Argentina / 21 octubre 2026

temperature icon 18°C
Edit Template

Ahora nadie va a quemar nuestras banderas

Con orejas de conejo, máscara antigás y el agua de un camión hidrante empujándola con furia, sostuvo el caño de la bandera argentina frente al Congreso. La postal se convirtió en el símbolo de la resistencia.

Compartir:

Compartir:

images

Las redes eran una parodia del mítico inicio de Superman: ¿es un pibe?, no, ¿es una chica?, no, ¿es un travesti? No, es una piba queer. Sola, sosteniendo fuerte con ambas manos el caño arqueado de una bandera argentina que flameaba bajo la presión del agua que lanzaba un camión hidrante. De fondo, el Congreso de la Nación se yergue solemne y republicano, esfumado tras la cortina de agua.

Ese jueves, la 5ta Marcha Federal Universitaria reclamaba al gobierno cumplir con la Ley de Financiamiento Universitario y los dictámenes de la justicia. La manifestación fue masiva, la represión despiadada. Al folklore de la puja política no le faltaron infiltrados para generar disturbios que legitimen el accionar policial. Esos encapuchados que todos ven y que ningún efectivo detiene. Presente, también, una característica del accionar represivo de este gobierno, apuntar a los fotógrafos y periodistas.

En el Congreso, el oficialismo y sus aliados provinciales impidieron el quórum para debatir el decreto 70/23. Escondidos tras cortinados, las fuerzas del cielo se mofaban de la derrota de los diputados de la oposición. Para las fuerzas de la calle, violencia represiva, y allí estaba aquella piba queer: zapatillas livianas de lona sin cordones, media red en una sola pierna, falda de volado con dos rayas bordeando el ruedo, una ajustada y escotada camiseta a rayas horizontales, máscara antigás, mochila y vincha de cotillón con orejas de conejo. Nada más inspirador que una heroína impensada.

Para las fuerzas de la calle, violencia represiva, y allí estaba aquella piba queer: zapatillas livianas de lona sin cordones, media red en una sola pierna, falda de volado con dos rayas bordeando el ruedo, una ajustada y escotada camiseta a rayas horizontales, máscara antigás, mochila y vincha de cotillón con orejas de conejo. Nada más inspirador que una heroína impensada.

En 2023, tras la victoria electoral de la ultraderecha, el fracaso de gobiernos progresistas y el retroceso de históricas reivindicaciones sociales, parecían haberse quemado todas las banderas hiladas en la resistencia al neoliberalismo de los ’90. La sensación no fue que perdió un partido político. Ya la necesidad de colocar candidatos ‘de centro’ para una sociedad conservadora y en proceso de derechización implicaba ceder en las reivindicaciones. Lo que parecía derrumbarse, entonces, era una serie de conquistas, acuerdos y consensos sobre los derechos humanos y el modelo de país que queríamos.

Parte de la culpa de esa derrota se endilgó a los feminismos y las distintas identidades sexuales; se pasaron dos pueblos -se decía-, y eso originó la reacción conservadora. Las luchas económicas y sociales entonces debían deslindarse, sacudirse los sonidos de la letra ‘e’ como debilidad femenina u homosexual, esa a la que apunta el discurso libertario cuando expresa sus ataques y festejos con metáforas de sometimiento sexual.

Y ahí está esa chica que dirán es un chico, sosteniendo la bandera argentina, de la Argentina que queremos, con oportunidades para los jóvenes, con reconocimiento para los jubilados, con educación, ciencia y tecnología, plural y diversa, rebelde e industrial, con salud y educación, comprometida con el cuidado del medio ambiente. Pese a la presión del chorro de agua, no se arrodilla. Cualquiera que haya ido a una marcha sabe el riesgo que está corriendo por estar ahí, expuesta a una bala de goma en el rostro, a una granada de gas apuntando a su cabeza, a un arresto que la tenga días o semanas deambulando por comisarías y penales.

Un general reconoce al soldado enemigo una vez terminada la batalla. Su coraje engrandece la victoria. Eso nunca sucede con la represión policial. La desigualdad entre una tropa fuertemente armada y manifestantes desarmados requiere que se los adoctrine para deshumanizar a los que marchan y sientan que están cumpliendo un destino mayor. De lo contrario, se sentirían miserables. De repente, quien se les planta es una joven queer que les gana la batalla simbólica, simplemente por mostrar más coraje con sus orejitas de conejo, que ellos. La burla de los haters libertarios no tardó en inundar las redes. Por suerte ya no estamos en tiempos de la Liga Patriótica o los Camisas Negras; solo ñoños de teclado lanzando bravuconadas misóginas y homofóbicas.

Tampoco pueden identificarse en esa imagen las frágiles masculinidades de los progresismos almidonados que machacaban las derrotas a las disidencias. Nosotros sí. El agua salvó nuestras banderas. Todos somos Lucas, nunca tan woke. 

4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: