Milei en la Asamblea Legislativa: lápida a la industria, extractivismo al palo y sumisión a Trump
El presidente propuso una refundación retrofuturista que entierra el desarrollo nacional y resucita el modelo agroexportador del siglo XIX. Los ataques a los opositores: los calificó de “parásitos” y “enemigos de los argentinos”.
- marzo 1, 2026
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Con un eco de aplausos blindados en los palcos y una escasa convocatoria en las calles, Javier Milei volvió a ocupar el centro de la escena en la Asamblea Legislativa. Lo que se escuchó no fue solo un discurso de gestión, sino un recuento en loop y algunos anuncios imprecisos. Fue una pirotecnia de estadísticas de dudosa procedencia y elementos crípticos que buscaron sostener un relato de “grandeza” nacional.
Bajo la autopercepción de padre fundador, Milei insistió en que lidera “la mayor transformación de la historia argentina”, que representa un “nuevo capítulo” que convertiría al país en el paraíso de las inversiones tras un siglo de oscuridad. Para sustentar esta épica, trazó una genealogía que salta de la mitología griega y romana, los valores judeocristianos y el estoicismo al utilitarismo político más crudo. En su diagnóstico, la Argentina previa a su llegada tenía un “Estado fallido”, un territorio de fronteras como un “colador” y calles convertidas en “baños de sangre”. Sobre ese supuesto escenario de tierra arrasada, el mandatario soltó definiciones que desafían cualquier rigor histórico, como su curiosa interpretación del fascismo como “un socialismo que renunció a la violencia”.
En un clima de interrupciones constantes y gritos cruzados, el presidente se sintió cómodo polarizando con las figuras de Cristina Kirchner –a quien condenó en diversas causas antes de cualquier fallo judicial– y Juan Domingo Perón. De forma insólita, se veía a decenas de legisladores de origen peronista aplaudiendo los insultos contra su propia identidad histórica.
Si en Davos había ajusticiado a Maquiavelo, Milei en el Congreso selló la lápida para la industria local. Propuso un retorno liso y llano a la división internacional del trabajo, con la Argentina ocupando un rol agroexportador y extractivista al palo.
Pero fue aún más allá. La retórica de Milei mutó de la confrontación política a un higienismo social que remite a finales del siglo XIX. La oposición ya no es solo un adversario, sino un “virus” de la que la sociedad se habría inoculado en las últimas elecciones. Al tratar a los críticos como “parásitos” y “enemigos de los argentinos», Milei construye un enemigo biológico para justificar su purga. En ese mismo registro, denunció un intento de golpe de Estado durante el segundo semestre de 2025, agradeciendo de modo explícito a Donald Trump por haberlo rescatado de un naufragio prematuro. Una confesión de debilidad disfrazada de alianza estratégica.
El núcleo duro de su mensaje, sin embargo, fue la sentencia de muerte al “fetiche industrialista”. Si en Davos había ajusticiado a Maquiavelo, en el Congreso selló la lápida para la industria local. Calificó de “ladrones” a los empresarios nacionales, sostuvo que los despidos en FATE fueron una “extorsión” y hasta se vanaglorió del cierre de textiles. Propuso un retorno liso y llano a la división internacional del trabajo, con la Argentina ocupando un rol agroexportador y extractivista al palo. La oferta es clara: primarización económica, entrega de recursos naturales a Occidente y una sumisión total a la agenda de Washington. En ese punto, hasta anunció la ruptura histórica de la doctrina formulada en 1902 por el canciller argentino Luis María Drago, que establecía la no intervención en los conflictos internacionales para justificar una alianza sin fisuras con los Estados Unidos.
Milei representa un retrofuturismo explícito. Para el Presidente, el futuro está en el pasado previo a la modernidad política argentina. Implica dejar atrás “un siglo olvidable”. Su proyecto no es solo una reforma impositiva o aduanera o educativa —anunciadas con vaguedad e imprecisión—, sino un viaje en el tiempo hacia el país del siglo XIX, donde el progreso se mide por la docilidad ante las potencias y la extinción definitiva del desarrollo industrial interno.
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