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Ministros de Finanzas del G20: Bessent invita a quien le parece
Entre encuadres forzados y ausencias castigadas, la cumbre expuso un G20 reducido a escenografía y arbitrariedad. En ese tablero de tensiones globales, el ministro de Economía argentino Luis Caputo encontró su propio margen: el de una presencia servil que buscó aplausos ajenos mientras la diplomacia internacional medía el costo real de un foro fracturado.
- septiembre 2, 2026
- Lectura: 3 minutos
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La foto de familia de los ministros de Finanzas del G20, tomada el martes en Asheville, Carolina del Norte, tiene un hueco deliberado. No falta cualquiera: falta el ministro ruso Antón Siluanov, que un día antes se había sentado sin aviso previo a la mesa donde una decena de funcionarios discutían el rumbo de la economía mundial. La delegación europea logró, a último momento, que quedara fuera del encuadre oficial. Fue una victoria hueca, porque Siluanov ya se había llevado el premio que importaba: una reunión bilateral con el anfitrión, el Secretario del Tesoro Scott Bessent, y la primera aparición presencial de un funcionario ruso en el foro desde la invasión de Ucrania en 2022. Sudáfrica, mientras tanto, ni siquiera tuvo la chance de faltar a la foto: no fue invitada, ni ahora ni a la reunión de sherpas de diciembre pasado, y no lo será, ya lo anunció Trump, a la cumbre de líderes de diciembre en Miami. Dos ausencias de naturaleza opuesta —una impuesta por Bruselas, la otra por Washington— resumen mejor que cualquier comunicado final el estado al que la presidencia estadounidense ha llevado al G20.
La irrupción de Siluanov fue una decisión calculada de Donald Trump, que necesita la buena voluntad de Moscú para que avance de una vez el plan de paz que insiste en intentar vender para Ucrania. La lógica es transaccional: Bessent le hizo saber a su par ruso que no habrá alivio de las sanciones económicas contra su país mientras siga la guerra, pero igual lo sentó a la mesa que discute la arquitectura financiera global. Consultado sobre por qué invitaba a un país que sigue bombardeando Kiev, Trump respondió que le gusta «llevarse bien con todos». La comisaria europea Valdis Dombrovskis reaccionó secamente: no es momento, dijo, de «normalizar» a Rusia. El alemán Lars Klingbeil advirtió que el gesto resta credibilidad a las sanciones; Polonia y Canadá coincidieron en hacer saber su incomodidad.
Sudáfrica, por su parte, está a merced del puro capricho trumpiano. Su exclusión, radicalizó el boicot de noviembre pasado, cuando Trump desertó de la cumbre presidencial de Johannesburgo. El pretexto estadounidense se basa en la fábula de un genocidio de agricultores boers que estaría ocurriendo en el país de Nelson Mandela. El disparador, no admitido, pero determinante, revela una mezquindad patológica: el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa se negó a entregarle el mazo que simboliza la presidencia del G20 a un funcionario de la embajada estadounidense en Pretoria en la ceremonia de cierre, optando por hacerlo en un acto privado entre funcionarios de similar rango de ambos países. Trump, que menospreció a Sudáfrica con su ausencia, no perdona lo que consideró un desaire. Debajo del pretexto está la ira de Washington por la decisión de Pretoria de denunciar a Israel por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia. Irónicamente, fue Rusia la que reclamó en sus redes sociales que Sudáfrica recupere «su lugar legítimo» en la mesa. Moscú, que ocupa territorio soberano de un vecino hace más de cuatro años, se permite dar clases de multilateralismo mientras Washington decide unilateralmente quién se sienta a la mesa y quién no.
Un comunicado que no tapa los roces con Europa
La relación trasatlántica llegó ya astillada a Asheville, por múltiples razones a las que se sumó un incidente previo inmediato; el Tesoro negó la acreditación a periodistas de The New York Times, The Wall Street Journal y Bloomberg, mientras franqueaba la entrada a medios MAGA como Breitbart, Daily Wire y Fox Business. El alemán Klingbeil calificó la maniobra de «inaceptable». El resultado fue una cumbre sin observadores independientes y un comunicado final sin definiciones sobre Ucrania. Los participantes se refugiaron en una fórmula cómoda, auspiciando la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Un G20 que ya no delibera para construir consensos, sino que administra su propia puesta en escena.
Vale contrastar este activismo de Bessent como anfitrión con los faltazos a cumbres previas. Cuando Sudáfrica presidió el G20 en 2025, Marco Rubio boicoteó la reunión de cancilleres de febrero, Bessent hizo lo propio con la de ministros de Finanzas de julio y el propio Trump remató la faena boicoteando la cumbre de líderes de noviembre. Bajo su actual gobierno, Estados Unidos solo se involucra en el G20 cuando controla el escenario y la lista de invitados; cuando el libreto lo escribe otro, no aparece.
