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Picada cultural: Aurelia escribe y “los años sin piedad”
Entre una obra que rescata la figura vanguardista de Aurelia Vélez y un libro que revisa la contienda entre unitarios y federales, el siglo XIX vuelve a escena. Un recorrido por las grietas de la historia para comprender los debates que sacuden el presente argentino.
- agosto 8, 2026
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Hay un gesto que la historia oficial suele reservar a las mujeres que desafiaron su tiempo: la minimización. O la ausencia. Para los manuales escolares y buena parte de la academia, Aurelia Vélez Sarsfield fue apenas la hija de Dalmacio –el autor del Código Civil– o la amante apasionada de Domingo Faustino Sarmiento en un romance escandaloso, incluso para su propia familia. Un puñado de mitos, algún murmullo de pasillo y poco más. Sin embargo, la escena teatral porteña tiene la virtud de desarmar los mármoles para recuperar la carne, el hueso y, sobre todo, su obra.
Aurelia escribe se presenta los sábados a las 17h en el Teatro del Pueblo (Lavalle 3636, Ciudad de Buenos Aires). Y esa narrativa hegemónica se rompe desde el minuto uno. Con dirección de Marcelo Velázquez, ofrece una puesta en escena minimalista que cede todo el protagonismo a la palabra y al cuerpo. De una gran actriz: Carolina Tejeda. Con las manos manchadas. Un escritorio, una silla, el acto revolucionario de volcar tinta sobre el papel. Y revolear cartas por el aire. Como palomas mensajeras (empetroladas). También hay un uso restringido pero preciso de la iluminación.
La dramaturgia de Adriana Tursi no escapa a la densidad histórica de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, pero esquiva los trazos gruesos. Sus cartas con Sarmiento actúan como hilo narrativo. Desfilan las tensiones entre unitarios y federales, los fantasmas de Dorrego, Rosas y Quiroga, y la gestación de un Código Civil donde la propia Aurelia tuvo un rol central. También se destaca su trabajo como periodista en el diario El Nacional y su gran muñeca de operadora política.
El sostén de la pieza es Tejeda. Con potencia y versatilidad –pone en juego hasta su destreza de titiritera– se transforma en una Aurelia que transita de la juventud a la vejez sin perder nunca la sagacidad. Y la pasión. Ante el murmullo bienpensante de la época que juzgaba sus decisiones y su vínculo con Sarmiento, la interpretación de Tejeda responde con una dignidad implacable, manteniendo un gesto de rebeldía que interpela directamente a nuestro presente.
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Las grietas, las violencias y los silencios que habitó Aurelia Vélez hace ciento cincuenta años no resultan, en el fondo, tan ajenos ni distantes a los que moldean el presente. En esa misma coordenada de indagación se instala Los años sin piedad. La guerra civil entre unitarios y federales, el libro de Gopal Ezequiel Martínez que acaba de publicar Futurock Ediciones para volver a examinar la trama del siglo XIX.
Con explícita impronta de “divulgación”, la obra aborda de lleno la relación estructural entre la política y la violencia. Lejos de cualquier intento de exaltación del horror, el texto busca explicar las razones profundas de ese choque: se propone ponerlas en un contexto preciso para comprender sus raíces históricas, así como sus motivaciones ideológicas, económicas, religiosas, diplomáticas. Sin dejar de lado, por supuesto, los rencores familiares y personales. Se trata de una violencia que se instaló de forma temprana en el cuerpo social y que, desde entonces, sigue dando vueltas en la historia argentina. A veces de modo más soterrado, otras de forma brutalmente visible. Como Aníbal Troilo, la violencia podría señalar: “Dicen que me fui del barrio, cuándo, pero cuándo, si siempre estoy llegando”. Una contienda fratricida de tal magnitud que fue la que impidió, nada menos, el regreso de José de San Martín a su patria, negado a convertirse en “el instrumento de tamaños horrores”.
Un punto clave del análisis radica en la violencia retórica como elemento anticipatorio. La instalación de discursos furibundos de deslegitimación del adversario operó como el basamento perfecto para el posterior borramiento de todos los códigos de la guerra y el desarrollo sin límites de las estrategias de aniquilación. En esa escalada, el fusilamiento de Manuel Dorrego –narrado de forma conmovedora– aparece como un verdadero big bang, la chispa de una onda expansiva de furia y odio de alcance mayúsculo.
El trabajo de Martínez permite observar los pasos iniciales de los vínculos de las élites con las clases populares, de forma predominante en los sectores federales, aunque también en las otras filas. Y de la implementación del voto popular –temprana y bastante más masiva que en buena parte de Occidente– aunque siempre excluyente de las mujeres y los esclavos. La contrapartida pasa por la constitución de un ejército que se autonomiza –en la lucha contra el Imperio del Brasil– y empieza a jugar fuerte en la política local, inclinando la cancha de modo circunstancial en favor del bando unitario.
La obra explora también los matices, las grietas dentro de la propia grieta: aquellos gestos de solidaridad entre soldados y oficiales de bandos enfrentados, como así también las disputas soterradas dentro de cada facción sobre cómo debía formatearse ese Estado germinal.
En esa línea, el libro deja flotando una pregunta subterránea y de potente actualidad. En una Argentina que vuelve a discutir sus cimientos tras las profundas modificaciones en su estructura productiva de las últimas décadas, el interrogante recae sobre el modelo de país: ¿qué tipo de Estado y de desarrollo necesita hoy la Argentina? ¿Provincias fuertes que exploten sus perfiles productivos y un gobierno central débil acotado a las relaciones exteriores y al manejo del Banco Central? ¿Una suerte de nueva confederación? ¿O un gobierno central potente y tentacular capaz de capear los avatares globales y “compensar” las inequidades de las distintas regiones? Algo de eso es lo que está en juego cada día. En la elección presidencial de Javier Milei o en el rechazo a la ley de extranjerización de las tierras.
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Entre las cartas rabiosas de Aurelia hecha obra de teatro y el fuego cruzado del siglo XIX que revisa Martínez, el pasado insiste en no ser museo fosilizado. Sigue mirando a la cara. Ayer y hoy, la violencia verbal precede a la física y los proyectos de país se miden con ferocidad. En tiempos donde se discuten otra vez los cimientos del Estado y los límites de la patria, revisar esos pliegues no es nostalgia ni erudición: es un ejercicio urgente para proyectar el futuro. Porque los fantasmas que creíamos sepultados en los libros de historia siguen levantando la mano y pidiendo la palabra en el presente.
Hasta aquí llegamos por hoy. Nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales de este humilde redactor que nació en uno de los puntos más álgidos de la violencia estatal. Y que también vive en la etapa democrática –de baja intensidad, medio clueca, pero democracia al fin– más extensa de nuestra historia.
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