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Guerra civil española: el mapa del genocidio que une las dos orillas

A 90 años del inicio de la Guerra Civil y tras medio siglo de la muerte del dictador Francisco Franco, la disputa por el sentido continúa. La socióloga argentina Mónica Puertas trasladó sus recorridos históricos de Buenos Aires a Madrid donde, pese al “éxito” del silencio, la memoria colectiva busca nuevas formas de reparación.

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Este 2026 se conmemoran las nueve décadas desde el inicio de la guerra civil española (GCE). Pasaron también 50 años de la muerte del dictador Francisco Franco. La socióloga argentina Mónica Puertas cruzó el Atlántico para llevar a Madrid una experiencia que ya había explorado en Buenos Aires: un recorrido histórico que no busca narrar batallas, sino trabajar bajo la lógica conceptual de que no fue una guerra ni “una lucha entre hermanos” sino un genocidio. 

Su mirada está atravesada por el exilio -nació en Ámsterdam en 1981 donde vivió hasta los tres años- y por la formación técnica: trabajó durante una década en el Espacio Memoria (ex ESMA), integrando el equipo de guías. Durante la pandemia empezó a trazar líneas de tiempo que la ayudaran a generar un marco que “sociológicamente estaba un poco desordenado”. Hoy, desde la capital española, asegura que “mucha gente se va linkeando su propia biografía con el entramado histórico y después sigue investigando”. 

En Buenos Aires el recorrido de la guerra civil española era un terreno poco explorado, ¿cómo fuiste organizando las distintas piezas? 

Con la experiencia del recorrido en la ESMA y de colaborar con un recorrido en Buenos Aires que hacía un amigo, planteé la duración: entre dos horas y media y tres horas. En eso ya tenía cierto oficio. Después, leí muchos libros escritos por argentinos. Uno clave es de Daniel Campione, La guerra civil española, argentina y los argentinos, y otro de Ernesto Golder, La guerra civil española y los argentinos. Y, obviamente, el libro de Paul Preston. Mucho de lo que fui modificando, incorporando y repensando tuvo que ver con las intervenciones de los visitantes que en su mayoría fueron argentinos, y más específicamente porteños. Los debates y todo lo que se generó en esos cuatro años me permitieron ampliar la información y buscar nuevos ejes. 

¿Por qué Argentina no reivindicó la solidaridad y la horizontalidad de la inmigración española de esos años?

Tiene que ver con las consecuencias de la propia GCE, si la pensamos como un proceso genocida, que buscó justamente impedir que se haga memoria. Me baso en el concepto de periodización de prácticas sociales genocidas de Daniel Feierstein. Él plantea que un genocidio, cuando es exitoso, niega la identidad de las víctimas, transfiere la culpa y también el horror y la paralización que no permiten mirar ese pasado. Eso pasó en España y se extiende a Argentina. Hay una gran parte de la clase trabajadora que puede llegar a reivindicar otros hechos históricos a nivel mundial, pero el tema de la GCE se nos ha expropiado de nuestro imaginario colectivo. A muchas personas sí les parece un tema importante, pero en el caso argentino hay mucho de la memoria familiar que lleva al interés por la guerra civil, pero no una memoria política de eso.

¿Qué experiencias/inquietudes te dejaron los recorridos de Buenos Aires?

Me generaron muchísimas ganas de seguir investigando y divulgando este periodo, pero bajo este concepto de crímenes de lesa humanidad y genocidio. Por eso estoy en Madrid. Los cuatro años de recorrido me fueron reforzando la hipótesis del genocidio, por estas lagunas en el imaginario social y la imposibilidad de patrimonializar ese periodo como parte de la historia de los y las trabajadoras. También me dejó la certeza de que hay muchísima gente que todavía, casi un siglo después, sigue con la necesidad de recomponer su historia familiar. Muchos son descendientes de republicanos exiliados y no saben por qué su familia llegó a Argentina. 

Se cumplieron 50 años de la muerte de Franco y 90 años del inicio de la GCE, ¿hay programas oficiales? ¿Hay disputas de sentido?

Algunos intelectuales, periodistas, académicos y militantes cuestionaron el tipo de actos políticos e institucionales que se hicieron al respecto. En España queda mucho por hacer. Hay una sociedad civil que está muy invisibilizada, con luchas cotidianas que no impactan como deberían porque lo que falta es una voluntad política para hacer verdaderas políticas de memoria. En este momento, por ejemplo, con el avance de la extrema derecha y con los gobiernos de coalición entre Partido Popular y Vox en algunas comunidades se vulnera permanentemente la memoria de las víctimas. Incluso se habilita con los discursos de odio la profanación de lugares de memoria. En Madrid esta misma semana se profanó la tapia del cementerio donde está la placa de Las Trece Rosas, como parte de una amenaza a una periodista de izquierdas que se llama Sara Santaolalla. O sea que fue un dos por uno. 

