50 años del golpe y el genocidio: La memoria como campo de batalla
“La economía estaba dislocada en un proceso descontrolado que desembocaba en la hiperinflación, con una tasa mensual del índice de precios mayoristas del 54 % para el mes de marzo de 1976 que, aun suponiendo que no continuase el ritmo de elevación que llevaba, implicaba un nivel anualizado de 17.000 %”. (José Alfredo Martínez de Hoz, cadena nacional, 1980; y en su libro 15 años después)
- febrero 26, 2026
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Entrevistado en junio de 2024 en el canal TN por el periodista Franco Mercuriali, el presidente Javier Milei sostuvo: “en diciembre la inflación mayorista fue del 54 % mensual, equivalente a un ritmo del 17.000 % anual”.
El 2 de abril de 1976, Martínez de Hoz anunció el llamado “Programa de recuperación, saneamiento y expansión de la economía argentina”, cuyos ejes centrales fueron la caída del salario real, la apertura comercial indiscriminada, la liberalización financiera, el endeudamiento externo, el ajuste fiscal y la desindustrialización. La comparación con la política económica actual resulta evidente.
El paralelismo no es solo retórico. La reiteración casi literal de los argumentos remite a una continuidad histórica que explica por qué la ultraderecha y el neoliberalismo libran una batalla persistente contra la memoria colectiva.
La coalición que ejecutó el golpe de Estado de 1976 no irrumpió de manera intempestiva. Preparó su legitimación mediante acciones políticas y un relato amplificado por los grandes medios de comunicación. Explotó la crisis de representación, las limitaciones de la democracia y los errores del propio movimiento popular para instalar la idea de una “guerra interna”, elaborada desde décadas anteriores en las Fuerzas Armadas en el marco de la Guerra Fría y la Doctrina de la Seguridad Nacional.
La construcción del “enemigo interno” habilitó la excepcionalidad permanente y justificó la constitución del Estado como aparato represivo sistemático. Bajo esa categoría quedaron toda forma de oposición política, sindical, social o cultural. El Plan Cóndor, confirmó que se trató de una estrategia coordinada en América del Sur y liderada por EE.UU.
En la retirada del régimen, la narrativa de la guerra interna fue utilizada para intentar una autoamnistía y reducir los crímenes sistemáticos a “excesos”. Ya en democracia, la llamada teoría de los dos demonios introdujo una falsa simetría que diluyó la responsabilidad estatal y facilitó políticas de impunidad. La reapertura de los juicios y el proceso de memoria, verdad y justicia revirtieron en gran medida ese escenario.
Frente a ello emergieron nuevas formas de negacionismo. No se trata solo de una disputa historiográfica, sino de una estrategia de poder orientada a quebrar la continuidad histórica entre el proyecto económico instaurado en 1976, los otros ciclos neoliberales y las actuales formas de concentración de la riqueza y disciplinamiento social. El negacionismo opera tanto en el ocultamiento del terrorismo de Estado, de los inspiradores y cómplices empresariales que diseñaron sus políticas, como en el olvido y ocultamiento de los proyectos emancipatorios que millones de argentinas y argentinos portaron y portan como horizonte de país soberano y justo.
El relato dominante instaló la idea de que no existen alternativas posibles. Se secuestraron palabras, se clausuraron horizontes y se promovió la aceptación pasiva de un presente sin futuro.
Por eso, a cincuenta años del golpe, la memoria no responde a una nostalgia retrospectiva. Es una intervención política en el presente. Es un pelea estratégica por el poder.
La memoria se rebela para construir futuro
La memoria colectiva rompe silencios, articula experiencias y resignifica derrotas. No es solo la memoria del dolor, sino también la de las luchas, las conquistas, los derechos y los proyectos de patria, democracia y justicia social. Es la memoria de que se puede vencer.
En un contexto atravesado por la desinformación y la radicalización discursiva, la disputa cultural adquiere centralidad. Ampliar el campo de batalla implica más participación, diversidad de formas de acción y nuevos modos de organización, sin reducir el protagonismo social a los momentos electorales.
En ese marco se impulsa la campaña La Memoria se Rebela para Construir el Futuro, promovida por un amplio arco social, cultural y político. Sus acciones conciben la memoria como una invitación a rebelarse: para defender cada derecho conquistado, honrar a los desaparecidos y perseguidos, abrazar a las madres, abuelas a los organismos de derechos humanos y reconstruir el pensamiento crítico necesario para imaginar una alternativa al capitalismo depredador.
Con autonomía, creatividad, en cada pueblo, ciudad, en las aulas y en los centros de investigación, en actividades culturales, recrear la memoria para invocar lo mejor de la historia contra el horror de ayer y sus aprendices de hoy.
Crear, inventar, caer y volver a intentar. Y sembrar, una vez más, un nuevo momento de organización popular y un camino hacia la victoria.
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