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Rescatando a mi querido adversario

Ante la incapacidad de seducir con proyectos, la política recurre a inventar enemigos absolutos. Esta peligrosa estrategia rompe los lazos sociales y erosiona los cimientos de la convivencia democrática.

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La imagen es una ilustración de carácter satírico y político que representa la polarización social, la manipulación mediática y la división entre la sociedad civil y las fuerzas de seguridad.

Hoy los problemas cotidianos demandan debates complejos, pero una tendencia inquietante domina el horizonte: donde hay demasiados adversarios parece necesario conseguir más enemigos, y si no se consiguen será cuestión de inventarlos. El conflicto como articulador y motor de la política no solo es central sino que también nos lleva a pensar que pretender una política desprovista de conflictos y antagonismos es una ilusión infructuosa que abre el camino a la consolidación de discursos autoritarios. El desacuerdo no solo es inevitable, sino necesario para la dinámica democrática. Pero qué pasa cuando parte de ese conflicto que sustenta en narrativas que cada vez se alejan más de alguna realidad, cuando todo puede ser un intento de golpe de Estado menos un intento de golpe de Estado, cuando cualquier situación puede ser un delito de lesa humanidad menos un delito de lesa humanidad, y así podríamos seguir con muchos ejemplos más. Ante la dificultad cada vez mayor de seducir con propuestas e ideas a la sociedad, parece que la idea de nuevos enemigos —sustentados en clásicos adversarios o en nuevas creaciones ilusorias— parecería ser una marca de época. De este modo, comienza a asomar con alguna luz de claridad una lógica: si una fuerza política no puede convocar desde la seducción de un proyecto, buscará disciplinar desde el temor al colapso.

La creación de enemigos, que como tales son plausibles de ser eliminados, prepara el terreno para la imposición de un único discurso que puede terminar rompiendo las ya tensionadas democracias actuales. Para adjudicar características ilusorias a estos enemigos, es necesario que queden asociadas a identidades políticas y sociales identificables en la sociedad, tienen que ser identidades que provoquen reacciones negativas. En este sentido, toda identidad implica en su propia dinámica la existencia de una alteridad; no hay identidad si no hay un otro. Ese contrapunto es el terreno sobre el cual se edifican los discursos, las alianzas colectivas y las disputas por la hegemonía. En una democracia, ese otro que desde la política en muchos casos es un adversario es quien, de alguna manera, permite construir las acciones políticas. El adversario es aquel con quien se combate por el rumbo de la sociedad, pero cuya legitimidad para existir y disputar el poder es reconocida. La estrategia de inventar identidades para fortalecer una propia y permitir justificar todo en nombre de esa identidad inventada se muestra por momentos bastante transparente. Esa misma transparencia con la que se exhiben cada vez con mayor presencia en el espacio público los discursos antidemocráticos. 

Reconocer que la identidad es una construcción implica desmantelar los estereotipos con los que se intenta demonizar la alteridad.

Parte del drama contemporáneo surge y se consolida cuando la política despoja al adversario de su estatus de interlocutor legítimo y lo transforma en un enemigo absoluto. Ya no hay adversario, sino enemigos, pero ni siquiera enemigos con características reales. Para peor, con características en muchos casos hasta inverosímiles. Cuando ese otro no es reconocido como un otro válido, los caminos al autoritarismo se abren y la democracia y los derechos humanos comienzan a crujir. De aquí que los “zurdos”, por ejemplo, son capaces de todo se llevar adelante cualquier acto de crueldad con o sin sentido y no son reconocidos como actores políticos sino como una identidad en la cual reencarna la maldad del mundo. En los últimos tiempos, desde los sectores libertarios también se puede ver una nueva obsesión con el Islam, en una copia burda, simplista y descontextualizada de lo que dicen los sectores de la ultraderecha europea y, en algunos casos, hasta exagerando esas posturas. La idea que acarrea la islamofobia de muchos sectores libertarios, propone poner a quienes profesan la religión musulmana como potenciales invasores, asesinos y destructores de unos valores occidentales que nunca quedan del todo claro que representa.

En el año 1998, el escritor y ensayista Amin Maalouf, nacido en Beirut y que desde hace más de cuarenta años vive en Francia, escribió un libro llamado Identidades asesinas. Allí advierte sobre los peligros de reducir la pertenencia de una persona o colectivo a un solo rasgo determinante. Maalouf explica con precisión y talento que cuando se hace el ejercicio forzoso de asociar a una comunidad a que se defina bajo una sola categoría exclusiva —por ejemplo, al suponer que si solo son musulmanes no tienen puntos de contacto con lo no musulmán— se destruyen deliberadamente los puentes y lazos de convivencia y coincidencia con el resto de la sociedad. Así es como se abre el camino para que un sector de la sociedad con una identidad determinada sea presentado como portador de una identidad peligrosa, o en su máxima potencialidad ilusoria “asesina”. La ruptura de los lazos sociales y la pérdida del sentido de comunidad son pasos esenciales para la imposición del autoritarismo. Por momentos, ante la adjudicación de características que se presentan a niveles casi metafísicos, se tiene la sensación que ya ni siquiera son identidades colectivas, sino apariencias caricaturizadas que en un contexto menos trágico que el actual podría hasta despertar alguna sonrisa. Pero no, estos no son tiempos de sonrisas, son tiempos donde la incomodidad ante la realidad tiene que ser uno de los motores de la defensa de la democracia y los derechos humanos. Si como cantan algunos, la apariencia le ganó a la identidad, esa acción aplasta y simplifica la densidad de una identidad y la alteridad queda reducida a una amenaza. Se inventa ese enemigo identitario para justificar su eliminación, en una operación destruye el corazón mismo de la convivencia y básicamente de la democracia.

La idea de una sociedad sin alteridades y sin antagonismos, no solo es tan ilusoria como otra idea negadora del bien común como lo es el “anarcocapitalismo” (el simple uso del prefijo anarco asociado a una idea tan nefasta merece un pedido de perdón a Bakunin, Proudhon, Kropotkin, Malatesta y algunos otros), sino que también es socialmente autodestructiva a partir de una lógica de erradicación: la creencia de que si una identidad es el enemigo y puede ser eliminada, el «nosotros» saldrá victorioso y cohesionado. Esta idea deja de lado que la identidad se constituye dialécticamente en el vínculo con la alteridad, al eliminar al otro se rompe la alteridad identitaria que es parte central de la vida en sociedad. Sin un “otro” reconocido como par, la propia identidad colectiva se desmorona. En este sentido, no se detiene todo en el grupo perseguido: se rompen los derechos de ellos, pero también los del nosotros. Es por ello que uno de los trasfondos que estas ideas traen es la ruptura de la sociedad y la desestimación del bien común. 

Frente a estos contextos, el desafío urgente consiste en pensar los (no) límites en la construcción de la vida pública, del bien común y la vida en una sociedad democrática. Aceptar como partes de una totalidad plural exige asumir que el conflicto no se resuelve anulando la diferencia, sino fortaleciendo la democracia y canalizando en sus instituciones y sus lógicas los antagonismos. Reconocer que la identidad es una construcción implica desmantelar los estereotipos con los que se intenta demonizar la alteridad. Recuperar al adversario y desarmar la figura del enemigo, y más aún del enemigo inventado, no es una muestra de debilidad, sino una exigencia fundamental de supervivencia democrática. 

 

*Leonardo Kordon es docente e investigador de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). También dirige la Diplomatura Ciudadanías Digitales con enfoque en Derechos Humanos de la Universidad Nacional del Comahue.

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