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En el país de los campeones del mundo, el poder es humano: fútbol y resistencia en el club Los Vázquez
Con el eco de las hazañas mundialistas, el club "Los Vázquez"de Tucumán resiste como un pulmón comunitario indispensable. Construido sobre un antiguo basural por familias de carreros y jóvenes en proceso de recuperación de las adicciones, el espacio gambetea el freno a la obra pública nacional para demostrar que, en el subsuelo de la patria, el fútbol y la organización colectiva siguen siendo el refugio donde se siembra el futuro.
- julio 10, 2026
- Lectura: 7 minutos
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Es sábado a media mañana. Unas cumbias lejanas y trasnochadas sonorizan junto al relinche de algunos caballos que tiran de carros, cloqueos de gallinas y algunos oink-oink de unos chanchitos vecinos. Un predio, con un salón casi por terminarse, va a oficiar de canchita dentro de unos minutos. Los gritos de niños, niñas y adolescentes correteando tras la pelota van a componer en primer plano el paisaje sonoro de este barrio periférico de la ciudad de San Miguel de Tucumán. Estamos a quince minutos del centro, entre la Autopista Sur y el Río Salí, uno de los sistemas hídricos más importantes del noroeste argentino y, a la vez, de los más contaminados. Para llegar hay que esquivar baches y géiseres de afluentes cloacales en otros barrios de la capital.
Mientras sigue girando la pelota en el Mundial y la selección argentina avanza de fase en partidos épicos, en Tucumán un club de carreros espera que sus goles sean en arcos de verdad cuando por fin se inaugure oficialmente el club social, cultural y deportivo “Los Vázquez”, erigido sobre lo que hace 12 años era un basural.
“Es un club muy importante para la comunidad, un proyecto que tiene más de diez años, tiene personería jurídica desde el año 2023, pero fue construido por los vecinos, las vecinas y principalmente por los jóvenes del grupo”, cuenta entre el griterío de los pibitos y el bullicio constante de los animales, el abogado del club Diego Rodríguez, uno de los impulsores y profesionales que acompañan el proyecto. Con esperanza nos fortalecemos, es el nombre del grupo de jóvenes recuperados de las adicciones y en proceso de recuperación, que cuentan con acompañamiento de la Dirección de Asistencia y la Secretaría de Adicciones de la provincia de Tucumán, a cargo de la dirección de Emilio Mustafá. “El objetivo más inmediato sería poder poner en funcionamiento pleno acá el SUM; pero había un financiamiento por parte del Banco Mundial que cuando asumió el gobierno de Milei y, pese a que los fondos ya estaban asignados, se detuvo, se paró, quedó una obra prácticamente al 40 o 50%”, agrega repasando los últimos escollos. “A partir también de aportes de la Secretaría de Adicciones y la colaboración de muchos amigos y amigas, se pudo avanzar”, agrega Víctor Guerra, presidente del club, de mirada sobria, habla pausada, claridad y precisión. Vecino del barrio y parte del dispositivo.
La idea no es que solamente los jóvenes jueguen al fútbol. El espacio funciona como un verdadero pulmón comunitario para las 300 familias que habitan el barrio, por lo que, finalizado el SUM, hay proyectos en agenda como un preacuerdo con el Ministerio de Educación, donde los adultos mayores puedan terminar la secundaria. También ya funcionan talleres de costura para los y las vecinas que llevan a sus hijos a patear la pelota un rato. Desde allí se hicieron barbijos durante la pandemia y la idea es terminar los uniformes del club. El objetivo es cultural, en un contexto en donde el gobierno nacional atenta contra los clubes de barrio ponderando las sociedades anónimas deportivas (SAD). “Es un lugar fundamental para que los chicos no estén en la calle, estén acá, estén libres y fuera de todo lo que tienen que ver las adicciones, la droga y toda esa porquería”, cuenta Víctor, mientras esquiva un pelotazo.
Habitar las tensiones y contradicciones es un ejercicio necesario para quienes se animen a patear los barrios de la no tan periferia tucumana. El escudo del club es inconfundible. Los colores verde, negro y blanco fueron elegidos por los pibes y familias en asambleas. Pero lo que realmente los identifica es el dibujo de un carro, un humano arriba y un caballo tirándolo. “Es parte de nuestra identidad, los vecinos de aquí laburan como carreros”, comenta orgulloso Víctor. La economía popular por estos lares se mantuvo en la precariedad y el laburo de los vecinos es orgullo. En 2024 la legislatura tucumana sacó una ley —que iba a cumplirse con un plazo de un año desde su promulgación— que preveía “la sustitución de vehículos, la reconversión laboral de los usuarios y campañas de concientización sobre el cuidado de animales”. No hace falta llegar hasta Los Vázquez para ver que la aplicación no existe, ni la preocupación real por los animales. Menos por las familias que salen a ganarse el mango en tiempos de transición energética, super-RIGI y startups.
