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Permiso para jugar: cuando la psicología se sale del guión

En Lo dejamos acá, un psicólogo decide que escuchar ya no alcanza y empieza a meterse en la vida de sus pacientes. La comedia lleva al extremo una fantasía tan incómoda como reconocible: creer que sabemos qué necesita el otro. Entre el diván, la ficción y los límites de una profesión, Andrea Vázquez propone otra pregunta: ¿qué pasa si por un rato dejamos de pedirle al cine que se comporte bien?

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La imagen muestra a los reconocidos actores argentinos Ricardo Darín y Diego Peretti en una escena de promoción de la película original de Netflix titulada Lo dejamos acá (2026).

En un análisis, decir “lo dejamos acá” puede tener más de un sentido. Puede anunciar el final de una sesión, señalar un límite o abrir una pausa para que algo de lo dicho encuentre otro destino. En Lo dejamos acá, la película protagonizada por Ricardo Darín y Diego Peretti, esa misma frase adquiere otro espesor: además de marcar un corte, se convierte en una invitación a entrar en el juego de una comedia.

Un psicólogo desencantado con sus métodos comienza a intervenir en secreto en la vida de sus pacientes. Está convencido de que escuchar ya no alcanza, de que el consultorio resulta insuficiente y de que, en ocasiones, ayudar requiere hacer algo más que interpretar.

El film puede leerse desde distintas perspectivas. Una podría detenerse en la banalización de la práctica psicológica y en la legitimación, bajo el amparo de la ficción, de conductas que transgreden principios éticos y límites legales.

Otra posibilidad es aceptar la invitación del cine y sentarse a ver una comedia. Sin negar las preguntas que suscita, elijo esta segunda puerta: la que permite disfrutar de las interpretaciones, de la tensión entre los personajes y de ese humor que aparece cuando alguien cree tener la situación bajo control y descubre que ya no sabe muy bien quién conduce la escena.

Los protagonistas sostienen el juego con una precisión notable. La película no necesita que sus personajes sean “reales”. Al contrario: parte de esa incomodidad alimenta el relato y nos recuerda que la ficción no tiene por qué organizarse según los protocolos de una consulta ni ofrecer una representación verdadera del ejercicio profesional.

 Ficciones y fantasías

¿De dónde sale una historia así? Tal vez de un sueño, de una ocurrencia que aparece mientras alguien escucha un relato ajeno, de una fantasía que alguna vez circuló entre profesionales: intervenir en la vida de un paciente, mover una pieza fuera del consultorio, provocar ese encuentro que podría cambiarlo todo. Hacer, en definitiva, algo para ayudar.

La fantasía tiene algo de irresistible. Frente al sufrimiento de otro, ¿quién no sintió alguna vez la tentación de aconsejar o evitarle un tropiezo? El problema comienza cuando esa fantasía deja de ser una ocurrencia y se transforma en una autorización para actuar. Pero el cine puede detenerse justo allí, en ese borde, y convertirlo en materia narrativa.

La ficción no tiene la obligación de enseñar cómo debe comportarse un psicólogo. Puede imaginar profesionales extravagantes, decisiones insensatas y situaciones imposibles; puede exagerar, invertir las reglas y llevar una idea hasta sus últimas consecuencias.  En ese sentido, Lo dejamos acá habilita un juego. Podemos reírnos de la pretensión de quien cree saber qué necesita el otro, reconocer la potencia dramática de una intervención desmesurada y disfrutar del momento en que el supuesto experto pierde el dominio de la situación. La ficción abre un espacio para ensayar lo que en la vida profesional requiere otra responsabilidad. 

La fantasía tiene algo de irresistible. Frente al sufrimiento de otro, ¿quién no sintió alguna vez la tentación de aconsejar o evitarle un tropiezo? El problema comienza cuando esa fantasía deja de ser una ocurrencia y se transforma en una autorización para actuar. Pero el cine puede detenerse justo allí, en ese borde, y convertirlo en materia narrativa.

La psicología en Argentina

Ninguna película, por sí sola, puede definir qué es la práctica profesional de la psicología en la Argentina. La formación universitaria, las incumbencias, las leyes que regulan el ejercicio profesional y los marcos éticos constituyen una trama demasiado compleja como para quedar confundida con las aventuras de un personaje de ficción.

El riesgo de banalizar la profesión existe, pero no se resuelve pidiendo que el cine represente terapeutas intachables. Preocupa más que se naturalicen otras formas de deshumanización: plataformas de IA que se ofrecen como alternativas terapéuticas, simulando escucha y disponibilidad; o reformas que, en nombre de una supuesta eficiencia, debiliten derechos, desconozcan la dimensión comunitaria del sufrimiento y restrinjan las condiciones en que los profesionales pueden intervenir.

Las discusiones sobre la reforma de la Ley Nacional de Salud Mental no son un argumento de ficción: comprometen las condiciones reales de atención, las responsabilidades institucionales y el lugar de los profesionales en el cuidado de la salud mental. Defender esas condiciones no exige que toda película sea una lección de ética; exige distinguir la libertad de la ficción de las responsabilidades que tenemos fuera de la pantalla.

Por eso, podemos sentarnos a ver Lo dejamos acá, dejarnos llevar por la comedia y discutir sus provocaciones sin convertirla en un manual profesional ni en una amenaza para la psicología argentina. La defensa de una práctica comprometida con los derechos no necesita empobrecer el arte ni clausurar el humor.  Hagamos, entonces, una defensa de la alegría. No como distracción frente a lo que importa, sino como parte de aquello que también merece ser cuidado.

 * Andrea Vázquez es Doctora en Psicología y Profesora de Salud Pública y Salud Mental II (Facultad de Psicología, UBA)

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