Esa ausencia de noviembre tuvo un beneficiario inmediato. Con Washington ausente, el premier chino Li Qiang reclamó una reforma del Banco Mundial, el Fondo Monterio Internacional y la Organización Mundial de Comercio, reafirmó el respaldo de Beijing al alivio de la deuda de los países en desarrollo y rechazó el «unilateralismo y el proteccionismo», aunque sin apuntar el dedo hacia Washington. Diecinueve países adoptaron la declaración de Johannesburgo sin Estados Unidos. No hizo falta que China derrotara a nadie: alcanzó con ocupar el lugar que Washington dejaba vacío, ofreciendo diálogo, previsibilidad y algún incentivo positivo a cambio de influencia.
Fue una cumbre sin observadores independientes y un comunicado final sin definiciones sobre Ucrania. Los participantes se refugiaron en una fórmula cómoda, auspiciando la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Un G20 que ya no delibera para construir consensos, sino que administra su propia puesta en escena.
Ottawa, el vecino convertido en enemigo de ocasión
La brutalidad con que Washington trata a sus socios más próximos no es un dato trivial, sino que define el telón de fondo contra el que se recortó la reunión en Asheville. Mientras Siluanov negociaba con Bessent, Canadá anunciaba aranceles de represalia «dólar por dólar» contra unos 700 productos estadounidenses, vigentes desde el 8 de septiembre, en respuesta al 50% que Trump impuso semanas antes a una serie de bienes canadienses de exportación. El primer ministro Mark Carney no eligió eufemismos: dijo que su país está «en guerra» porque fue atacado. Es el vecino con el que Washington comparte la frontera no defendida más extensa del planeta y una alianza de siete décadas, y lo somete al mismo repertorio de presión unilateral que a Sudáfrica. Ya no existe, en la nueva gramática de Washington, la categoría de «aliado protegido»: todos son, tarde o temprano, blancos para la punición comercial o el hostigamiento político.
Caputo, invitado a aplaudirse a sí mismo
En ese tablero de conflictos mayores, el gobierno argentino apareció donde suele aparecer últimamente: en un rincón, aplaudiéndose a sí mismo. Luis Caputo llegó a Asheville a recitar, ante Bessent y ante la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, el catálogo del ajuste de Javier Milei —reducción del gasto público, imaginativos números de superávit fiscal, baja de impuestos equivalente a tres puntos del PBI— y a recoger elogios prefabricados. La sesión donde expuso estuvo cerrada a la prensa. De lo que haya sido su intervención sólo conocemos la versión que trae un comunicado del Palacio de Hacienda, acorde al clima de información filtrada y controlada que dominó la cumbre. Bessent ató su elogio a las elecciones legislativas argentinas de octubre pasado, como prueba de que el ajuste conquistó a los votantes. La Argentina no expresó ninguna línea propia acerca de ninguna de las discusiones que definieron esta cumbre. Para el gobierno fue simplemente como vitrina para exhibirse como caso nacional del proyecto internacional de la extrema derecha que Washington pretende mostrar como exitoso en algún lugar del mundo.
El G20 nació tras la crisis de 2008, como un intento de gestionar la economía mundial construyendo consensos entre potencias y poderes medios con intereses distintos. La fórmula, imperfecta, funcionó, en parte, porque todos los que se sentaban a la mesa tenían algo que ganar convenciendo a los demás. Lo que puso en evidencia Asheville —y la ausencia estadounidense en Johannesburgo— es a una potencia que empieza a descartar esa fórmula. Se invita a quien resulta útil aunque sea un agresor en guerra; se excluye a quien resulta incómodo sin haber cometido falta verificable alguna; se aplasta comercialmente al vecino más cercano; se convierte a los socios menores en claque o decorado.
Se trata de la sustitución de la pretensión de liderazgo —que pone en juego la capacidad de atraer y persuadir— por el poder duro en su versión más cruda: la imposición de condiciones. Ese tipo de poder es más caro de sostener y más fácil de perder que el que se construye con al menos una dosis de consentimiento. Cada vez que Estados Unidos convierte al G20 en escenario de premios y castigos, alguien aprovecha para ocupar el lugar que deja vacante aquella pretensión de persuasión. Puede (en realidad, no siempre puede) ganar cada batalla de aranceles y de vetos; lo que va perdiendo, cumbre tras cumbre, es la razón por la que el resto del mundo alguna vez decidió escucharlo antes de aceptar obedecerlo.
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