El racismo está de moda: el regreso de las castas, las de verdad
La discriminación no es un error, sino el software del poder. Hoy resurge a cielo abierto porque el imperialismo y el colonialismo han vuelto con el objetivo de naturalizar las desigualdades. En un mundo de exclusión, el odio es la herramienta necesaria para justificar quién sobra y quién manda.
- febrero 25, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Ser racista es lo más, súper cool, está de moda, es trendy, es viral, está hype. Ya sé, usted podría decirme que acá, en este país, racistas y xenófobos fuimos siempre. Es cierto. Pero hubo un tiempo en que la cosa estaba como solapada, no quedaba bien, daba un poquito de vergüenza y a quien se le escapaba un discurso racista se le obligaba a pedir disculpas públicas. Para mantener la fantasmagoría del “crisol de razas”.
Ahora no: la cosa es a cielo abierto, salieron del closet, dispuestos a inundar cualquier conversación sin tapujos. En especial, en las redes. Está habilitada socialmente la circulación de palabritas que discriminan y oprimen a otros, otras, tomando como punto de partida la creencia de que algunas razas o grupos étnicos son superiores a otros. Que de eso se trata el racismo y no otra cosa.
El historiador y ensayista mexicano Enrique Semo habla sin titubeos a sus 95 años. Cuando se le pregunta qué rasgo de la herencia colonial sigue vivo en América Latina, responde: “Lo que persiste con mayor fuerza del sistema colonial novohispano es el racismo. No como prejuicio individual, sino como una forma histórica de organizar la desigualdad y naturalizarla”.
El racismo no fue un “error de sistema” o un exceso ideológico: fue el software necesario para que el engranaje del colonialismo funcionara. Definió quién debía mandar, quién trabajar, quién obedecer y quién podía aspirar al honor. Trazó un sistema de castas. Las castas de verdad.
Las independencias del siglo XIX y el posterior discurso del mestizaje —ese “somos todos iguales” que tanto nos gusta repetir mientras miramos de reojo al que viene de un país limítrofe— no erradicaron el problema. En muchos casos lo ocultaron bajo la alfombra de la identidad nacional. El colombiano Jesús Martín Barbero, ese teórico de la comunicación que entendía como pocos las mediaciones culturales, advertía que nuestras independencias fueron procesos que dejaron a millones en la banquina. Fueron revoluciones para los criollos, blancos y machos. Para las mujeres, los indígenas y los negros, la ciudadanía fue —y sigue siendo— un examen que nunca terminan de aprobar frente a la mirada del poder.
El racismo no fue un “error de sistema” o un exceso ideológico: fue el software necesario para que el engranaje del colonialismo funcionara. Definió quién debía mandar, quién trabajar, quién obedecer y quién podía aspirar al honor. Trazó un sistema de castas. Las castas de verdad.
Lo más curioso de este tiempo es la reacción defensiva. Si a uno le salta la indignación y grita: “¡Ehhh, pero eso que está diciendo es racista!”, te miran como sorprendidos. Te dicen que dejes al buen hombre hablar, que es un “punto de vista atendible” y que hay que escuchar las distintas campanas para después tener una opinión equilibrada. Como si el justo medio fuera un cóctel que lleva dos partes de racismo, una parte de empatía, una de respeto al otro y una rodaja de pomelo en el borde de la copa.
La pregunta, sin embargo, es otra. ¿Por qué regresan estos discursos justo ahora? ¿Por qué dejamos que pasen de boca en boca como si fueran verdades reveladas? Las respuestas no habría que buscarlas en la moralina, sino en el bolsillo y en el reloj.
El racismo vuelve a circular cuando vuelven a imponerse los discursos y las acciones imperialistas sin tapujos, como ya advirtió el presidente Donald Trump a comienzos de este año. Y acá, en este país, son miles los que comen las migas que caen desde su mesa.
La vida hoy es dura, exigente, estamos sobreexplotados para llegar a fin de mes. Vemos a los otros no como prójimos, sino como rivales que compiten por un lugarcito al sol en un mercado de trabajo que cada vez ofrece menos sombra. “No hay plata”, nos dicen, y nosotros compramos la idea de que hay que tirar a los demás por la borda porque el bote es chico. Ahí tenemos la baja de edad de imputabilidad como un instrumento para terminar de revolear a miles de pibes al otro lado de los muros.
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman decía que en estos tiempos los demás son “pájaros de mal agüero” porque traen el eco del desempleo y la exclusión que podrían alcanzarnos a nosotros. Nos encerramos en nuestras burbujas y disparamos a todo lo que se acerca, no sea cosa que vengan a comerse nuestra porción de torta.
Alguna vez podríamos pensar en cómo cocinar entre todos una torta más grande. Hoy no hay desafío más urgente que pensar cómo unir lo que aparece como fracturado y roto. Cómo hacemos para poner sobre la mesa —antes que nada— lo que tenemos en común. Porque si el futuro es el sálvese quien pueda, lo más probable es que sólo se salven los que integran la casta. La de verdad.
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