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“Nunca hay que desestimar la capacidad de organización y acción que tiene la sociedad en la Argentina”
El 20 de junio de 1996 comenzó una pueblada en Cutral Có y Plaza Huincul, en Neuquén: el 70% de la población de esas ciudades había quedado al borde de la miseria cuando cerraron las plantas de YPF por la privatización de la empresa. Los vecinos y los desempleados salieron a cortar la Ruta Nacional 22. Francisco Longa publicó “Historia del movimiento piquetero. Las organizaciones de desocupados en la Argentina, de Menem a Milei” para preguntarse cómo estas organizaciones se convirtieron en un nuevo actor sociopolítico.
- junio 18, 2026
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El humo de los neumáticos en llamas, los rostros de decenas de encapuchados, las barricadas, el viento y el frío en una ruta desierta, las banderas de Argentina que flameaban entre el fuego, la permanencia durante días y noches para luchar contra la falta de trabajo y el hambre dieron inicio a uno de los movimientos sociales más importantes de la Argentina. Esas fueron las primeras imágenes que se sucedieron frente a las pantallas, que irrumpieron –fuerte— y que obligaron a mirar donde nadie quería ver entonces en esa década frívola, liberal, individualista de los 90 (tan parecida a esta era).
Hace treinta años, el 20 de junio de 1996, los habitantes de Cutral Có y Plaza Huincul, en Neuquén, decidieron cortar la Ruta Nacional 22 en reclamo por la falta de trabajo: fue una pueblada histórica. La privatización de YPF había dejado sin empleo a un 70% de la población de esas pequeñas ciudades, ahora, a un paso de la miseria. El diálogo pareció no dar frutos: el corte duró siete días y se multiplicó en la televisión o la radio, que empezaron a llamar “piqueteros” a esos manifestantes –ahora visibles— que marcaban el pulso desde los bloqueos en la Patagonia. Sin saberlo, ese puntapié inicial cobró fuerza: poco después, las escenas se replicaron en Tartagal y General Mosconi, en Salta, y con los años se sucedieron en calles, rutas, avenidas de todo el país.
Francisco Longa es politólogo, magíster en Investigación Social y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). A poco de cumplirse el treinta aniversario de esa primer barricada, publicó Historia del movimiento piquetero. Las organizaciones de desocupados en la Argentina, de Menem a Milei, por Siglo XXI Editores, donde documenta y explica el tránsito de grupos rupturistas y antisistema a un conjunto heterogéneo de actores políticos devenidos representantes de trabajadores informales y desocupados, que incluye a agrupaciones nacionales y populares y a la izquierda más radical.
Una década de militancia en el Frente Darío Santillán en el conurbano bonaerense le dieron la experiencia necesaria para el trabajo de campo. Sin embargo, no fue lo único: ese acceso al mundo político y popular de las barriadas lo fogueó también para ver, de primera mano, qué pasaba en el Congreso cuando algunos dirigentes ocuparon puestos legislativos. Su nuevo libro, que le llevó más de cuatro años de trabajo, busca reconstruir la historia de este movimiento con actores que aprendieron a moverse en la organización barrial, la negociación política, la función pública, la gestión de recursos, la campaña electoral y hasta la misma Cámara de Diputados.
El 20 de junio se conmemoran treinta años de los primeros piquetes, ¿cuál es tu mirada hoy sobre este fenómeno? ¿Qué fue cambiando con los años?
Se fueron modificando muchas cosas desde aquellos primeros piquetes en las rutas de Neuquén y luego en Salta. En los dos casos, se trataba de pueblos que se habían levantado en torno a la actividad de YPF y, por lo tanto, luego de la privatización de la empresa muchos trabajadores y trabajadoras habían quedado en la calle. Después de apelar a diferentes estrategias de sobrevivencia individual, salieron para pedir por sus fuentes de trabajo. El fenómeno fue cambiando mucho a lo largo de los años: esas organizaciones fueron creciendo, se fueron masificando, muchas comenzaron a tener una estructura a nivel nacional. El paso del tiempo también permitió que algunas se institucionalizaran, a partir de buenos vínculos con algunos gobiernos, lo que las llevó a disputar cargos electivos o participar como funcionarios municipales o provinciales. Todas estas organizaciones se transformaron tanto que se convirtieron en un nuevo actor sociopolítico estable de la democracia en Argentina: ya no eran pequeños grupos que protestaban sino grandes organizaciones con una estructura nacional que se sentaban en la mesa de discusión de las grandes vías de la política. Este proceso se consolidó durante años y creo que su maduración llegó en 2015 o 2016 cuando estas organizaciones, algunas con forma de triunvirato piquetero, durante el gobierno de Mauricio Macri, obtuvieron conquistas muy importantes.
¿Cómo se extendió ese fenómeno de manera tan masiva al resto del país en poco tiempo?
