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Palabras vigentes
Cuatro horas y media que sacudieron a Washington. La primera intervención de Fidel Castro ante la Asamblea General de las Naciones Unidas rompió récords y trazó una doctrina soberana. El líder cubano sobrevivió a más de 600 atentados.
- agosto 15, 2026
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El 26 de septiembre de 1960, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, se registró un récord curioso: el discurso más largo jamás pronunciado en ese ámbito. Su extensión fue de 4 horas y 29 minutos y el orador fue el Primer Ministro de Cuba, Fidel Alejandro Castro Ruz. Más allá de la cuestión estadística, el contenido de su mensaje también rompió los moldes: fue una denuncia contundente a las prácticas hegemónicas del Occidente imperial y se adelantó varias décadas a su época. Este jueves 13 de agosto se celebró el centenario del natalicio del líder de la Revolución cubana, figura imprescindible en la historia contemporánea de América Latina.
Si hay un líder latinoamericano que siempre fue una piedra en el zapato para Estados Unidos, ese es Fidel Castro. Y es que desde el primer momento de su ascenso como conductor de la Cuba revolucionaria, Fidel supo poner las cosas donde iban. Su primer discurso en la Asamblea General de la ONU fue una declaración de principios que no dejó lugar a dudas de dónde estaba parado el proceso revolucionario de la mayor de las Antillas y de cómo tenían caracterizado a Washington y a sus políticas imperialistas.
Si bien ya Fidel había dado muestras elocuentes de ser un gran orador ante las multitudes, en su Cuba natal, en septiembre de 1960 -apenas un año y nueve meses después del triunfo de la Revolución- fue la primera vez que el mundo pudo verlo y escucharlo en un foro de tal magnitud. Su intervención no solo fue impactante por su duración récord de casi cuatro horas y media, sino también por denunciar directamente la pretensión de dominio de Estados Unidos en su propia casa.
Si bien ya Fidel había dado muestras elocuentes de ser un gran orador ante las multitudes, en su Cuba natal, en septiembre de 1960 -apenas un año y nueve meses después del triunfo de la Revolución- fue la primera vez que el mundo pudo verlo y escucharlo en un foro de tal magnitud.
“Eso sí, nosotros vamos a hablar claro. (…) Me limito a decir la verdad. Era hora también de que nosotros tuviéramos la oportunidad de hablar. Sobre nosotros han estado hablando desde hace muchos días, han estado hablando los periódicos, y nosotros en silencio. No podemos defendernos de los ataques aquí, en este país. Nuestra oportunidad para decir la verdad es esta, y no dejaremos de decirla”, expresó Fidel en el comienzo de su exposición.
Entre todos los temas a los que se refirió, destacan algunos que todavía hoy conservan la misma validez de entonces. La defensa de los países pobres, alegando que el subdesarrollo es causado por la explotación de las grandes potencias; la denuncia del intervencionismo extranjero y la política de dominación estadounidense, sobre todo de América Latina; la reivindicación de la soberanía y la autodeterminación pidiendo explícitamente a Estados Unidos la devolución de Guantánamo; la lucha contra el colonialismo apoyando la independencia de los países africanos; el llamado a la paz y el desarme cuestionando un mundo bajo la permanente amenaza nuclear fueron algunos de los conceptos desarrollados por Fidel con una precisión y vehemencia que se extrañan.
El cierre del discurso es una declaración de principios que -pasado ya el primer cuarto del siglo XXI- no necesita actualización: «La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba condena, en fin, la explotación del hombre por el hombre, y la explotación de los países subdesarrollados por el capital financiero imperialista. En consecuencia, la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba, proclama ante América —y lo proclama aquí ante el mundo: El derecho de los campesinos a la tierra; el derecho del obrero al fruto de su trabajo; el derecho de los niños a la educación; el derecho de los enfermos a la asistencia médica y hospitalaria; el derecho de los jóvenes al trabajo; el derecho de los estudiantes a la enseñanza libre, experimental y científica; el derecho de los negros y los indios a la ‘dignidad plena del hombre’; el derecho de la mujer a la igualdad civil, social y política; el derecho del anciano a una vejez segura; el derecho de los intelectuales, artistas y científicos a luchar, con sus obras, por un mundo mejor; el derecho de los Estados a la nacionalización de los monopolios imperialistas, rescatando así las riquezas y recursos nacionales; el derecho de los países al comercio libre con todos los pueblos del mundo; el derecho de las naciones a su plena soberanía, el derecho de los pueblos a convertir sus fortalezas militares en escuelas, y armar a sus obreros —porque en esto nosotros tenemos que ser armamentistas, en armar a nuestro pueblo para defendernos de los ataques imperialistas—, campesinos, estudiantes, intelectuales, al negro, al indio, a la mujer, al joven, al anciano, a todos los oprimidos y explotados, para que defiendan, por sí mismos, sus derechos y sus destinos. Algunos querían conocer cuál era la línea del Gobierno Revolucionario de Cuba. Pues bien, ¡esta es nuestra línea!”.
Los representantes de Washington y sus aliados en ese foro internacional recibieron sus palabras con silencio o directamente con hostilidad. Empollaron una inquina que no quedó solo en el plano dialéctico y diplomático y si hay algo que obsesionó durante años a Estados Unidos fue acabar con la vida de Castro. Hay constancia de más de 600 atentados planeados contra él. Algunos de ellos fueron novelescos, como uno que se preparó cuando el líder cubano viajó a Nueva York, donde se utilizaron tabacos contaminados con una sustancia que podía causarle la muerte solamente con inhalar el humo. Dejaron los puros sobre la mesita de noche del hotel donde se hospedaba. Otros intentos de película fueron un traje de buceo contaminado, una concha marina explosiva, o un batido envenenado. También apelaron a contratar mafias y sicarios.
Los métodos de la CIA para acabar con Fidel Castro fueron tan inauditos que durante mucho tiempo fueron tachados de rumores o invenciones cubanas. Sin embargo, la veracidad de los complots fue confirmada por archivos secretos desclasificados por la propia agencia estadounidense en 2007. Estados Unidos tuvo la firme convicción de que si Castro desaparecía, con él también lo hacía la revolución. Pero, el dirigente revolucionario murió por causas naturales en 2016 y Cuba sigue siendo socialista a pesar del yugo impuesto por la Casa Blanca a través del asfixiante bloqueo económico que ya lleva más de seis décadas.
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