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Lo que hay detrás del ataque de amor malvinero

Entre giros diplomáticos, declaraciones contradictorias y omisiones ante petroleras extranjeras, el gobierno de Milei apela al sentimiento patriótico sobre Malvinas. Detrás de esta repentina agenda soberana se esconde la urgencia de desviar la atención del desastre económico y justificar un paquete con más ajuste.

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Jugadores de fútbol observan una bandera con la frase “Las Malvinas son argentinas” sobre el campo de juego.

¿Por dónde empezar para abarcar una realidad que no da tregua y que, a poco de intentar comprenderla, se modifica de un extremo a otro? En particular en lo que atañe a la política exterior y también a las de otros ámbitos, en donde cada día más el gobierno aparece expuesto y desnudo ante una sociedad pauperizada que espera ser conducida con ideas y liderazgos que tengan que ver más con el presente y el futuro que con el pasado. Esa sociedad deberá esperar un poquito más todavía.

El caso Malvinas es un ejemplo clarísimo de la falta de políticas de estado y de los bandazos acomodaticios y oportunistas de un improvisado en el Poder Ejecutivo, que no se deja asesorar por los cuadros de la Cancillería y que tiene como cabeza de ese ministerio a Pablo Quirno, quien hasta dos semanas antes de que la selección levantara en el partido con Inglaterra la bandera con el lema “Las Malvinas son argentinas” declaraba que hablar de soberanía era “anticuado”.

La historia de cipayismo de este gobierno, que hoy intenta usar Malvinas para disimular cuestiones de política interna (como el desastre económico-productivo y social, la represión de la protesta que se viene con mayor intensidad o la crítica periodística que, lejos de amedrentarse por los epítetos sobre hombres y mujeres de prensa, se acrecienta), viene de mucho más atrás.

La primera ministra de Seguridad que tuvo Milei, Patricia Bullrich, antes de ser funcionaria de La Libertad Avanza y en plena pandemia, había propuesto canjear las islas por vacunas del laboratorio Pfizer.

El oficialismo está repleto de entregadores de soberanía de nuestro territorio continental e insular. El ministro de Relaciones Exteriores y Culto había argumentado que la venta de territorios nacionales a extranjeros traería beneficios económicos para el país. Lo hizo en plena discusión del proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada o ley de Tierras. ¿Con qué cara sale hoy Quirno a reivindicar la soberanía de Malvinas si considera anticuado discutir el tema central de la disputa?

Antes de su ataque de “amor malvinero”, el presidente Milei se autoproclamaba admirador de Margaret Thatcher, quien –nunca está de más recordarlo para las nuevas generaciones– ordenó hundir el crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión, lo que produjo un crimen de guerra que le costó la vida a 323 argentinos. Previo a la cadena oficial para anunciar los proyectos sobre la soberanía y seguridad que Milei enviaría al Parlamento, tampoco había reaccionado a los avances de las empresas Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration, de capitales israelíes y británicos, teniendo a mano leyes en vigencia desde 2011 y su ampliación en 2013, conocidas como Ley Pino Solanas.

Detrás de este amor súbito por nuestras islas, está la necesidad de hablar de otras cosas que no sean la economía y el desastre social que conlleva un programa excluyente para la mayoría de la población, pero también la excusa para hacer pasar una reforma a la ley de seguridad que permita la represión de la protesta que crece en las calles.

Tampoco la denuncia que realizó la legisladora rionegrina Magdalena Odarda sobre las actividades ilegales de la petrolera británica Harbour Energy –que opera de manera clandestina en tres provincias y que anteriormente había explorado petróleo en Malvinas sin autorización del Estado argentino– tuvo respaldo alguno del gobierno nacional ni del área específica: la Secretaría de Energía del Ministerio de Economía.

Milei, en 2024, declaró ante la BBC que “el reclamo de soberanía sobre el archipiélago es una negociación a largo plazo”, dejando abierta la posibilidad de la autodeterminación de los kelpers, “a quienes no se les puede imponer por la fuerza un estilo de vida”, algo que reclaman los habitantes implantados en las islas y que no corresponde conceder.

Y la actual ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, ordenó evitar ingresar al estadio en donde se enfrentaron Argentina y Gran Bretaña con banderas, carteles o mensajes alusivos a las Malvinas.

Hay más, mucho más que muestra el grado de improvisación, desconocimiento y falta de coherencia y de respeto por nuestros compromisos internacionales, lo que resta votos en Naciones Unidas para la causa de nuestras islas irredentas. Dejamos de contemplar a aliados muy valiosos, como los países africanos y centroamericanos, cuando votamos junto con EE.UU. e Israel de forma negativa la calificación de “crimen de lesa humanidad” a la esclavitud racializada y la trata de africanos. Esto resta posibles votos positivos para nuestro reclamo soberano, pero también coloca a la Argentina en el rango de violadora de derechos humanos básicos de millones de personas.

Hasta acá, algunos ejemplos de un gobierno que desde su comienzo jamás tuvo en cuenta seriamente ni livianamente a las Malvinas.

¿Qué hay detrás de este amor súbito por nuestras islas? Lo dijimos al comienzo: la necesidad de hablar de otras cosas que no sean la economía y el desastre social que conlleva un programa excluyente para la mayoría de la población, pero también la excusa para hacer pasar una reforma a la ley de seguridad que permita la represión de la protesta que ya, como venimos viendo, está en la calle y cada vez con mayor potencia, así como acallar las voces de la oposición y la prensa denunciante, todo ello aprovechando un sentimiento verdadero de la población sobre nuestro reclamo de soberanía sobre las islas.

Lo explicó bien el exministro de Defensa y actual diputado Agustín Rossi al declarar que el proyecto de defensa de soberanía del Ejecutivo “es una trampa porque en una ley ómnibus se introducen varios temas: pretenden incorporar al Consejo de Seguridad Nacional en el marco del aumento de penas para las empresas que realicen actividades económicas con permiso en las islas Malvinas. La ley de seguridad interior se ve vulnerada, y la de defensa nacional también, por autorizar a intervenir a las Fuerzas Armadas en situaciones “no convencionales”. 

La ley de derribos es, desde el punto de vista de Rossi, una “pena de muerte sin juicio previo”, y agrega: “La incorporación de un registro de terrorismo no era necesaria porque ya la tenían, pero ahora lo hacen por ley y hacen una ampliación discrecional de la designación de terrorismo, aplicándolo no solo a organizaciones, sino a actos, y eso es lo peligroso”. Y finalmente: “Hay un artículo que atenta contra la libertad de prensa porque, sin muchas especificaciones, dice que podrán ser sancionados aquellos que lleven adelante una campaña de desprestigio contra la nación argentina o una campaña contra el gobierno”.

Todo esto debería ser contemplado por los integrantes del Parlamento, porque, de votarse este proyecto tras la fachada de la defensa de la soberanía nacional, nuestros legisladores estarán abriendo la puerta para que el presidente, que gobierna como si el Congreso y el Poder Judicial no existieran, tenga una cuota más de poder para seguir debilitando a la democracia y transformar a la Argentina en una autocracia.

 

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