El discurso de Trump: ¿Es este el estado de la Unión?
Entre ataques a la Justicia y una guerra con Irán por decreto, el presidente norteamericano convirtió al Congreso en un púlpito de hostilidad. Ignoró la agenda legislativa para imponer su realidad alternativa y sembrar futuras sospechas de fraude.
- marzo 2, 2026
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Con el diario del sábado, toda evaluación crítica del discurso de Trump ante el Congreso recibió la confirmación de que al presidente el Congreso es una de tantas cosas que lo tiene sin cuidado. El lanzamiento de una guerra contra Irán es una nueva violación rampante de la cláusula constitucional que le otorga al legislativo, en exclusiva, la facultad de declararla. Ni una palabra al Congreso sobre una decisión trascendental, para adoptar la cual volvía a apropiarse de facultades ajenas.
Pero aún sin esta nueva vulneración de la carta magna, el discurso mismo del martes pasado estuvo conceptualmente en las antípodas de los principios que inspiraron a George Washington en el primer mensaje presidencial ante una sesión conjunta del Congreso, en enero de 1790. Para aquel, dirigirse a este otro poder del estado era una ocasión para rendir cuenta de sus acciones y para adelantar ideas que invitaba al Congreso a convertir en leyes. De su agenda legislativa futura, Trump no dijo casi nada.
A contramano de Washington, el actual presidente usó y abusó del bully pulpit. Descalificó reiteradamente a la oposición demócrata, en un crescendo que alcanzó su clímax cuando señaló a la mitad del hemiciclo que no lo aplaudía y sentenció: “Esa gente está loca”.
Desde el púlpito de la intimidación, también cargó contra la Corte Suprema de Justicia, cuatro de cuyos integrantes lo escuchaban sentados frente a él, prometiendo seguir adelante “por el mismo camino exitoso” de aranceles generalizados contra todos los países del mundo que su gobierno venía recorriendo hasta lo que llamó “la desafortunada intervención de la Corte Suprema”. Así se refirió al fallo que invalidó su uso de la ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA), lo que implicó la suspensión inmediata de los derechos de importación que su gobierno estuvo cobrando urbi et orbi desde abril de 2025.
Trump pintó ante el Congreso una realidad alternativa. Más allá del cherrypicking habitual en discursos de este tipo (los presidentes se detienen en los datos que los pintan bajo la mejor luz y pasan de largo las estadísticas que los hacen ver mal), Trump optó por poblar sus palabras de afirmaciones inverificables y recurrió a la mentira con total desparpajo. La estructura misma de su discurso se apoyó en aseveraciones de ese tipo, buscando dos objetivos: ponerse a cubierto del chequeo de datos y provocar a sus adversarios, abrazando ferozmente el potencial polarizante de sus dichos.
Sin embargo, a su discurso lleno de superlativos, de “mejor del mundo” y “mejor de la historia” no hay que verlo como una mera instrumentalización. El magnate presidente no busca tan sólo encolerizar a sus oponentes o siquiera mentirle a sus conciudadanos: en realidad, cree en lo que está diciendo. Lo que enuncia es recibido como una realidad alternativa, pero tiene un efecto operativo en sus políticas porque es su realidad, una en la que él cree genuinamente. Allí reside su fuerza. Así se explica su imposibilidad de acordar políticas con sus adversarios: no está en discusión el cómo, sino el qué, la materia misma de lo real.
Las descalificaciones no se limitaron a los demócratas. Por el contrario, las más crueles estuvieron dirigidas a las víctimas preferidas del actual gobierno MAGA: los inmigrantes. Por un lado, reiteró una cifra que repite frecuentemente, acusando a su predecesor Joe Biden de dejar entrar a EE.UU. a “11.888 asesinos”. Los chequeadores de datos no han podido encontrar nunca una fuente para esta afirmación que se reitera con una cifra que nunca es exactamente la misma. Por otro lado, redobló la estigmatización de quienes llamó “piratas somalíes”. La cita estaba plantada bien a propósito en su discurso: extiende a todo somalí, por su condición de tal, la responsabilidad por el fraude en las prestaciones sociales que le costaron su carrera al gobernador de Minnesota Tim Walz.
Trump se cobró parcialmente así la revancha por la derrota que las movilizaciones populares le infligieron en ese estado progresista del Medio Oeste, de donde tuvo que retirar a los parapoliciales de inmigración y control de aduanas (ICE). La discriminación por origen le sirvió también para ofender personalizadamente a la representante de ese estado Ilhan Omar, quien no se privó de recordarle a Trump los asesinatos, en Minneapolis, de Renée Good y Alex Pretti: “usted ha matado estadounidenses”, le gritó.
La pretensión de su retórica es siempre inflamatoria, pero en este caso, además, prepara el terreno para algo que cada día es más claro que Trump está planeando: denunciar fraude para no aceptar el resultado de las elecciones de medio término, si le tocara a su Partido Republicano perderlas.
Trump no se centró para nada en su agenda legislativa futura. Sin embargo, sí dedicó toda una sección de su discurso a volver a la carga con la falsa acusación de que las elecciones en el país son fraudulentas (curiosa denuncia de quien ha ganado dos comicios presidenciales) y a exigirle a los legisladores la aprobación del proyecto de ley SAVE America que debe aprobarse, según él, «antes de cualquier otra cosa». La legislación para “salvar” el país impondría nuevos requisitos para inscribirse para votar y para ejercer ese derecho. De aprobarse, la ley exigiría la presentación de un comprobante documental de ciudadanía al realizar esa inscripción y la presentación de una identificación con foto al emitir el voto. Esas medidas, que endurecen las normas vigentes y se justifican en la fábula de que los inmigrantes ilegales votan (eso no sucede), no terminan de contar siquiera con el apoyo de todos los republicanos.
Como en todo su discurso, tampoco en esta sección se preocupó el presidente por la exactitud. La pretensión es siempre inflamatoria, pero en este caso, además, prepara el terreno para algo que cada día es más claro que Trump está planeando: denunciar fraude para no aceptar el resultado de las elecciones de medio término, si le tocara a su Partido Republicano perderlas.
Trump hizo un débil intento por incluir la demanda de asequibilidad (affordability), de que los ciudadanos puedan llegar a fin de mes, hablando de supuestos logros en materia de precios de los medicamentos y de la vivienda. Sin embargo, no logró mantenerse enfocado en ello. Una encuesta que la consultora Strength In Numbers/Verasight llevó a cabo los dos días posteriores al discurso, arrimó un veredicto contundente: el 57 % de quienes respondieron vieron a Trump “principalmente centrado en otras cosas” y sólo el 30% lo sintió ocupado por “los temas que más me importan”.
La palabra presidencial no rindió cuentas acerca de la condición material de la república estadounidense. Sin embargo, la escena que presidió, con un líder atrincherado con los suyos y con munición ilimitada para herir a los contrarios, fue elocuente en retratar el estado de una Unión paradójicamente dividida, a la que arenga en la dirección de la guerra civil imaginaria que transcurre dentro de su cabeza.
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