Se extendió de una manera muy rápida: por esa época jugaron un rol importante la radio y la televisión que transmitieron los sucesos de Cutral Có y Plaza Huincul y generaron un efecto contagio. Hubo muchas personas que en otras latitudes del país vieron que los cortes de ruta funcionaban, que obligaba a poner el tema en agenda y que llevaba, además, a que las autoridades tuvieran que responder frente a esta nueva metodología con la entrega de subsidios, mercadería, planes sociales, pertrechos, recursos habitacionales para mejorar las condiciones de vida de las y los trabajadores. Las desocupadas y desocupados comenzaron a replicar ese método.
¿Cuáles fueron las conquistas que lograron a través de los años?
Por ejemplo, la ley de emergencia nacional o la ley de barrios populares fueron conquistas muy importantes. La relación con el Papa Francisco también fue fundamental porque los puso en la primera escena de protagonismo. En un momento, un grupo importante de estas organizaciones llegó a tener ocho diputados en el Congreso nacional. También, lo que señalo en el libro, a partir de 2016 dan un giro que denomino como neocorporativo, donde esos anhelos de ruptura con el sistema político fueron soslayados. Lo que comenzó a primar en la estrategia central fue pararse como un mediador entre un sector de la clase trabajadora, el poder político y el Estado. Eso les dio una perspectiva distinta, de tipo gremial, con experiencias concretas donde, por ejemplo, un grupo de izquierda y marxista forma una especie de gremio de los informales (que duró muy poco tiempo) pero luego hubo otra experiencia que continúa hasta hoy que es la Unión de Trabajadoras y Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), que logró afiliar a más de 400 mil personas.
La Argentina no fue un país con desocupación estructural hasta que llegaron los 90. ¿Qué fue lo que ocurrió para que se dieran estas condiciones que perduran o que se profundizaron hoy?
Las condiciones del mercado actual se fueron modificando en los últimos años y, por consiguiente, también mutó la situación de la clase trabajadora: tiene que ver, obviamente, con un factor estructural. Desde la salida de la última dictadura militar, Argentina vivió una modificación muy profunda de su estructura social. Hasta ese momento, la clase trabajadora de Argentina era bastante homogénea: es decir, para dentro no tenía situaciones tan disímiles como las que empezamos a tener postdictadura, que se intensificaron con el modelo neoliberal de los 90 y que no pudo contrarrestarse tampoco más adelante (con otras políticas de inclusión). Uno de los efectos más claros de este proceso fue la informalidad laboral y también la desocupación, que comienzan a instalarse como un paisaje común. Esto hace que ni siquiera en los momentos de crecimiento económico –como hubo a partir de 2003— se pueda romper ese núcleo consolidado de informalidad laboral muy alta: de un 25 o 30%. Hoy, incluso, trepa hasta el 40%. Eso consolidó un segmento de trabajadoras y trabajadores en disponibilidad para estas organizaciones de desocupados e informales porque no son absorbidos por el mercado formal de empleo público, privado o estatal.
El piquete cobra otra dimensión cuando llega al conurbano bonaerense, en una trama que afecta además a toda la comunidad, el Estado, el sistema político, ¿por qué?
Cuando el piquete es leído en clave del conurbano bonaerense se comienza a relacionar con toda una tradición de acción colectiva, barrial, comunitaria, que portaban esos territorios. Por eso muchas organizaciones comenzaron a incorporar la metodología para unirse a ese fenómeno. Se unen la tradición de comunidad y barrio, que llevaba muchos años en esa región, por ejemplo, en el caso de las tomas de tierra de inicios de los 80 o en relación con los consejos barriales, las redes territoriales o de fomento, que venían organizando los territorios desde hace muchos años y que incorporaron el corte de calle como método para llamar la atención y presionar a las autoridades para demandar recursos, trabajo, vivienda, planes.
El fenómeno aparenta ser solo argentino. ¿Qué ocurrió en otros países con otros movimientos de desocupados? ¿Fueron reinsertados? ¿Y cómo se vincula esto con nuestra tradición sindical?
Lo que constato en la investigación es que Argentina es un caso excepcional. ¿Qué pasó en otros lugares? Hay muchos estudios académicos que muestran que los movimientos de desocupados duraron muy poco. Fueron más bien una explosión de un momento muy acotado en el tiempo y, en general, el mercado formal de trabajo reinsertaba a esos trabajadores. En otros países donde el mercado no los reinserta, como Perú o Paraguay, donde hay una altísima informalidad, no se consolidó un movimiento de informales. En Bolivia hay algunas experiencias de trabajadores informales que se agruparon bajo esta condición. Lo que propongo en el libro es leer esta excepcionalidad de Argentina alrededor de cuatro factores.
¿Cuáles son?
El factor estructural consolidó en el tiempo una porción importante de la clase trabajadora en la informalidad y en la desocupación. El factor político e institucional, tiene que ver con que aquí hubo gobiernos de distinto signo político que tuvieron una apertura para negociar con este sector (y no quisieron confrontar) porque a partir de 2002 trataron de ‘comprar’ la paz social (por decirlo de alguna manera) sin confrontar con los grupos piqueteros. El tercero lo denomino socio-cultural y tiene que ver con el impulso igualitario de nuestra sociedad, con una suerte de tradición que hace que esta sociedad sea difícil de disciplinar y bastante propensa a la acción colectiva. Eso influyó para que las y los desocupados no tramitaran su condición de manera individual y disciplinada si no que apostaran a formas colectivas de organización para salir de esa situación. También tiene que ver mucho con la memoria y con la tradición sindical de la clase trabajadora. Y, en cuarto lugar, existe un factor organizativo, porque hay una camada de militantes y activistas que decidieron volcarse a esos espacios y que fue muy importante para politizar sus rumbos o sofisticar sus estrategias para un horizonte diferente a estos grupos.
