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“El auto-flagelo no es solo un dato del carácter nacional: tiene consecuencias”              

No somos un país de mierda (todavía) es el flamante libro del sociólogo Daniel Schteingart. Allí polemiza en torno a la grieta del ideario social respecto de dos visiones antagónicas de la Argentina. Con 4Palabras habla acerca de los riesgos en la narrativa del país fallido y la prédica del “dinamitarlo todo”.

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La imagen muestra al sociólogo y economista argentino Daniel Schteingart junto a la portada de su libro No somos un país de mierda (todavía), publicado por Siglo XXI Editores en octubre de 2026 dentro de la colección Serie Fundar.

Mejor país del mundo. País de mierda. País potencia. País invivible. No son cuatro países, es el mismo y esas son frases que decimos nosotros mismos, a veces en el mismo día. A veces en el mismo asado, en la misma conversación, con el mismo vino. Así comienza No somos un país de mierda (todavía), el libro que combina ensayo, divulgación y crónica. Nacido de una columna de opinión en Anfibia en 2017 y del hartazgo de su autor por “tirarnos siempre hacia abajo”, el texto desarrolla tres tesis a lo largo de siete capítulos que desmenuzan las generalidades del análisis en torno a las categorías de: riqueza, pobreza; desigualdad, Estado, estructura productiva; población, migración y felicidad.

Descendiente de una familia rusa que, escapando de los pogroms arribó a la Argentina  a comienzos de siglo XX, Daniel Schteingart es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, magíster en Sociología Económica y doctor en Sociología por el IDAES de la Universidad Nacional de San Martín. Actualmente se desempeña como director de Desarrollo Productivo en Fundar, centro de estudios y diseño de políticas públicas creado en 2020.

Publicado por Siglo XXI Editores, No somos un país de mierda (todavía) analiza la frustración de una sociedad que llegó a tener una de las economías más desarrolladas de la región pero en los últimos años tendió a latinoamericanizarse. Pero también se propone como herramienta para desmitificar datos que se viralizan sin ser debidamente chequeados. “Si diagnostico mal y digo ‘todo está roto’, la consecuencia de eso es básicamente que las universidades públicas estén ahora en crisis terminal. Al decir que hay que dinamitarlo todo, justificás romper las universidades, que al igual que el sistema de ciencia, más o menos andaban”, sostiene.  Con amplio espacio en la prensa hegemónica, la narrativa del país fallido recala, según el investigador, en “todas las tribus políticas en Argentina que tienen un idilio de un pasado perdido”.      

 

No somos un país de mierda surgió –como señalás en la nota de Anfibia– de una molestia personal, ¿te encontraste en algún momento en alguno de estos dos polos?

Esta suerte de electrocardiograma o taquicardia emocional creo que la tenemos todos los argentinos y me incluyo. Nos la pasamos diciendo “la puta madre, qué país de mierda” cuando vemos alguna noticia de que la Argentina involuciona y en los últimos dos mundiales pero sobre todo en el último luego de la victoria con Inglaterra nos pasamos horas mirando videos en Internet, con la argentinidad al palo o disfrutando en la calle, con la sensación de “qué orgullo este país”. Eso está en nuestro ADN, pero más allá de que todos andamos con esa taquicardia, esto yo lo medí inicialmente en 2019. La idea de país de mierda hace un poco más de eco en la población de derecha y la idea del mejor país del mundo o los discursos más nacionalistas en general son un poco más cercanos al peronismo Hice encuestas, primero pregunté mucho en redes sociales y si bien no era un dato concluyente sino orientativo, esa correlación se veía, estaba esa orientación política de las personas. Después una consultora amiga preguntó eso mismo, y el rasgo también se vio. 

Daniel Schteingart: “El libro intenta mirar al país en sus claroscuros, en sus luces y sus sombras. Lo que está roto y lo que funciona”.

¿El libro apunta a interpelar ambos sentidos contrapuestos, una suerte de grieta en el sentido común más establecido?

Totalmente. Discuto con ambas miradas porque las dos presentan problemas. Decir que Argentina es una mierda, un país fallido, marca la tendencia a no reconocer lo que medianamente funciona o lo que está bien, más allá de que tenemos la tendencia a mirar el vaso medio vacío de las cosas. No es un país en el que todo es una porquería, de ese modo tendríamos que estar en el fondo de la tabla y no lo estamos, y por otro lado la idea de que lo de afuera siempre es mejor te lleva a mostrarte en la escena internacional como con un complejo de inferioridad, una mirada donde el otro habla por vos y vos no te podes plantar. Digo en la introducción que el auto-flagelo no es solo un dato pintoresco del carácter nacional sino que tiene consecuencias, un país con la autoestima baja no va a poder encontrar una narrativa de sí; lleva a que no se pueda negociar nunca bien con los de afuera. Dicho  esto, hay otra narrativa que es  la del  “mejor país del mundo, aguante lo argento, el país potencia”, como muy acrítica con la cual muchas veces nos sentimos tentados, que tiene mayor eco en el peronismo, a tal punto que en 2022 el gobierno de Alberto Fernández hizo un spot que se llamaba Mierda, qué país, como para reírse un poco de la argentinidad. Esa mirada también tiene su contracara que te lleva por ejemplo a no poder admitir o reconocer los problemas crónicos; algo que desde el peronismo fue muy claro, esto de justificar lo injustificable; de hacer la vista gorda frente a la inestabilidad macroeconómica, ante la inflación galopante, a que la confianza de la ciudadanía en el Estado es muy baja; o a minimizar el tema de la corrupción como un tema liberal. Por otra parte, la idea de mejor país del mundo, de que todo lo argentino es mejor que lo extranjero dificulta el poder reconocer lo extranjero que sea mejor que lo nuestro; y te lleva a un proteccionismo bobo que te lleva a pagar la misma calidad, tres o cuatro veces más. Las dos miradas intentan mirar el país pero ninguna lo ve, lo caricaturizan. El libro intenta mirarlo en sus claroscuros, en sus luces y sus sombras. Lo que está roto y lo que funciona. 

