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La ley no alcanza: el Banco Central entre la ortodoxia y la caja

El Congreso busca blindar al Banco Central y prohibir el financiamiento al Tesoro, pero el mercado duda y la economía real acusa el golpe. Mientras los activos argentinos caen y el riesgo país roza los 500 puntos, la desconfianza financiera se cruza con un consumo estancado, el endeudamiento familiar en máximos históricos y el crédito paralizado.

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Edificio histórico del Banco Central de la República Argentina en el centro de Buenos Aires, con columnas monumentales y peatones circulando frente a la sede.

El 12 de agosto, la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central obtuvo dictamen de mayoría en Diputados. El 26 llegará al recinto, junto con el proyecto de «Inocencia Fiscal II». En la misma se establece el mandato único centrado en la estabilidad monetaria, prohibición de adelantos transitorios y de compra primaria de títulos públicos, fin de las Letras Intransferibles, remoción de directores solo por dos tercios de ambas cámaras. Una Carta Orgánica diseñada para que el Tesoro no vuelva a mirar al Central como caja chica.

El problema es que la ley todavía no se votó y el mercado ya emitió su veredicto, y no fue favorable. El riesgo país perforó los 500 puntos básicos el 14 de agosto y siguió deteriorándose hasta los 510 hacia el final de la semana, con una suba acumulada cercana al 12% en el mes. El Merval cayó, los ADR argentinos en Nueva York llegaron a retroceder hasta 8% en las jornadas más duras, y los bonos soberanos operaron bajo presión vendedora sostenida. En paralelo, el Central redujo su ritmo de compra de dólares al mínimo del año, u$s 329 millones en la primera quincena de agosto, contra un promedio diario de u$s 137 millones en julio. Se suma un dato de inflación de julio (2,1%) que salió por encima de lo esperado y metió una dosis extra de cautela en las mesas. Ese es el clima en el que la reforma llega al recinto: no el de una city que celebra el blindaje institucional, sino el de una que sigue mirando las variables de corto plazo con desconfianza.

La reforma corrige, sobre el papel, el problema de diseño más citado de la Carta Orgánica vigente: la posibilidad de que el Tesoro financie el déficit emitiendo por ventanilla del Central. Pero corregir el diseño institucional no es lo mismo que generar credibilidad, y la city lo está señalando con bastante precisión. Eco Go marca que persisten tres agujeros nada menores: el Gobierno puede seguir comprándole divisas al Central, el organismo puede seguir operando en el mercado secundario «aceitando» licitaciones primarias del Tesoro, y no hay límites explícitos para la intervención en futuros de dólar. Juan Cuattromo, presidente del BAPRO, agrega una asimetría de fondo: designar directores sigue siendo una potestad del Ejecutivo por decreto, mientras que removerlos requiere una mayoría parlamentaria de dos tercios que hoy el oficialismo no tiene garantizada por sí solo. El banco global de servicios financieros, Barclays, fue directo: «una ley no alcanza« para evitar que la emisión vuelva si las condiciones fiscales y políticas lo empujan.

Esto no es un tecnicismo menor, es el núcleo del problema. La independencia de un banco central no se decreta, se construye con historial, mandatos escalonados que sobreviven a los gobiernos, autoridades que no dependen de la buena voluntad del Ejecutivo de turno para ser nombradas ni para ser sostenidas, y sobre todo, resultados verificables en el tiempo. La Argentina ya tiene el antecedente de 2012, cuando la reforma de la Ley 26.739 hizo exactamente el camino inverso, habilitó el uso de reservas y adelantos al Tesoro, y lo hizo también por ley. El mercado no le está poniendo precio al texto nuevo, le está poniendo precio a la probabilidad de que ese texto sobreviva al próximo ciclo de necesidad fiscal. Y esa probabilidad, hoy, no la fija el Congreso sino la fija la caja.

La independencia de un banco central no se decreta, se construye con historial, mandatos escalonados que sobreviven a los gobiernos, autoridades que no dependen de la buena voluntad del Ejecutivo de turno para ser nombradas ni para ser sostenidas, y sobre todo, resultados verificables en el tiempo.