Durante diez años fuiste militante del Frente Darío Santillán, ¿qué te dejó esa experiencia? ¿Cómo está hoy ese movimiento para los que atravesamos una crisis como el 2001?
La militancia en el territorio, en el barrio, muy cotidiana y dedicada como fue en mi caso, donde prácticamente mi vida casi en un 80% fue militar en esas organizaciones, me brindó un acceso y un conocimiento de las relaciones cotidianas, en las negociaciones con las otras organizaciones o con las autoridades, de las formas de vida que se generan en estos espacios que es muy difícil captar si solo las va a estudiar desde afuera. También acompañé el proceso de estas organizaciones cuando tuvieron cargos en la gestión estatal, porque fui asesor de diputados en el Congreso y también entendí desde adentro qué pasó cuando entraron en las altas esferas del poder estatal. Todo esto me permitió una mirada privilegiada y única del fenómeno, que conlleva dilemas, paradojas y dificultades, porque estudiar algo de lo que uno forma parte no es tan fácil. No seré ni el primero ni el último que escriba sobre esto y, de hecho, hay una gran bibliografía sobre el tema. Lo que busco, en mis libros o en mis trabajos académicos es brindar una mirada analítica en contextos más amplios, desde una perspectiva macro-sociológica, más que celebrar o condenar las estrategias de las organizaciones.
¿Cómo funcionan hoy, con un gobierno de ultraderecha como el de Javier Milei y Patricia Bullrich, estas organizaciones sociales?
En el último capítulo del libro justamente trabajo este tema, porque hoy las organizaciones están debilitadas. El gobierno de Milei entendió que tenía cierto consenso social para confrontarlas fuertemente y entonces recortó prácticamente todos los recursos que llegaban a las organizaciones como alimentos, planes, subsidios. También congeló el monto de los programas sociales y hace dos meses decidió discontinuarlo por completo: eso está frenado en la Justicia con algunos amparos pero no sabemos cuánto va a durar ese recurso. El presidente buscó romper la mediación entre los recursos estatales, las organizaciones y sus bases sociales. Por ahora esa estrategia tuvo efecto: hay que dimensionar también que hubo una amenaza represiva y judicial muy importante –con causas que avanzaron llamativamente muy rápido para los tiempos de la justicia en la Argentina– contra dirigentes sociales, que fueron allanados, hostigados, ahora procesados y a punto de ser llevados a juicio. La figura de Patricia Bullrich y su protocolo antipiquetes, del que también se hizo tanta publicidad, generó miedo en un montón de sectores donde se vio que movilizarse podía tener un costo muy alto y por eso están más cautelosos con las acciones. Si bien bajaron los piquetes y los cortes de calles sigue habiendo conflictividad, se siguen movilizando y se han hecho un montón de protestas que no tuvieron tanta visibilidad ni masividad pero que demuestra que todavía tienen una reserva de movilización importante. Es importante ver cómo continúa el curso de los acontecimientos, para ver si en algún futuro cercano estas mismas organizaciones vuelven a tener un protagonismo en la calle o si se trata de una etapa más larga de retracción, de reflujo y que dejaremos de verlas por un tiempo más prolongado.
¿Cómo perduró este entramado haciendo ese paralelo entre la privatización de los pueblos alrededor de YPF y hoy, en la misma provincia, con el auge por Vaca Muerta? ¿Es posible la creación de un movimiento como aquel entonces?
Es evidente que uno de los cambios más notorios que está implementando el gobierno de Milei es la cuestión del trabajo. El modelo que tiene en la cabeza el gobierno liberal-libertario va a llevar a que aumente la desocupación pero, sobre todo, la informalidad laboral. Esa informalidad sigue siendo de trabajos de pocos ingresos, muy precarios, casi de pobreza, por eso cabe preguntarse si habrá un nuevo ciclo de organización de este sector de manera colectiva. No lo sabemos. A diferencia de los 90, donde los desocupados quedaban al margen producto de la privatización de las empresas estatales, hoy existen muchas más estrategias individuales para tramitar la desocupación o la informalidad con la ‘uberización’ de la economía. Tal vez eso amortigue un poco la organización de las salidas colectivas por sobre las individuales. Es probable que un ciclo de protestas de los desocupados, como en 1996 o 1997, no lo veamos en el corto plazo pero nunca hay que desestimar la tradición de organización y la capacidad de acción que tiene la sociedad en la Argentina. Por eso no descarto que pueda volver a ocurrir aunque seguramente con contornos diferentes: la historia nunca se repite de manera mecánica o lineal.
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