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La batalla por Brasil: la mística de Lula hace frente a los dardos de Trump y Milei

Luego de la oficialización de su candidatura a la reelección, Lula afianza su base territorial e impulsa una dura ofensiva en los grandes centros urbanos. Mientras las encuestas le otorgan ventaja pero alertan sobre la abstención, el tablero electoral cruza fronteras entre acusaciones a EE.UU. y ataques de Milei.

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lula candidato

La convención nacional del Partido de los Trabajadores (PT) sirvió para oficializar lo que ya todos daban por hecho: la búsqueda de la reelección de Luiz Inácio Lula da Silva y el reordenamiento de una coalición de centroizquierda que busca revalidar su capacidad de movilización. El objetivo primordial fue exhibir solidez y cohesión territorial, marcando un claro contraste con la retaguardia de su principal retador, Flávio Bolsonaro (Partido Liberal), quien todavía atraviesa severas dificultades para abroquelar alianzas duraderas en torno a su figura. Y que aún no pudo cerrar a su compañero de fórmula tras el rechazo del ofrecimiento que le había realizado a la senadora Tereza Cristina, ex ministra de Agricultura de su padre.

En el discurso de aceptación de la candidatura del presidente Lula aparecieron prioridades estratégicas como la preservación y soberanía sobre las reservas nacionales de tierras raras y el aceleramiento de la transición energética, insumos centrales para el programa formal de gobierno. También surgieron ejes temáticos no consensuados previamente con su equipo técnico de campaña, entre ellos una encendida defensa de los derechos de las mujeres, el fortalecimiento de las políticas para la tercera edad y planteos específicos en materia de defensa nacional. Más allá de esas diferencias, el petismo celebró haber logrado reunir a una amplia baraja de dirigentes territoriales bajo una misma foto de unidad.

Esa arquitectura política adquiere mayor sentido a la luz de los datos más recientes de las consultoras. La última encuesta de Quaest indica que Lula inicia la carrera de 2026 en un terreno sensiblemente más holgado que el registrado al comienzo del ciclo electoral de 2022 en la mayoría de los distritos relevados. Pero los especialistas remarcan un condicionante metodológico crucial para evitar lecturas engañosas: la comparación adecuada exige confrontar las intenciones de voto actuales contra el universo total de electores habilitados, y no con respecto a los votos válidos de la elección anterior.

Al corregir el denominador y emplear la misma base de análisis —el padrón global de electores—, Lula supera su rendimiento de 2022 en ocho de los diez estados monitoreados por Quaest. Llevados al volumen del electorado de los comicios pasados, las preferencias actuales equivaldrían a unos 47,1 millones de apoyos en esos distritos, frente a los 44,9 millones que efectivamente cosechó en la contienda previa. Esos números confirman un piso de sustentación potencialmente más sólido. Pero hay estimaciones de un incremento de la abstención, alimentado por el desánimo de franjas del electorado fuera del nordeste, lo que podría modificar la composición final del voto válido el día de la votación.

Consciente de este riesgo, el comando de campaña petista diseñó una ofensiva territorial directa para los grandes conglomerados urbanos del sudeste y el nordeste. La estrategia contempla el despliegue de una militancia organizada —una suerte de “tropa de izquierda”— destinada a actuar cuerpo a cuerpo en nodos de alta circulación como mercados, ferias y corredores comerciales de São Paulo, Río de Janeiro, Belo Horizonte, Salvador, Recife y Fortaleza. El objetivo es doble: contener la proliferación de desinformación e hiperpolarización en las redes sociales y entablar un diálogo directo con el electorado de centro e independiente, focalizando la atención en las mujeres de bajos ingresos, un segmento sociodemográfico determinante en las definiciones electorales recientes.

Esta avanzada en los principales centros urbanos encuentra su contrapartida en la fragilidad que muestra la precandidatura de Flávio Bolsonaro en el sudeste. A diferencia de 2022, cuando Jair Bolsonaro consolidó diferencias clave en São Paulo y Río de Janeiro, las encuestas actuales reflejan un estancamiento del senador del PL en esos bastiones tradicionales, lo que ha llevado a sus asesores a exigirle una “inmersión” urgente en las agendas locales para evitar una fuga irreversible de votantes conservadores.

En las últimas semanas, Bolsonaro hijo retrocedió en las encuestas de intención de voto luego de una serie de escándalos, en especial por su vínculo con el banquero Daniel Vorcaro, exdueño del Banco Máster y responsable del mayor fraude financiero de la historia de Brasil, y su hombre de confianza, conocido como “Sicario”.



En las últimas semanas, Bolsonaro hijo retrocedió en las encuestas de intención de voto luego de una serie de escándalos, en especial por su vínculo con el banquero Daniel Vorcaro, exdueño del Banco Máster y responsable del mayor fraude financiero de la historia de Brasil, y su hombre de confianza, conocido como “Sicario”.

Pero el terreno de la disputa de cara a las elecciones del 4 de octubre no se agota dentro de las fronteras nacionales. Lula encendió la alarma sobre la dimensión geopolítica de la contienda al afirmar que el gobierno de Estados Unidos intentará intervenir en el proceso electoral brasileño en favor de la candidatura de Flávio Bolsonaro. El mandatario señaló puntualmente la afinidad política del entorno de Donald Trump y de su secretario de Estado, Marco Rubio, con el espacio bolsonarista, denunciando maniobras destinadas a torcer el equilibrio electoral en la región.

En ese convulsionado mapa internacional se inscribe el nuevo capítulo de agresiones propinado por Javier Milei. El presidente volvió a calificar a Lula de “ladrón”, “corrupto” y “presidiario”, reavivando un conflicto diplomático que días atrás ya había motivado la citación del embajador brasileño en Argentina. Lejos de matizar sus dichos tras la convención del Partido Liberal en São Paulo, Milei insistió en que su liberación se debió a un vicio de procedimiento y no a su inocencia procesal —ignorando la anulación dictaminada por el Supremo Tribunal Federal tras declarar la parcialidad del exjuez Sergio Moro—. En su intervención, el mandatario argentino inscribió estos ataques dentro de un objetivo ideológico superior: “cambiarle el signo” político al gigante sudamericano para completar un mapa regional que, según su visión, ha virado de forma predominante hacia la derecha. Así Milei sigue buscando consolidarse como el principal líder de la ultraderecha sudamericana al mismo tiempo que se posiciona como un alfil de la estrategia global de Trump y Rubio. Nada de esto aparece en los planes de Lula, quien previamente había señalado: “Mientras yo viva, la extrema derecha no volverá a gobernar este país. Y voy a decir más: que vengan a ayudarlos los que quieran. Si quieren venir Trump y Milei, que vengan”.

 

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