Mientras el Congreso discute cómo blindar al Banco Central frente al Tesoro, corre en paralelo una discusión que probablemente le importe más al ciudadano de a pie, la del crédito a la medida de la actividad. La morosidad de las familias trepó a 12,7% de la cartera en junio, se multiplicó por más de cinco en año y medio, y dejó a cerca de 6 millones de personas fuera del sistema de crédito formal. Entre los préstamos otorgados por entidades no bancarias, la mora a familias ya ronda el 33%. El Gobierno, rechazó intervenir de forma directa: «no hay que confundir la empatía con las políticas públicas” argumentando riesgo moral y que se trata de «una cuestión entre privados». En el Congreso, mientras tanto, hay más de 30 proyectos de ley cajoneados sobre el tema. Entre los más recientes, la senadora nacional Sandra Mendoza (Convicción Federal) presentó en agosto un proyecto para dar herramientas de asistencia a familias sobreendeudadas, y en Diputados un grupo de Unión por la Patria impulsa un tope a las tasas de tarjetas de crédito, 25% sobre TAMAR para financiamientos de hasta dos Canastas Básicas Totales, junto con un régimen de refinanciación obligatoria.

Esto no es un tema aparte de la reforma del Central, es la otra cara de la misma moneda. La city puede mirar el riesgo país y el spread de los bonos; la mayoría de los argentinos mira la cuota de la tarjeta o si el banco le renueva o no un préstamo. Si la desinflación y la disciplina monetaria no se traducen, en algún momento, en una normalización del crédito privado, la ortodoxia corre el riesgo de perder sustento político mucho antes de terminar de construir la credibilidad financiera que necesita para sobrevivir.

A la falta de crédito para las familias y las Pymes se suma la otra cara de la caja apretada, la que enfrenta el propio Tesoro. La reforma llega en simultáneo con la negociación del Presupuesto 2027, que el propio Gobierno confirmó que se presentará el 15 de septiembre. Es decir: el Ejecutivo se está atando las manos frente al Central, renunciando explícitamente a la opción de adelantos transitorios como válvula de escape, exactamente en el momento en que necesita mostrar solvencia fiscal sin margen de error, con reservas que ya están comprometidas para sostener el tipo de cambio y con un mercado que no le regala tasa.

Quitarle al Central la capacidad de financiar al Tesoro tiene sentido en un país con siete décadas de indisciplina monetaria, pero también elimina la única herramienta de emergencia disponible ante un shock de recaudación, un escenario tipo pandemia, una crisis de crédito privado, una caída abrupta de la actividad. Y ese escenario ya no es hipotético: el músculo recaudatorio está débil ahora, porque la actividad que tracciona empleo no arranca y el crédito para esos sectores sigue cerrado. 

La recaudación acumula una caída real cercana al 4% en los primeros siete meses del año. El IVA, el impuesto que mejor refleja el pulso del consumo interno, apenas empató o perdió contra una inflación de 33,5% en julio según la medición que se tome, en cualquier caso, es de un mercado interno que no repunta, algo consistente con una actividad económica (EMAE) que en el acumulado interanual todavía muestra una suba de 1,7% hasta mayo, pero que perdió impulso: mayo fue la segunda caída mensual desestacionalizada consecutiva (-0,5% contra abril), y detrás del promedio hay una brecha sectorial marcada. Mientras minería, energía y agro traccionan al alza, la industria (-5,6% interanual) y el comercio (-4,3%) siguen cayendo: los sectores más intensivos en mano de obra y, no casualmente, los más golpeados por la restricción de crédito.

El Tesoro va a discutir el Presupuesto 2027 con una base imponible que todavía no muestra un motor genuino de crecimiento, y sin la posibilidad de pedirle una transferencia de emergencia al Central. Queda el mercado voluntario como la tercera vía de financiamiento, con el riesgo país subiendo pese al blindaje institucional. La transición hacia una recuperación y luego crecimiento más homogénea de la actividad económica no parece estar exenta de sobresaltos.

La reforma de la Carta Orgánica es, en el diseño, un paso correcto, reduce el espacio de discrecionalidad monetaria que históricamente terminó en emisión y en inflación. Pero, la ortodoxia monetaria, sin margen fiscal y sin crédito que llegue a las familias y a las pymes, tiene un costo político que todavía no está saldado. La pregunta que deja abierta esta reforma es si el Tesoro y el sistema financiero van a poder sostener, sin esa válvula, una transición que hoy castiga a quien menos margen tiene para esperar resultados.

 

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