Argentina / 21 febrero 2026

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Therians: entre la identidad y el espectáculo

Más allá de la viralidad y los memes, el fenómeno therian expone nuestra dificultad para procesar lo diferente. Qué dice nuestra reacción colectiva sobre nuestra propia intolerancia.

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En los últimos meses empezó a circular con más fuerza una palabra que para muchos suena extraña: therian. El término refiere a personas que dicen experimentar una identidad interna vinculada a un animal específico —lobo, gato, cuervo, entre otros— no como disfraz, no como cosplay, no como juego estético, sino como una vivencia subjetiva persistente. Alcanzó con algunos videos virales y un par de titulares llamativos para que el tema explotara en redes sociales, programas de televisión y sobremesas familiares.

La reacción fue inmediata: burlas, memes, indignación, diagnósticos improvisados y una catarata de opiniones categóricas. En cuestión de horas, el fenómeno quedó reducido a caricatura. Pero lo verdaderamente interesante no es si alguien se siente lobo o gato. Lo interesante es lo que nos pasa a nosotros frente a eso.

Vivimos en una época donde la identidad dejó de ser una estructura rígida e inamovible. Hoy sabemos que gran parte de lo que somos se construye narrativamente: nos contamos historias para entendernos, elegimos símbolos que nos representan, buscamos palabras que ordenen nuestra experiencia. En ese contexto cultural, que alguien utilice la figura de un animal como metáfora identitaria no debería sorprender demasiado. La humanidad siempre se pensó a sí misma a través de símbolos animales: dioses con forma de bestia, tótems tribales, escudos heráldicos, mitologías donde lo humano y lo animal se entrelazan. No es algo nuevo; lo nuevo es la visibilidad digital.

Pero cada vez que aparece una identidad que se sale del molde mayoritario, se activa el mismo reflejo social: ridiculizar, patologizar, exagerar. La indignación vende. Genera clics. Alimenta debates superficiales que ocupan horas de pantalla y millones de interacciones. Y mientras discutimos si alguien “es un lobo”, dejamos en segundo plano problemas mucho más concretos y urgentes.

Hay un patrón que se repite: cuanto más ajeno resulta algo a nuestra experiencia, más rápido lo reducimos al absurdo. Y en esa reducción perdemos una oportunidad. Porque detrás de cada fenómeno cultural emergente hay preguntas genuinas sobre cómo las personas intentan entenderse en un mundo cada vez más fragmentado, acelerado y exigente.

Eso no significa que cualquier afirmación identitaria deba aceptarse sin reflexión. La sociedad necesita límites, marcos de realidad compartidos y criterios comunes para convivir. Pero una cosa es debatir con argumentos y otra muy distinta es convertir la diferencia en espectáculo. El problema no es la rareza; el problema es nuestra baja tolerancia a lo distinto.

Hay un patrón que se repite: cuanto más ajeno resulta algo a nuestra experiencia, más rápido lo reducimos al absurdo. Y en esa reducción perdemos una oportunidad. Porque detrás de cada fenómeno cultural emergente hay preguntas genuinas sobre cómo las personas intentan entenderse en un mundo cada vez más fragmentado, acelerado y exigente.

Tal vez el fenómeno therian no sea el gran tema de nuestra época. Tal vez sea apenas una expresión más —minoritaria y llamativa— de la búsqueda identitaria contemporánea. Pero la velocidad con la que lo convertimos en motivo de burla colectiva dice bastante sobre nosotros. Nos cuesta convivir con lo que no encaja en nuestras categorías habituales. Nos incomoda lo que no entendemos. Y esa incomodidad, en tiempos de redes sociales, se transforma rápidamente en contenido viral.

En lugar de preguntarnos obsesivamente si alguien “es realmente” tal o cual cosa, quizás convendría hacernos una pregunta más incómoda: ¿por qué necesitamos reaccionar con tanta vehemencia frente a lo diferente? ¿Qué amenaza sentimos cuando algo desafía nuestras definiciones tradicionales?

Las sociedades maduras no se definen por la ausencia de diferencias, sino por su capacidad de procesarlas sin convertirlas en espectáculo. Y en una época donde la indignación es moneda corriente, elegir no burlarse, no exagerar y no simplificar ya es, en sí mismo, un gesto contracultural.

Psicólogo Clínico Cognitivo / 

Redes: @marianoratopsicologo



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