Hay muchísima gente que todavía, casi un siglo después, sigue con la necesidad de recomponer su historia familiar. Muchos son descendientes de republicanos exiliados y no saben por qué su familia llegó a Argentina.

¿Cómo fue llegar y diagramar la Ruta histórica en Madrid?

Fue menos dificultoso de lo que esperaba, porque lo que me interesa no eran tanto los puntos históricos de la ciudad, sino trabajar mucho los conceptos teóricos. Como socióloga, busco explicar que esto no fue una guerra entre hermanos, sino que fueron crímenes de lesa humanidad y genocidio, tal cual lo dice la querella argentina. Entonces, lo que hice fue reorganizar un guión y buscar puntos que no fueran muy lejanos entre sí en el centro de Madrid.

Elegí una fuente original de la República Española de 1934, que es la fuente de Cabestreros, en el barrio de Lavapiés, y luego hay nueve paradas que finalizan en Puerta del Sol, donde está la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid, pero que funcionó como la Dirección General de Seguridad, un lugar de detención, de tortura y en muchos casos de exterminio durante el franquismo. Hace dos meses el gobierno nacional instó a la Comunidad de Madrid, mediante el boletín oficial, a que pusiera una placa señalando este lugar como espacio de memoria, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, recurrió esa orden. En este momento hay una disputa jurídica y eso impacta en la sociedad civil.

¿Sentís que el recorrido funciona como una forma de reparación histórica para familiares?

Totalmente. Quizás es osado decirlo: mucha gente va linkeando su propia biografía con el entramado histórico y después sigue investigando. El recorrido funciona como una punta de ovillo de donde la gente va tirando y termina acercándose un poco más a su propia historia familiar. 

Hay otra cuestión: un linaje que atraviesa varias generaciones a los dos lados del Atlántico, porque muchos de los que emigraron a Argentina por el franquismo después sufrieron la represión en Argentina. Por ejemplo, el caso de la familia Pujadas. Mariano fue asesinado en la masacre de Trelew, pero él había nacido en Barcelona y toda la familia viajó a la Argentina escapando de la dictadura franquista. También el caso de Mercedes Colás de Meroño, que fue vicepresidenta de Madres de Plaza de Mayo. Ella tenía a su hija Alicia desaparecida, pero había sufrido el franquismo en carne propia. Nació en Argentina, pero como el padre era anarquista, cuando se produjo el golpe de Uriburu volvieron a España. Y cuando Franco dio el golpe de estado, fusilaron a su papá y a ella la raparon a cero con 11 años. 

¿Qué diferencias hay en cuanto a la recepción en cada país?

Pensaba que iba a ser muy difícil en España, pero en Madrid más, y me sorprendió muy gratamente porque tiene mucho más éxito de lo que pensaba. Eso demuestra que por más que el genocidio logró paralizar a gran parte de la ciudadanía, de la clase trabajadora, también hay una resistencia y una intención de seguir indagando y profundizando en esa parte de la historia. 

¿Podés elegir una esquina o rincón de Buenos Aires y otra de Madrid representativas de tus recorridos?

En Buenos Aires, la esquina de la hispanidad, en Avenida de Mayo y Salta. Ahí se agarraban a los tortazos, a las piñas, se tiraban con cosas los que estaban en el bar El Español y los del bar Iberia. Ahora solo existe el bar Iberia. En Iberia paraban los que defendían a la República Española; y en El Español los que apoyaban el golpe de Estado. 

¿Y en Madrid? 

El último punto, que es la Puerta del Sol, donde funcionó la Dirección General de Seguridad prácticamente durante todo el franquismo. Por ahí pasaron muchísimos militantes políticos, se practicaron interrogatorios bajo tortura, se produjeron asesinatos, violencia sexual. Está en el medio del entramado urbano, igual que la ESMA. Eso otiene que ver con una lógica de terrorismo de Estado, que se buscó no solamente eliminar físicamente a determinados militantes políticos, sino emitir un mensaje hacia todo el conjunto social. Que esté en un espacio de circulación de la sociedad civil no es una casualidad. 

 

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