Argentina / 26 marzo 2026

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Las arenas movedizas de la experiencia 

De la góndola del supermercado a las salas de teatro, todo se publicita como una "experiencia única". Frente a ese imperativo que busca estandarizar se cuela la pregunta: ¿lo transformador se puede transferir?

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“Sex. Viví tu experiencia” se anuncia el espectáculo llevado a escena por José María Muscari. Pero también “Nini mayorista” augura “Viví la gran experiencia…”. “Viví la experiencia Baxtter” publicita una empresa de viajes estudiantiles. “Viaja al mundial y viví la experiencia de tu vida” se lee por ahí a la vez. También “Bigbox. Experiencias únicas para regalar” o “Casino Buenos Aires. Viví tu experiencia…”, “Taller de cestería y encordado. Viví la experiencia de crear”, “Estancia Nibepo Aire, una auténtica experiencia de vida de campo…”, “Me puse botox y así fue mi experiencia”, “Navegá por el canal del Beagle y viví una experiencia única…”, “Flow Full: la experiencia completa…”. Se multiplican los hashtags de experiencias únicas, inolvidables, gastronómicas, somáticas, sonoras, auténticas, increíbles, sensoriales, sublimes, positivas, que marcan, de vida, reales, memorables, culinarias, exclusivas, mágicas, diferentes, digitales. Se venden por todos lados.

Larrosa escribió: “Experiencia es eso que me pasa”. Eso implica algo que no puede ser preparado sino que nos acontece. No puede ser previsto ni generado por propia voluntad, saber, poder o pensamientos. Eso es extraño y extranjero. Sin embargo, eso nos pasa a cada uno de nosotros. El sitio de arribo, el destino somos cada uno de nosotros. Así es como la experiencia, eso que llamamos experiencia, depende de una subjetividad, de un sujeto, y, por ende, de su singularidad. 

Para que eso acontezca debemos “abrirnos” a la experiencia, dejar que algo nos atraviese, ser sensibles y vulnerables, y estar expuestos a nuestra propia transformación, a la transformación de nuestras ideas, pensamientos, representaciones, emociones, intenciones.

“(…) sujeto de experiencia sería algo así como un territorio de paso, de pasaje, algo así como una superficie de la sensibilidad en la que lo que pasa afecta de algún modo, produce algunos afectos, inscribe algunas marcas, deja algunas huellas, algunos efectos” afirma Larrosa. 

Si la experiencia es algo transformador, entonces no sólo tiene que ver con aquello que nos atraviesa sino con lo propio, algo adviene cuando la experiencia nos atraviesa. Si eso que adviene es subjetivo y tiene relación con la propia singularidad, ¿cómo es posible ofertar experiencias, anticipar sus efectos, pre configurar al interesado y proponerle “X” resultados?

Toda la caterva de experiencias que leemos por ahí proponen, al fin y al cabo, sacarnos del tedio, darnos la posibilidad de “vivir” más allá de nuestro lugar para satisfacer un deseo que quizás ni siquiera sabemos que tenemos pero que, nos aseguran, sin eso no podremos seguir.

Por supuesto el alcance de la mercancía de la experiencia está ligado a la capacidad económica. Ninguna experiencia publicitada es gratuita, aunque no redima un costo económico per se conlleva abandonar los imperativos productivistas de nuestros tiempos, en los que estamos obligados a trabajar más de lo previsto y hasta de lo aceptable, para entrar en la rueda de consumo de experiencias.

Al tren de la caterva de experiencias suben pocos. Otros, quienes desconfiamos o tenemos una visión más escéptica de la publicidad de la experiencia, nos cuestionamos qué cosas podrían ser transaccionales en el mercadeo de las experiencias y cuáles no. Algunos hasta están advertidos del “peligro” que implica eso capaz de transformarnos.

Pero el mundo de la publicidad maneja otras hipótesis: que toda experiencia es transferible, que las experiencias acumuladas producen saber (como si ir al médico o haber padecido alguna enfermedad, por caso, nos diera el saber de la medicina o pudiéramos transferírselo a alguien), que los resultados de las experiencias son para todos iguales. Por eso podemos ver la misma obra de teatro y vivir una experiencia única todos los espectadores al mismo tiempo, en el presupuesto de que nada antes pueda habernos atravesado de esa manera; o ir a un supermercado mayorista a vivir una experiencia singular, repetible en cada uno de los clientes, pero singular por el nombre del supermercado; regalar experiencias únicas a todos por igual, únicas y repetidas, mecánicamente producidas, pero “únicas”.

Alexandra Kohan sostiene: “Pienso por caso en el amor, en el desamor, en la maternidad, en el duelo; y también en la escritura y en la lectura. Son experiencias intransferibles, incluso para uno mismo. Porque no son experiencias acumulables, no considero que haber pasado por ahí nos deje mayores enseñanzas para la próxima vez. En esos terrenos somos todos un poco torpes, un poco toscos, un poco inútiles. Y no es porque no sabemos y tendríamos que aprender, y no es porque es la primera vez, no es porque seamos inseguros, o porque tengamos baja autoestima (como suele decir el psicologismo). Sino porque esas zonas son de por sí arenas movedizas, terrenos muy poco firmes, zonas de riesgo. En ese sentido, en esos asuntos, como canta Charly García, siempre es como la primera vez”.

 

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