El escudo del club es inconfundible. Los colores verde, negro y blanco fueron elegidos por los pibes y familias en asambleas. Pero lo que realmente los identifica es el dibujo de un carro, un humano arriba y un caballo tirándolo. “Es parte de nuestra identidad, los vecinos de aquí laburan como carreros”, comenta orgulloso Víctor Guerra.
Abel Nassif, magíster en psicología y becario del CONICET, viene investigando en estos territorios desde la fundación Ibatín, que trabaja sobre los límites interjurisdiccionales de Tucumán. Consultado sobre la fragmentación del “tejido social” en este momento de coyuntura política neoliberal, introduce el concepto de “tejido barrial”: “Tras la crisis del 2001 y con la llegada de un gobierno con políticas que impulsaban el bienestar comunitario en el 2003, diferentes actores (del Estado y civiles) relacionados a las prácticas de salud, educación, desarrollo social y urbanismo se insertaron en el tejido barrial, favoreciendo las capacidades de organización comunitaria de la población. Es así que el club es resultado de los vínculos que se fueron costurando a lo largo de los años entre jóvenes (ya no tan jóvenes) de la comunidad y jóvenes (quizás señores ya) que se fueron insertando en la comunidad a través de diferentes dispositivos, como por ejemplo el grupo terapéutico que fue antesala de la organización de la comisión directiva del club”.
Las construcciones, las cosas, los procesos llevan tiempo. Es algo que queda a la luz de las victorias futbolísticas de la selección argentina. La Scaloneta supo jugar con el tiempo a su favor (hoy ningún periodista deportivo resiste su propio archivo) y sigue cosechando victorias emotivas. Más allá de los laureles, han sabido construir un equipo, una identidad, una identificación que tracciona con el sentir popular. Lo vemos en la emoción y hasta el llanto de sus figuras mundiales. Lo vemos en los festejos en las calles de pueblos y ciudades argentinas. A pesar de los tiempos políticos, el sentimiento popular nunca deja de ser un motivo de festividad, a pesar de las represiones que los gobiernos nacionales y provinciales (especialmente el tucumano) han llevado a cabo en momentos de algarabía y a la vez de luto, como la muerte del Indio Solari.
El fútbol es tiempo y espacio. Posiblemente el que mejor lo entendió, fue el negrito que jugaba casi parado con la 10 de Boca y tiempo después corrió al macrismo del club. Les sacó su primera y más preciada caja. “Poder es que la gente te quiera”, dijo después de ganar por goleada las últimas elecciones. Aun cuando el tiempo y el espacio no abundan, en Los Vázquez, como en tantos otros sitios del subsuelo de la patria, han sabido amasar la postergación al calor de las ollas populares para imaginar un futuro. Para que no haya imposibles. Han construido este proyecto para los y las pibas, con tiempo y para ganarle al tiempo. “El sueño de acá al futuro, con los chicos y con el club, y el sueño mío como presidente… y yo creo que para todos, es que el proyecto del club se pueda concretar. Tenemos muchas expectativas de que la cancha se termine, porque eso es lo que impulsa mucho a los chicos. Y el sueño más grande que tengo es ver que esto se sostenga y que los chicos puedan salir adelante y no caigan en el consumo”, señala Víctor con serenidad. Es un tipo curtido pero sus ojos no le esquivan a la emoción.
Los chicos siguen corriendo. Ahora el partido es mujeres contra varones. La mayoría de las pibas juegan descalzas. Después de un tremendo planchazo, el profe cobra penal para las chicas. Los muchachos protestan, pero sobreactuando. Después de unas risas entre todos, el tumulto se disipa y una de las pibas agarra la pelota para patear el penal. El arquero mira a los palos improvisados con zapatillas y abrigos, tratando de intimidar a su rival. Detrás desciende sobre una loma/montaña de lo que fue otra parte del basural, un vecino acarreando unas vacas. Una madre ceba un mate. Otra madre, con un nene en brazos registra con un celular. Un vecino se acerca al cerco de maderas de palets, esquivando a los chanchitos. El tiempo se detiene y este espacio, en el país de campeones del mundo, es poder humano. Aquí la gente se quiere.
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