- Política
- /
- El Papa frente al imperio del algoritmo
El Papa frente al imperio del algoritmo
León XIV arriba a la Argentina en medio del debate sobre la influencia sobre los algoritmos en la vida de las personas. Magnifica Humanitas es la encíclica que adelantó posicionamientos y convirtió en una pregunta para la iglesia y la sociedad los interrogantes que emergen de un cambio de época.
Por Marcelo Clingo y Pablo Castillo
- septiembre 16, 2026
- Lectura: 5 minutos
Compartir:
- septiembre 16, 2026
- Lectura: 5 minutos
Compartir:
Hay un dato de León XIV que pasó casi inadvertido. Antes de ser sacerdote, obispo y una de las grandes apuestas de Francisco, Robert Prevost estudió matemáticas: se graduó en Villanova en 1977.
Puede parecer una curiosidad biográfica. Quizás no lo sea.
Francisco no eligió a su sucesor: lo hicieron los cardenales reunidos en cónclave. Pero intervino decisivamente en el recorrido que llevó a Prevost hasta allí. Lo nombró obispo de Chiclayo, lo llevó a Roma, lo puso al frente del Dicasterio para los Obispos -una de las oficinas desde donde se piensa buena parte del futuro de la Iglesia- y finalmente lo creó cardenal en 2023.
Sería forzado afirmar que su formación matemática explicó aquellas decisiones. Francisco no elegía colaboradores mirando diplomas. Pero sí tenía una obsesión: leer los signos de los tiempos. Y el tiempo que se acercaba era uno en el que sistemas matemáticos cada vez más sofisticados empezaban a intervenir sobre el trabajo, los consumos, la información, los vínculos y hasta sobre las decisiones que tomamos acerca de nosotros mismos.
León XIV convirtió ese cambio de época en una pregunta para la Iglesia.
En Magnifica Humanitas (2025), su encíclica sobre la custodia de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial, no discute cuánto puede calcular una máquina. Pregunta qué ocurre cuando el cálculo empieza a convertirse en una forma de mirar al ser humano.
Que esa advertencia provenga de un matemático tiene algo de ironía.
Los algoritmos funcionan encontrando regularidades. Aprenden qué compramos, qué miramos, dónde nos detenemos y con quién hablamos. Con esa información intentan anticipar qué haremos después. No hay nada necesariamente siniestro en eso. El problema comienza cuando una herramienta construida para predecir comportamientos empieza también a ofrecernos una definición de quiénes somos.
El cristianismo lleva siglos sosteniendo algo que ahora vuelve por un camino inesperado: una persona nunca cabe por completo en aquello que otro consigue medir de ella.
Una vida siempre excede ese registro. Carga una historia, afectos, pérdidas, decisiones que alguna vez parecieron definitivas y otras que todavía no sabemos que vamos a tomar. También puede cambiar de rumbo. Para el cristianismo esa posibilidad tiene un nombre fuerte: conversión. Si alguien puede convertirse es porque su pasado nunca contiene por completo aquello que todavía puede llegar a ser.
La inteligencia artificial puede conversar, aconsejar, colaborar con un diagnóstico y encontrar con precisión las palabras que alguien espera escuchar. Procesa millones de experiencias sin haber vivido ninguna.
Todo esto cambia cuando del otro lado hay alguien que sufre. Escuchar a una persona no consiste sólo en registrar lo que dice y devolver una respuesta correcta. Importan una pausa, una palabra fuera de lugar, aquello que vuelve sin que sepamos por qué, lo que todavía no consigue nombrarse. Del otro lado hay una presencia sobre la que se depositan confianza, temor y expectativas.
Una máquina puede reconocer muchas de esas señales. Incluso puede responder mejor que muchas personas. Lo inquietante empieza cuando confundimos esa precisión con un encuentro.
León XIV toca ahí una fibra profundamente cristiana: el otro no es un problema a resolver. Es alguien ante quien somos responsables.
La cuestión se vuelve especialmente incómoda en sociedades donde los vínculos llegan cansados. Una relación artificial puede seducir precisamente porque ahorra algunas molestias del otro: la espera, el desacuerdo, la posibilidad de no escuchar lo que queríamos.
Francisco no podía saber quién sería su sucesor. Pero parecía comprender bastante bien qué época estaba llegando cuando llevó hacia el centro de la Iglesia a aquel sacerdote agustino que alguna vez había estudiado matemáticas. Ahora ese matemático convertido en Papa tiene delante un problema que no es matemático.
Quizás el riesgo no sea creer que una máquina se volvió humana. Puede ser acostumbrarnos a relaciones en las que el otro moleste cada vez menos.
Por eso aparecen en el lenguaje de León XIV palabras bastante extrañas para Silicon Valley: silencio, espera, contemplación, comunidad. La cultura digital exige circulación permanente. La tradición religiosa sabe desde hace siglos que algunas cosas solo aparecen cuando alguien se detiene.
Magnifica Humanitas avanza además sobre un terreno abiertamente político. Los algoritmos ya participan en decisiones sobre empleo, crédito, seguridad, información y servicios públicos. Y ningún sistema decide por generación espontánea qué medir. Antes hubo alguien que eligió qué variable importaba, qué debía privilegiarse y qué podía quedar afuera.
Para la Iglesia, esa pregunta no es tan nueva como parece. Durante mucho tiempo discutió la concentración de la riqueza y del poder, quién se beneficia del progreso y quién queda afuera. La inteligencia artificial cambia la herramienta, pero no necesariamente el problema. Hoy la pregunta es quién controla esos sistemas, quién recibe sus beneficios, quién asume sus costos y quién responde cuando se equivocan.
León XIV no propone apagar las máquinas. Su discusión es con una fantasía más ambiciosa: que todo aquello que puede ser optimizado debería serlo.
Por eso su próxima visita a la Argentina puede dejar algo más que fotografías, ceremonias y especulaciones sobre cada gesto. Será la primera visita de un pontífice al país en casi cuatro décadas. Y llegará un Papa que decidió llevar una discusión muy contemporánea al corazón de una institución de dos mil años.
Francisco no podía saber quién sería su sucesor. Pero parecía comprender bastante bien qué época estaba llegando cuando llevó hacia el centro de la Iglesia a aquel sacerdote agustino que alguna vez había estudiado matemáticas. Ahora ese matemático convertido en Papa tiene delante un problema que no es matemático.
Durante siglos la Iglesia discutió qué significa ser persona frente al poder, el dinero, la guerra o el mercado. León XIV incorpora una pregunta propia de este tiempo: qué ocurre cuando las máquinas que construimos empiezan a conocernos, clasificarnos y anticiparnos.
Tal vez ahí esté el núcleo de Magnifica Humanitas. No averiguar hasta dónde llegará la inteligencia artificial, sino decidir qué parte de nosotros no estamos dispuestos a entregarle.
Porque mientras las máquinas aprenden cada día un poco más a parecérsenos, queda pendiente una pregunta bastante menos tecnológica: ¿cuánto estamos dispuestos nosotros a parecernos a ellas?
Marcelo Clingo es Presidente de la Federación de Psicólogos de la República Argentina (FEPRA)
Pablo Castillo es Secretario General de la Asociación de Psicólogas y Psicólogos de Buenos Aires (APBA)
4Palabras
Compartir:
Temas relacionados
Comentarios Cancelar la respuesta
Más leídas
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad
Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado
Más información
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad



