invadir Venezuela, pero tampoco ocultó sus verdaderas intenciones: lo que verdaderamente le interesa son las reservas de petróleo del país sudamericano: las más importantes del mundo. Algo que con mucho acierto y en este mismo espacio el colega Manuel Barrientos catalogó como “La doctrina del barril”.

Sin armas, pero usando otros recursos, el gobierno de Estados Unidos, se encargó de apoyar las campañas políticas de los líderes de derecha en la región. En Chile el beneficiado fue el ultraderechista José Antonio Kast, que sucederá a Gabriel Boric en la presidencia. En Honduras, para apoyar al candidato derechista a la presidencia Nasry Asfura el norteamericano usó el mismo método utilizado en favor de Javier Milei en Argentina: amenazó con quitar todo apoyo al país si la ciudadanía no votaba por el candidato avalado por la administración norteamericana.

Trump amagó con aumentar los aranceles comerciales al Brasil de Lula si la justicia de ese país avanzaba contra su aliado Jair Bolsonaro y dijo que “algo tendrá que hacerse con México” para señalar su insatisfacción porque supuestamente el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum no procede como él lo considera contra las organizaciones de narcotraficantes.

Por el caso, no importó que pesara en los tribunales de Estados Unidos una condena de 45 años por narcotráfico del ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, quien recibió un indulto de Trump para que se hiciera presente en la campaña electoral de su país actuando contra la presidenta progresista Xiomara Castro.

Son criterios…

La invasión a Venezuela representa “un precedente peligroso” para la soberanía de las naciones democráticas, sostuvo el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres. Pero la opinión del organismo internacional carece de peso y de significación en un escenario internacional caótico, atravesado por las guerras y conflictos varios, donde no existen criterios que operan a nivel de la gobernanza global. También porque muchos ciudadanos que son víctimas en los países se entusiasman con el avance norteamericano y hasta hay quienes lo consideran “una bendición”.

Hoy el Derecho Internacional es apenas una referencia académica y la Carta de Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de cualquier Estado, es un elemento decorativo para bibliotecas. El mundo está dominado por la impunidad de las grandes potencias y éstas por las poderosas corporaciones económicas que imponen sus intereses.

 

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