Apertura y dumping: combatiendo a la inflación
Sin marco de competencia perdemos industrias y perderemos poder como consumidores. Vamos de industria versus campo a nacional ineficiente versus global imperialista. La apertura comercial requiere que el Estado garantice el andamiaje que permite la competitividad de las empresas nacionales. El dumping: un capítulo crítico. ¿A qué apunta la estrategia económica oficial?
- febrero 2, 2026
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El dilema de la estructura económica Argentina suma un nuevo capítulo. Cuando creíamos ir superando el histórico industria versus campo, ahora tenemos nacional ineficiente versus global imperialista propiciado por el mismo gobierno con el diseño anacrónico de ganar-perder.
La apertura económica es sana para una economía. Permite aprovechar ventajas comparativas de otras economías mientras se explotan y desarrollan las propias. Esta dinámica tiene sentido cuando las ventajas competitivas están alineadas o dicho de otra forma, cuando las oportunidades son parejas para todos.
Las empresas argentinas, como cualquier empresa del mundo, cuentan con un nivel de productividad microeconómico al cual, para competir frente al mundo, deben sumar las condiciones del contexto o de la estructura macro. En estas últimas se destacan la infraestructura (rutas y caminos), el costo del crédito (riesgo país), agilidad normativa (leyes modernas pero además inteligentes) y nivel de tipo de cambio. Poco inteligente resultaría abandonar la industrialización de sectores con igual competitividad microeconómica que el resto de los socios comerciales por falta de adecuación de la estructura económica, para jugar el partido global. Mejorar la competitividad del andamiaje que contiene a las empresas es una responsabilidad del Estado y una condición necesaria para la apertura comercial.
El gobierno invirtió peligrosamente la secuencia de integración económica global motivado en cumplir, paradójicamente, con un objetivo de política económica interna. Decidió hacer una apertura violenta (y a las apuradas) de importaciones para bajar la inflación (objetivo interno) sin importarle los grados de integración de las cadenas de valor de los diferentes sectores.
Aunque no de todos los sectores. Paradójicamente dejó el corral intacto y cerrado, por ejemplo, de vacunas bovinas (aftosa) al no autorizar la importación de variantes de Brasil. Un sector, el de la producción de carne vacuna, que viene rezagado en volúmenes y mercados desde los años 80’. De los que más invierte en nuevas tecnologías y que se sumó al cambio de paradigma productivo de la terminación o encierre (feedlots) siguiendo tendencias globales y donde el país tiene ventajas comparativas. Stalinismo de amigos.
Microeconómicamente, la mayoría de las industrias argentinas son tan productivas como muchas de sus contrapartes globales, especialmente en lo que respecta a la pequeña y mediana escala. Sin embargo, esta competitividad se pierde en el trayecto que va desde la salida de la fábrica hasta que el producto llega al consumidor final. Esto ocurre por los motivos estructurales mencionados anteriormente: el costo financiero derivado del riesgo país, los costos logísticos y la elevada presión impositiva.
El gobierno invirtió peligrosamente la secuencia de integración económica global motivado en cumplir, paradójicamente, con un objetivo de política económica interna. Decidió hacer una apertura violenta y a las apuradas de importaciones para bajar la inflación (objetivo interno) sin importarle los grados de integración de las cadenas de valor de los diferentes sectores.
Por lo tanto, sostener que la industria local es inherentemente ineficiente es un argumento falaz. Resulta imperioso que la actualización de la estructura económica argentina, orientada a resolver estos problemas de competitividad, se realice de manera previa o —en su defecto— en paralelo a una apertura generalizada de las importaciones. Si se opta por una apertura, esta debería ser secuencial, comenzando por los sectores ya productivos y moderando el proceso en aquellos que aún no lo son, manteniendo un espíritu similar al del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur.
Un segundo capítulo crítico es el dumping, definido como la venta de productos por debajo de su costo de producción. Este fenómeno responde básicamente a dos estrategias comerciales. Por un lado, excesos de stock mundial: productos que se ofrecen a precios inferiores al costo para no interrumpir el flujo productivo de las grandes potencias; y por otro subsidios estatales: intervenciones de otros Estados en su cadena productiva que distorsionan el costo estándar global.
A pesar de ser estrategias ilegales y no éticas, el dumping es insostenible a largo plazo, ya que conduciría a la quiebra de las empresas o a un déficit estatal insoportable. No obstante, se puede incurrir en la falacia de generar una falsa sustitución de importaciones de bienes manufacturados en el corto plazo. El riesgo real es que, a través del dumping, las compañías extranjeras se apoderen de los mercados, creando estructuras monopolizadas u oligopolizadas que luego recomponen sus márgenes aumentando los precios. La consecuencia final sería un mercado sin industria nacional y con una oferta importada a los mismos valores que antes permitía la estructura económica argentina.
Finalmente, observando la dinámica actual del equipo económico —donde se invierte la secuencia lógica al priorizar una apertura total de importaciones antes que la mejora de la estructura económica— y al advertir la permeabilidad ante las estrategias de dumping global, las intenciones del gobierno parecen apuntar más a un control de corto plazo del proceso inflacionario que a un rediseño o modernización de la estructura económica argentina.
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