Argentina / 19 agosto 2026

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Fuera del búnker: un nuevo ciclo de desguace argentino

De la convertibilidad de los ’90 a la desindustrialización actual. Una mirada sobre la Argentina que cambia el bienestar social y la democracia por los caprichos del poder tecnológico global.

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En los ’90, mientras estudiaba en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, trabajaba de cadete en una oficina. Mis jefes eran tan buenas personas como excelentes profesionales. Aprendí mucho de ellos, pero en una cosa sí que no estábamos de acuerdo: ellos estaban entusiasmados con el neoliberalismo menemista y la convertibilidad, yo tenía mis serias dudas sobre sus consecuencias a mediano plazo. Su optimismo tenía razón de ser, al estudio contable le iba muy bien; tenía importantes ganancias, trabajaban como síndicos en concursos y quiebras. A mí, joven veinteañero que de alguna manera disfrutaba de esa bonanza, me parecía que, si el negocio era que las empresas quiebren, algo no andaba bien en el país y mi futuro se iba a ver afectado por ello.

Tan equivocado no estaba, comenzando el nuevo milenio me gradué en medio de la peor crisis económica y laboral del país. Claro que mi acierto no me dio ninguna satisfacción, como tantos otros, entre el desempleo, la angustia y la bronca, tuve que comenzar de cero otra vez. Por suerte, Argentina emprendió luego un nuevo ciclo de desarrollo -no exento de problemas e injusticias, sin dudas- con algunos consensos claros sobre democracia, derechos humanos, ciencia y tecnologías nacionales. Esos consensos terminaron de quebrarse con la asunción de Javier Milei a la presidencia de la nación. Como en aquellos años, los cierres de industrias han aumentado, el uso de capacidad instalada cayó por debajo del 60%, con sectores como el textil, el caucho y la automotriz por debajo del 50%; los trabajos formales se vuelven una rareza y rebuscárselas en empleos de plataforma se convirtió en un salvavidas que apenas te mantiene a flote. 

Y mientras las familias se endeudan, una noticia sobre la compra de miles de hectáreas en la cordillera mendocina se vuelve estremecedora. Se trata de tecnomagnates de Silicon Valley que proyectan construir un búnker para hacer frente a los riesgos de escenarios bélicos y catástrofes climáticas. La realidad siempre ha mostrado postales contrastantes, hoy nos encontramos entre la desesperación cotidiana de llegar a fin de mes y los futuros distópicos de quienes han acumulado más poder que razonabilidad.

Y mientras las familias se endeudan, una noticia sobre la compra de miles de hectáreas en la cordillera mendocina se vuelve estremecedora. Se trata de tecnomagnates de Silicon Valley que proyectan construir un búnker para hacer frente a los riesgos de escenarios bélicos y catástrofes climáticas.

Parece que el negocio de Argentina ya no es intentar desarrollarse industrialmente sino vender territorios para que los tecnomagnates puedan tener una vía de escape si todo se va al cuerno. El problema va más allá del clamor de soberanía. Si los grupos más poderosos del mundo pueden sentirse a resguardo de las guerras y del cambio climático, pueden sentirse también más impulsados a jugar con fuego. Tienen un plan B a la hora de alentar los conflictos internacionales defendiendo sus intereses geopolíticos. Se sienten a salvo de las amenazas del Antropoceno como para despreocuparse por las consecuencias ecológicas de sus presiones planetarias. Es decir, nos arrastran hacia la profecía autocumplida.

Los líderes políticos han tomado la postura de no oponerse a los caprichos de los depredadores, como llama Giuliano da Empoli, en su último libro, a los actuales líderes de las empresas tecnológicas. Quizá con la esperanza de encontrar un lugar en su paraíso, aun cuando ese paraíso parece no incluir a la mayoría de nosotros. Es perturbador ver a la élite del planeta derrochando su voluntad de poder en optimismos tecnológicos a la vez que dan paso a pesadillas conspiranoicas propias de las películas apocalípticas de Hollywood. Entre tanto, políticos como Trump, Milei o Bolsonaro “ofrecen a los conquistadores digitales los territorios que gobiernan como un laboratorio, para que desplieguen en ellos su visión del futuro sin que se interpongan leyes o derechos de otros tiempos… territorios que se precipitan hacia un futuro posthumano sin la menor protección”.

Se dice que la tecnología es la solución a los problemas sociales, pero nunca ha quedado tan claro como ahora que solo resuelve los problemas de aquellos sectores que tienen el poder suficiente para movilizar recursos financieros y técnicos detrás de sus estrategias de reproducción de ganancias. Para los actuales tecnomagnates la tecnología es el único fin, por sobre la democracia o el bienestar social. Al resto de la sociedad queda amoldarse, salvo que logre consensuar una contraestrategia integradora. De lo contrario, si algo falla, deberá afrontar lo que venga, fuera del búnker.

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