 

¿El “todavía” del título es una advertencia de que en caso de continuar el descenso en la tabla terminaremos siendo ese país de mierda del que tanto nos quejamos?

Cuando miras la foto, Argentina es todavía un país de la mitad de la tabla para arriba. En casi cualquier indicador de desarrollo; esperanza de vida, años de escolarización de la población, felicidad; PBI per cápita; calidad democrática, tolerancia cívica; la Argentina es un país que está mejor que la media mundial y la regional. De 200 países está siempre arriba del puesto cien dependiendo la métrica. Eso por un lado, La columna original que escribí en Anfibia en 2017 era en un contexto mejor de país (20% de poder adquisitivo más alto, 7 puntos menos de pobreza) pero al margen  de ello, la tesis de No somos un país de mierda, todavía sigue aplicando a pesar del deterioro reciente. Otra tesis del libro, contrariamente a la narrativa de que todo tiempo pasado fue mejor, también señala que eso es erróneo. 

 

¿En qué sentido?

Hay muchos indicadores al respecto.  Argentina vive –a pesar del recorrido errático, lento, discontinuo– en líneas generales mejor que hace cincuenta o cien años: vivimos más años que nunca; la mortalidad infantil es la más baja de la historia; los homicidios son los menores de la historia; nos fuimos volviendo más ricos, contrario a lo que se cree; en comparación con principios de siglo XX, nos fuimos volviendo más altos, la brecha de género se ha ido revirtiendo; vivimos menos hacinados que nunca, etc. Esa es la segunda tesis: un país que progresó, lento, errático, pero progresó al fin. Ahora, la tercera es la parte más triste. Aún cuando hemos progresado algunos países que venían detrás nuestro lo han hecho tanto más rápido y tanto más sostenido que nos fueron pasando en los rankings  de desarrollo de casi cualquier cosa. Países que gran parte del siglo XX estuvieron detrás nuestro ahora están adelante. No es que hayamos retrocedido sino que avanzamos muy lento. Lo que viene sucediendo es que Argentina va cayendo en los rankings y se va convirtiendo en una economía irrelevante. Llegó a ser la economía 11 del mundo y está en el número 30 en su peso económico global. Si la tendencia sigue Argentina va a acercarse más a la mitad de tabla por debajo y vamos a empezar a pelear el descenso. De ahí viene “todavía”. Hasta bien entrado el siglo XX, estábamos entre los 20 primeros países tomando indicadores como educación, esperanza de vida, eso luego fue cayendo; dependiendo las variables que se tomen, se ven los puntos de inflexión. Por ejemplo, en educación y salud no es que Argentina haya empeorado, pero sí nos fuimos cayendo. Si la tendencia sigue, ahí si vamos a estar en el pelotón de abajo.                          

 

¿Hay una vinculación entre el discurso de “país de mierda”, el “dinamitemos todo” y el triunfo de Milei siendo que hizo campaña alegando que era el topo dentro del Estado que venía a destruirlo todo? 

Sí, de hecho hablo de eso. Eso caló muy hondo; ahora como es gobierno, hay en Milei una cierta narrativa del orgullo argentino, se ve con lo de Malvinas, vamos a ser una potencia, pero en campaña se la pasaba diciendo “que país de mierda, esto es invivible”. Hay un cierto giro. Pero claro, siendo presidente de la Nación, tenés que mostrar orgullo por el país. Pero está lleno de testimonios suyos diciendo Argentina, qué país de mierda, hay que romperlo todo. Pero la idea de que nada funciona caló hondo porque básicamente la economía en las últimas décadas creció muy poco y en la década previa a Milei tuvo un retroceso en términos absolutos. En el muy largo plazo, Argentina ha tendido a mejorar sus condiciones de vida. Pero eso cambió, el punto de inflexión puede ser 2011/13/15/17 hay un retroceso en las condiciones de vida, en muchos indicadores; el salario real cayó, la pobreza por ingreso subió, una inflación galopante, la economía casi no creció, el mercado laboral se precarizó (desde 2015 particularmente), viene subiendo el empleo informal y los cuentapropistas. No se puede entender el triunfo de Milei sin tener en cuenta eso, veníamos de dos gobiernos seguidos con una baja del salario real y si bien no subió el desempleo (de hecho con Alberto Fernández tocó su mínimo en mucho tiempo), el empleo que se generaba era bastante frágil. La narrativa de país de mierda o el país que está roto caló muy hondo producto de muchos años de deterioro en las condiciones de vida en una sociedad como la argentina donde hay una memoria y una tradición de querer vivir bien. La intervención del libro apunta a entender que claramente hay muchas cosas que resolver. Hay un capítulo sobre la felicidad, esperanzador, Argentina es bastante feliz a pesar de todo, hay algo de los lazos sociales muy fuertes. La lógica no es perder lo que funciona sino hacer un retrato sorpresivo de la Argentina, país llamativamente feliz. 

 

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