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Presión separatista en el Reino (des) Unido
Los líderes de Irlanda del Norte, Escocia y Gales buscan consolidar un frente común y presionar al gobierno por referéndums de independencia. El descontento por el Brexit y las amenazas de Trump. Todo lo que implica para la vida cotidiana desarmar el Reino Unido. ¿Puede todo esto tener un impacto sobre Malvinas?
- septiembre 15, 2026
- Lectura: 3 minutos
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- septiembre 15, 2026
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En la misma semana en la que Donald Trump puso en duda la capacidad militar británica, reprochó la falta de apoyo en sus conflictos geopolíticos y anticipó que revisaría la posición histórica de Estados Unidos sobre la soberanía de las islas Malvinas, los líderes de Irlanda del Norte, Escocia y Gales comenzaron a consolidar un frente común. La coincidencia política está vinculada al intento por presionar al gobierno británico ya sea para discutir referéndums de independencia o para forzar una reconfiguración de los acuerdos constitutivos del Reino Unido. En todos los casos, “podría haber una posibilidad política para esto que empezó hoy de forma organizada”, sostiene Alejandro Rascovan, sociólogo y adjunto de Seguridad Internacional (EPyG-UNSAM) especializado en fronteras.
Pero el telón de fondo de este movimiento sigue siendo el descontento generado por el Brexit en regiones que votaron mayoritariamente por permanecer en la Unión Europea. Para Rascovan el impacto político interno es insoslayable. “Sin dudas que el Brexit es el punto de inflexión, tanto para el vínculo de Inglaterra y el Reino Unido con sus vecinos europeos, como hacia adentro. La pregunta es si esto no abre un Brexit que haga que se vayan del Reino Unido las naciones que lo conforman. O sea, un reino desunido”, dice.
A este escenario se suma la fragilidad del actual ejecutivo británico frente al contexto internacional: un gobierno laborista que podría generar acuerdos con estos mismos actores políticos, pero que “se ve atacado por Trump y sus locuras” y que “da la sensación de ser un gobierno débil”.
Frente al rechazo sistemático del Parlamento británico a autorizar nuevas votaciones, la efectividad de exigir un segundo referéndum de independencia de la Unión Europea genera interrogantes sobre sus verdaderos alcances. Rascovan advierte sobre los límites institucionales y la naturaleza del reclamo e insiste en que “hay que ver qué límites tiene esa demanda de independencia que -en algún punto- busca ordenar una distribución de poder interna más que hacer colapsar un estado y generar otro”. O tal vez las dos cosas, “pero ya en etapas intermedias”.
Ante la presión de Irlanda del Norte, Gales y Escocia sobre Inglaterra, Rascovan advierte que “podría haber un efecto dominó” en países vecinos con conflictos similares como el País Vasco o Cataluña dentro de España.
Lo cierto es que desarmar una integración social y económica de siglos implica desafíos logísticos enormes y costosos. La hipotética reintegración de Escocia o Gales a la Unión Europea obligaría a redefinir la movilidad y los flujos comerciales con Inglaterra, y “sería difícil de gestionar porque implicaría generar una frontera fuera del espacio Schengen”. Adicionalmente, y pensando en términos comerciales y geográficos, gran parte del comercio escocés con el resto de la Unión Europea atraviesa Inglaterra, por lo cual “no sería nada fácil”.
Por otra parte, esta reorganización requeriría grandes inversiones e implicaría adaptar códigos comerciales que hoy funcionan bajo una misma matriz. Es decir, desarmar el Reino Unido tendría grandes dificultades para el comercio y la movilidad de sociedades que funcionan como una desde hace siglos e “implicaría grandes gastos de infraestructura no solo para los estados, sino para los actores privados”.
El resurgimiento de estos avances separatistas se enmarca en fenómenos de larga duración que trascienden la forma del Estado-nación moderno. Según el experto en fronteras, los nacionalismos que existen en estos territorios son “reversiones de percepciones de élites locales y regionales sobre injusticias generadas en los procesos de creación de los estados-nación”. Por lo cual, “podría haber un efecto dominó” en países vecinos con conflictos similares como el País Vasco o Cataluña dentro de España. Al mismo tiempo, son cuestiones que tal vez se pueden resolver “en la interna propia de los países definiendo en todo caso, parte de los arreglos fundacionales”.
Aunque destaca que muchas de estas demandas culturales o identitarias no exigen necesariamente la ruptura estatal. “Hay aspectos de cómo se configuran esos nacionalismos sin estado-nación que no necesitan de un nuevo estado para verse satisfechos” porque, además, dentro de esos actores “siempre hay posiciones más extremas y otras que pueden encontrar puntos intermedios”.
Lo que sí está claro es que una eventual fragmentación territorial reconfiguraría el equilibrio defensivo en el Atlántico Norte, que podría afectar la arquitectura de seguridad de la OTAN en relación al uso de las bases y su estructura militar. “Todo tendría efectos, sin dudas. Pero cuáles serían aún es difícil saberlo”, dice Rascovan. Al mismo tiempo, advierte que es posible que sea una pérdida de poder militar por parte de Inglaterra y un fortalecimiento de estos actores más pequeños, “que gozarían de quedarse con cierta infraestructura o ciertas capacidades que sino, no podrían tener”.
Aunque los tiempos coinciden y Trump se refirió a las capacidades militares de Reino Unido, lo cierto es que una retracción en la proyección de poder militar británico no garantiza un beneficio directo o automático para la postura soberana de Argentina. Más bien, la cuestión Malvinas “depende directamente también de las capacidades que tenga el gobierno argentino”, dice Rascovan y asegura que “con el gobierno actual –incapaz de llevar adelante casi cualquier política pública que no sea desregular tarifas o recortar impuestos y gasto público– el impacto no sería necesariamente ventajoso” y que “un mayor involucramiento norteamericano no significa un efecto positivo para el país”.
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