Argentina / 13 marzo 2026

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Agotados

El agotamiento y el cansancio de una época hiperproductiva. Los esfuerzos sobrenaturales por adaptarnos a un ritmo de vida, a necesidades innecesarias, a consumos insaciables que van desde el scrolleo compulsivo a estar al día con las nuevas películas y series que se suben en las plataformas. La fragilidad de lo que insiste a diario y no vemos: entrar en contacto con la naturaleza, jugar con un niño, salirnos, volver a la inocencia.

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Teresa Arijón cierra uno de sus poemas diciendo: “Pensé en todas las cosas que no veo, ‘las inocentes,/ las inermes, las desamparadas’, las que no pueden superar/ la ley del más fuerte y así mismas del cuerpo se separan”. 

La separación radical del cuerpo es la muerte, pienso apenas termino de leerlo. La más radical, la más extraña, la más incomprensible. Este cuerpo “no termina nunca, insiste, empuja; perturba y se resiste a dejar de llegar”, escribe Alex Kohan. Pero el cuerpo vivo, nuestros cuerpos, los de cada uno de nosotros, repiten el agotamiento y el cansancio de una época hiperproductiva, productiva cada vez, cada día, cada segundo. Estamos agotados. No solo yo estoy agotada. Vivimos a tope: el trabajo, el dinero que no alcanza, los trabajos, la comida, más trabajo porque los precios no paran de subir, la ropa, otro trabajito, la consulta médica, la obra social que no cubre o cubre a medias o se cobran diferencias, más trabajo. Podría seguir. Pero es agotador. Estamos cansados.

“… el cansancio cobra un valor: opera de tope, de resistencia a ese imperativo tan pero tan nocivo que dicta que tenemos que poder con todo”, escribe Alex Kohan en Un cuerpo al fin. Y agrega: “No sólo no tenemos que poder con todo sino que es imposible que podamos con todo”.

Me alegra entonces la pila de ropa que sigue acumulándose y todavía no lavé. Me alegra no saber qué hay para hacer la cena ni qué vamos a comer. Me alegra no recordar el horario ni el día de un turno ni cuál de mis hijos tiene básquet hoy. Me alivia.

“Es ahí que el cansancio podría entonces convertirse un poco en ese palito en la rueda de la hiperproductividad”, anota Kohan. Y cita a Barthes que retoma una paradoja de Blanchot: “Parece que por cansados que estemos, no dejamos de cumplir nuestra tarea, exactamente como es debido. Se diría que no solamente la fatiga no entorpece el trabajo, sino que el trabajo exige eso, estar cansado sin medida”.

Me alegra entonces la pila de ropa que sigue acumulándose y todavía no lavé. Me alegra no saber qué hay para hacer la cena ni qué vamos a comer. Me alegra no recordar el horario ni el día de un turno ni cuál de mis hijos tiene básquet hoy. Me alivia.

En “Also Sprach, el señor Nuñez” de Abelardo Castillo, leemos: “Cada día, semana tras semana, todos los meses de los últimos quince años, nosotros, los oficinistas de este peligroso depósito pirotécnico […], nos hemos levantado, los menos madrugadores, a las siete de la mañana, para ocupar nuestro escritorio a las ocho en punto. Hemos ido a almorzar, hemos vuelto, hemos salido a las seis de la tarde. ¿A qué hora regresábamos a nuestra casa?: otra vez a las siete, es decir, medio día después. Agreguemos a esto las ocho horas de sueño que recomiendan los higienistas más sensatos: veinte horas. Las que faltan han sido repartidas, y sigo memorizando el opus de antes, en “satisfacer nuestras urgencias instintivas”, leer el diario, indignarse por el precio de la fruta, escuchar el informativo, destapar la pileta. Los más normales. Porque los otros, los que disparando enloquecidos de una oficina a otra pudieron pagar la cuota inicial del aparato televisor […], los otros, digo: ni eso. Qué tal.

[…] ¿Es necesario decir qué es lo que se hace los sábados y los domingos?: dormir, ir al bailongo del club, al cine, al partido, a votar. Algunos, todavía, a misa. Los solteros, salir con la novia o el novio a darse codazos por Corrientes; los casados, pintar la cocina.

[…] ¡Y las vacaciones! ¿Recuerdan ustedes cómo, en qué estado de ruina, volvieron de las últimas vacaciones? ¿Esto es la Vida?: ahorrar energía y pesos durante trescientos cincuenta y cinco días para extravertirlos frenéticamente en diez. Eso es la vida.”

Las otras puertas, el libro de cuentos que contiene a este que acabo de citar, fue publicado en 1961. Pasaron sesenta años desde entonces. Demás está aclarar las diferencias, las variaciones de la vida cotidiana y sus consumos impuestos o deseados y las pretensiones que tenemos los trabajadores. Ahora estamos realmente cansados. Y esto no implica que antes, los otros, los que entonces eran los adultos que somos nosotros ahora, no estuvieran fatigados.

Ahora sí asistimos cada vez más a esfuerzos sobrenaturales por adaptarnos a un ritmo de vida, a “necesidades” innecesarias, a consumos insaciables que van desde el scrolleo compulsivo a estar al día con las nuevas películas y series que se suben en las plataformas. Podría seguir pero es realmente agotador.

Nuestro cuerpo lo sabe. Mi cuerpo lo sabe. Pero si logro desconectarme, salirme del hábito, perderme, entrar en contacto con la naturaleza, jugar con un niño, salirme, volver a la inocencia, a la fragilidad de lo que insiste a diario y no veo:

“Todos los atardeceres la mujer se sienta en el patio de la casa. Si alguien la acompañara vería cómo su cuerpo se vuelve transparente al compás de la sombra. Primero surge un mapa encendido de venas y de vísceras, luego, más abajo, una población de huesos huecos por donde el viento corre como un golpe de música. La mujer sonríe y levanta un brazo en la noche incipiente. Unos minutos más y se apagará el resplandor del hueso iluminado por canciones remotas y ocultará la piel el color de la sangre.

Cuando todo concluye, ella guarda la silla bajo el alero y vuelve a la cocina, llevándose el secreto de la transparencia del mundo” (María Rosa Lojo).

 

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